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    Crítica | En realidad, nunca estuviste aquí

    Fragment of a Crucifixion

    Crítica ★★★★★ de En realidad, nunca estuviste aquí (You were never really here, Lynne Ramsay, Reino Unido, 2017).

    En las frenéticas calles de Nueva York conviven en conflicto dos estratos de la sociedad cuyos integrantes parecen pertenecer a especies diferentes, seres que deambulan solitarios sobre un afilado extremo que, sin darse cuenta, colinda e incluso penetra en el otro con temeridad y sin permitir que estos abúlicos individuos tomen conciencia de la degeneración que están sufriendo a causa de un fallo, una brecha en los escudos con los que se creen a salvo de la mundanidad que los rodea y los expone con vehemencia al odio irracional. El primero de esos estratos se corresponde con los veteranos de guerra, los otrora héroes nacionales se han convertido en una incómoda lacra que exhibe sin pudor las consecuencias de un sistema corrupto. Despojados de toda dignidad, son arrojados a la calle sin clemencia con la intención de que, incapaces de relacionarse con el ciudadano evolucionado, se adapten a la jungla de asfalto como lo hicieron al campo de batalla, sustituyendo con heroína la sobredosis de vísceras y sangre que borró el brillo de su mirada perdida a costa de un trauma irreversible, que transmitirán a su descendencia mediante un sistema de educación que tiende a contagiar lo único que conocen: golpes, abusos y terror. Frente a ellos encontramos al sobresaturado ejecutivo, tendente a la creación de barreras emocionales con el objetivo de alcanzar un éxito que cada vez dista más de su felicidad. Su cordura depende de un sistema capitalista con propensión a la fluctuación. El resplandor de los fastuosos cristales de los rascacielos de la quinta avenida le impide vislumbrar que sólo una decreciente línea roja en un monitor verde separa las sutiles cenas de 12 tenedores de las peleas a navaja por un mendrugo de pan bajo el puente de Brooklyn. Lynne Ramsay utiliza su nueva película, You Were Never Really Here, para reflejar los grandes miedos de la sociedad contemporánea al tiempo que compone un fresco violento y siniestro sobre la inestabilidad de la mente y la delicada psicología humana que, por su tenebrismo estético, bien merecería los pinceles de Francis Bacon.

    La película de Ramsay, como los Tres estudios para figuras en la base de una crucifixión, de Bacon, expresa las frustraciones, los deseos, las obsesiones y temores, las pesadillas y todo tipo de trastornos del hombre traumatizado que aprovecha su deformidad espiritual —corporal en el caso del pintor irlandés—, como medio para destacar en la única expresión comunicativa que le resulta cómoda y natural: la violenta. Joe representa esa descendencia degenerativa del ser traumatizado, del veterano de guerra abusivo que condicionaría su carácter desde niño y le obligaría a asimilar el sufrimiento como pilar básico de su existencia. Joe no será, como cabría esperar, un villano despiadado sino, todo lo contrario, un vigilante justiciero en la sombra que dirige su odio hacia la implantación de una justicia brutal. El protagonista se convierte en la herramienta de ese ejecutivo aburguesado y solitario para que pueda hacer frente a sus temores cuando atacan su único punto vulnerable: sus seres queridos, ésos que le recuerdan la imperfección que supone tener sentimientos en una sociedad voraz. Uno de los aspectos más apasionantes y mejor conseguidos de esta película es que logra crear una estética que refleja a la perfección el interior de la mente del protagonista. Oscura, sombría, violenta, brutal; con un montaje confuso que parece una recreación introspectiva del propio Joaquin Phoenix. Así es como la realizadora explora un doble punto de vista sobre la misma problemática, uno que analizará con detenimiento y meticulosidad, y el otro, abordado de manera superficial, seguirá la desesperación e impotencia de la clase dirigente, que cree tenerlo todo bajo control gracias a una posición acomodada, una familia modélica, un relativo respeto social… hasta que, de repente, todo ese mundo idílico se desmorona.

    «Ramsay lleva a su personaje hasta una situación límite, lo expone a la deshumanización absoluta en un entorno alienado por el consumo en el que se contrapone lo real y lo imaginario. Y sobre esta premisa se construye la narrativa de You Were Never Really Here, mediante la confrontación de elementos semánticos hasta el punto de la aniquilación del sentido y de la gravedad de las acciones».


