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    Crítica | La cabaña

    Lo terrible y maravilloso

    Crítica ★★ de La cabaña (The Shack, Stuart Hazeldine, Estados Unidos, 2017).

    Tras ver The Shack (2017) de Stuart Hazeldine nos hallamos en una encrucijada con sentimientos encontrados. Al igual que le sucede al protagonista del filme, Mack, quien tras perder a su hija recibe una misteriosa carta que va a perturbar su silencioso drama, llenándole de preguntas sin respuestas aparentes. El encuentro en una cabaña con tres enigmáticas personas durante un fin de semana cambiará su percepción sobre sí mismo, la religión y la vida. Mientras los sentimientos y las emociones salen a borbotones hasta que la mente se queda en blanco. Pero vayamos poco a poco: uno se sienta en la butaca y comienza a ver una película que no sabe dónde le está llevando pero sabiendo perfectamente dónde va a acabar. Paradójico ¿no? Las sorpresas se suceden una tras otra, sin embargo el final resulta cuando menos evidente. El lento comienzo y su estructura regida por los flashbacks y una voz en off no necesariamente acertada preparan lo que va a acontecer en los minutos posteriores mermando nuestro interés. Es innegable que lo que le va sucediendo a Mack requiere de un tiempo de reflexión. Pero también es evidente que el problema principal de The Shack no es una cuestión de velocidad. Se trata más bien de un conflicto de rivalidad que surge entre película y espectador, cuando este último necesita e intenta asimilar y reflexionar sobre los acontecimientos mientras el filme le tapa la boca con una venda. Es decir, el tiempo pasa más o menos lento pero la cantidad de información que se expone es ingente y cerrada. Resulta complicado que la opinión del que observa al otro lado de la pantalla encuentre su hueco en esta ficción. Por no hablar de las dificultades que se ponen al ejercicio de la imaginación, ya que se explicita todo lo que se pretende mostrar al dejarlo dicho: ciertas frases colocadas en determinados momentos se muestran aparentemente como un destello de luz. Pero es una luz que tiñe la escena de un color artificial. Puede que los diálogos se inserten con cierta naturalidad, pero están tan meticulosamente pensados y colocados que ocultan el valor del asunto, produciendo una reflexión acartonada, masticada. En un afán de querer mostrar los principios fundamentales de la religión cristiana se acaba rozando el límite de la artificialidad. Y probablemente esto es lo último que el filme pretendía.

    En este punto, surge la duda de si como espectadores tenemos algún tipo de escapatoria o si debemos asentir y llorar de la emoción. Esta evasiva se encuentra o debería encontrarse en los personajes. Pero la empatía es otra pata que cojea en The Shack. Porque lo cierto es que, para barnizar la estratégica clase de religión que hay en ella, nos encontramos con unos caracteres que se enfrentan ante uno o varios dramas vitales. La cuestión es: ¿acaso importa? Al principio parece que sí, aunque posteriormente uno cae en la cuenta de que la necesidad y la obligación que se le crea a Mack para salir del hoyo impide que sintamos como suyo el logro de redimirse. Es cierto que el sufrimiento y la angustia del protagonista se comparten, pero a la vez estos sentimientos se ven absorbidos por largas conversaciones doctrinales que nos resultan ajenas. Lo sobrenatural y la forma de tratarlo acaban dejándonos en un nivel muy inferior, perdidos en un mundo que intentamos comprender. El hábil espectador que logre captar todo lo que Hazeldine quiere representar puede que se quede con una visión excesivamente simplificada. Hay que admitir que los símiles y metáforas cristianas de los que se hace uso están bien tratados. Sin embargo, en ocasiones da la sensación de que son la puerta a un mundo de cuento más que a uno religioso: a quien se saltara las catequesis le puede costar diferenciar dónde acaban las referencias y dónde empieza la inventiva.

    «El sufrimiento y la angustia del protagonista se comparten, pero a la vez estos sentimientos se ven absorbidos por largas conversaciones doctrinales que nos resultan ajenas. Lo sobrenatural y la forma de tratarlo acaban dejándonos en un nivel muy inferior, perdidos en un mundo que intentamos comprender».


    El paso al mundo místico y fantástico de la película se realiza precisamente por una puerta, en un bosque que casi podría ser el de Blancanieves. Pasado este portal, nos adentramos en la idílica casa de Dios para pasar ahí un fin de semana. Es el mismo escenario, con toques excesivamente utópicos y artificiales, el responsable de que nos cueste introducirnos en este mundo. Y es que el pacto de lectura se ve debilitado cuando entramos en la Arcadia propuesta por Hazeldine, y nos vemos forzados a reajustar nuestros conocimientos sobre la cinta y sobre la vida. Una Arcadia que se nos antoja artificial por determinadas apuestas visuales y sonoras. Por ejemplo, los brillos que desprende Sarayu, uno de los tres personajes con los que se encuentra Mack, resultan un incómodo recordatorio constante de a quién tenemos delante. Lo mismo sucede con los sonidos que se oyen cuando Mack se introduce en el mundo fantástico, como las campanitas cuando entra en una tienda. Como si Hazeldine sintiera la necesidad de avisarnos del cambio de escenario, de robarnos la sorpresa anticipándola. Así, el cineasta parece concebir a su espectador como un alumno socrático. Pretendiendo que salga del cine con las ideas claras y la verdad en su mano, y para ello utilizando a Mack como conejillo de indias. Lo ideal sería que esta película nos revolviera las entrañas, pero lo más probable es que se salga de ella con un batiburrillo de ideas con las que no se sabe muy bien qué hacer. Finalmente, hay que admitir que el final ayuda a comprender un poco mejor lo sucedido a lo largo de las dos horas de metraje. Lástima que no haya sido un proceso en el que nos hayamos podido implicar desde el principio, ya que mientras los acontecimientos sucedían el público estaba ocupado intentando poner en orden sus ideas para comprender qué era lo que estaba viendo. Pero la película culmina lanzándonos un debate y abriéndonos una conversación, cuando la voz en off nos brinda la capacidad de la duda ante la historia de Mack. Y esta misma puerta abierta al diálogo trae consigo una nueva escapatoria, ya que el tono fantasioso de la película ha hecho la zancadilla a cualquier vislumbre de realidad, una realidad que se intuía bella y reconfortante. | ★★ |


    Blanca Gil Alzugaray
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2017. Título original: The Shack. Director: Stuart Hazeldine. Guión: John Fusco, Andrew Lanham y Destin Cretton. Compañías productoras: Netter Productions y Summit Entertainment. Productores: Brad Cummings, Mike Drake y Qiuyung Long. Fotografía: Declan Quinn. Montaje: William Steinkamp. Diseño de producción: Joseph C. Nemec III. Dirección artística: Gwendolyn Margetson. Vestuario: Stacy Caballero y Karin Nosella. Sonido: Eric Batut. Música: Aaron Zigman. Reparto: Sam Worthington, Octavia Spencer, Tim McGraw, Radha Mitchel. Duración: 132 minutos.


    En cuerpo y alma

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