    El entramado argumental golpea con fuerza desde el comienzo de metraje; el retorno de Joe a su mundo pretérito, cuando todavía formaba parte de la plantilla oficial del FBI, lo hace entrar en contacto con el senador Votto, cuya hija de 14 años ha sido secuestrada. “—Quiero que les hagas daño”, afirma Votto a Joe en una sentencia que deja clara la reputación del sicario, pues en ningún momento se cuestiona la necesidad de encontrar a la adolescente desaparecida, ya que da por hecho que no supondrá ningún problema para el protagonista dar con su paradero, sino que alude directamente a la forma de proceder una vez la joven haya sido puesta a salvo, de nuevo, la brutalidad como parte fundamental en la vida del antihéroe. En ese momento la cinta nos lleva a una breve pero precisa definición introspectiva del personaje, al evidenciar de forma gráfica la que supone su principal herramienta de trabajo como asesino a sueldo: un martillo. Por supuesto, un hombre tan relacionado con la crueldad y la atrocidad, no podía recurrir a un método de castigo tan frío y distante como una pistola, o cualquier arma de carácter preciso y limpio, como la hoja de una cuchilla. El martillo es la representación del trauma violento, pues tiene la función de golpear y destrozar; se necesita un esfuerzo extra para asesinar a golpes, un ímpetu desgarrador y liberador al mismo tiempo que albergue un efecto mitigador del terrible sufrimiento y el estrés interior. Sin embargo, la directora optará por dejar toda la casquería fuera de campo, consciente de que sólo una mente tan trastornada como la de Joe puede asimilar un sadismo semejante, y al mismo tiempo, concede una plácida intimidad sanguinaria a su personaje.

    No obstante, cuando uno desciende hasta lo más profundo de la decadencia y la depravación humana, es muy probable que acabe por encontrar aquello que ha estado persiguiendo durante tanto tiempo, y en un giro siniestro de los acontecimientos, Joe sufrirá un duro golpe que lo convertirá en la víctima de sus propios demonios. Ahora, sin el amparo de su madre —único contacto humano del protagonista—, habrá de afrontar una lucha a muerte cuyo premio será la salvación de una niña, pero las consecuencias serán tan devastadoras como puede serlo la pérdida completa de la noción entre sueño y realidad, amor y sufrimiento, o dolor y placer. Ramsay lleva a su personaje hasta una situación límite, lo expone a la deshumanización absoluta en un entorno alienado por el consumo en el que se contrapone lo real y lo imaginario. Y sobre esta premisa se construye la narrativa de You Were Never Really Here, mediante la confrontación de elementos semánticos hasta el punto de la aniquilación del sentido y de la gravedad de las acciones. Un mundo sin consecuencias, sin emociones, donde la vida y la muerte juegan a cara o cruz bajo la apática mirada de un espectador morboso que espera sediento de venganza la respuesta más espectacular y violenta de un ser anti-empático. Pero no nos malinterpreten, no hay duda de que un público con cierto gusto por el thriller sucio disfrutará de esta película, sin embargo, lo que la lleva a la excelencia es su bizarría para enfrentarse a ese espectador tan seguro de la protección que le ofrece la cuarta pared, sacarlo de una posición de pasividad espectatorial y someterlo a sus miedos. El miedo de unos individuos posmodernos a perder el control que les da su dinero, a quedar a expensas de la voluntad de un degenerado que, por primera vez desde que abandonó con impaciencia su infancia, le hace asumir que es tan humano como el resto. | ★★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Dublín


    Ficha técnica
    Reino Unido, 2017. Título original: You Were Never Really Here. Director: Lynne Ramsay. Guion: Lynne Ramsay (Novela: Jonathan Ames). Duración: 95 minutos. Fotografía: Tomas Townend. Música: Jonny Greenwood. Productora: Page 114 / Why Not Productions. Edición: Joe Bini. Diseño de vestuario: Malgosia Turzanska. Diseño de producción: Tim Grimes. Intérpretes: Joaquin Phoenix, Alessandro Nivola, John Doman, Judith Roberts, Alex Manette, Ekaterina Samsonov, Kate Easton, Jason Babinsky, Frank Pando, Ryan Martin Brown, Scott Price, Dante Pereira-Olson, Jonathan Wilde, Leigh Dunham, Vinicius Damasceno. Presentación oficial: Festival de Cine de Cannes, 2017.


    En cuerpo y alma

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