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    Crítica | El muñeco de nieve

    Una edificación fuera de toda ética y norma

    Crítica ★★ de El muñeco de nieve (The Snowman, Tomas Alfredson, 2017).

    Dos trucos o reglas de la escuela norteamericana que se aplican a la construcción de un guion cinematográfico son el llamado Macguffin y la expresión Kill your darlings. El primero es un elemento consciente de la trama o subtrama que no tiene relevancia para el desenlace, que pretende desviar la atención normalmente con fines de suspense o sorpresa. La segunda es la necesidad de eliminar momentos narrativos que por sí solos pueden resultar ingeniosos o acertados pero que no contribuyen al avance del conjunto, sino que más bien lo entorpecen. A partir estas sucintas definiciones podría interpretarse que ambos conceptos se retroalimentan: o sea, que los susodichos darlings sobran salvo cuando estén al servicio de un Macguffin, y a la vez, que un Macguffin apenas tiene sentido si no mantenemos vivos esos darlings, pues la ortodoxia aconsejaría prescindir de ambos pero no de uno dejando a salvo el otro. En realidad con ello desnaturalizamos un tanto el concepto, porque en su origen el Macguffin lo ideó Hitchcock utilizando como premisa elementos intercambiables, mientras que como hemos dicho los darlings son componentes concretos que al guionista le ha costado idear y que por tanto también le cuesta desechar. Empero puede defenderse perfectamente su combinación si se trabaja un poco más ese Macguffin, dándole una mayor consistencia, y de paso dándole una alegría al guionista que no quiere renunciar a sus criaturas. Por el contrario, el Macguffin será pobre si se le hace depender de unos darlings que no son tales, y como resultado el primero de los conceptos también perderá su razón de ser.

    En esta imperdonable contradicción cae El muñeco de nieve, adaptación de la novela de Jo Nesbø liderada por Tomas Alfredson y guionizada por Hossein Amini, Peter Straughan y Søren Sveistrup, por no hablar de la fotografía a cargo del experimentado Dion Beebe o el montaje de nada menos que la veterana Thelma Schoonmaker (habitual de Scorsese, quien en un principio debía ser aquí el director, aunque luego cedió el testigo al cineasta sueco y pasó a conformarse con labores de producción). Esta enumeración de nombres ilustres nos muestra que el talento involucrado en esta película es tan considerable como dispar, aunando mentalidades y sensibilidades que por un lado se orientan más hacia lo atmosférico, por otro más hacia la complejidad, o en fin más hacia la eficiencia. En este sentido, asistimos a la historia familiar de un detective reconocido pero atormentado, solitario y alcohólico (con los abatidos rasgos de Michael Fassbender), que recobra su propósito existencial cuando tiene que resolver los grotescos crímenes cometidos por un asesino en serie, cuya seña de identidad es incorporar restos de sus víctimas a los muñecos de nieve que edifica con esmero. Tal premisa la desarrolla Alfredson poniendo el foco en la ambientación gélida de la escenografía noruega, alargando un tanto la anticipación de las mutilaciones y los descuartizamientos y tratando en general las acciones desde cierta distancia. Pero más allá de esta premisa el relato incorpora otros elementos, tanto los relativos al personaje del detective en torno su ex pareja (Charlotte Gainsbourg) como los concernientes a su nueva ayudante (Rebecca Ferguson) y la obsesión de esta última por vincular las muertes con un intrigante caso sin resolver que llevó años atrás al fallecimiento de su padre (Val Kilmer), cuando entonces estaba indagando en las peripecias de un futuro filántropo pervertido (J.K. Simmons). En estas ramificaciones (por no mencionar recursos ya plenamente innecesarios como esa consola usada por los policías que funciona con huellas dactilares, a modo de planting de un payoff precipitado e inútil) es donde toma la batuta el departamento de los guionistas, con un libreto escrito a seis manos que, ya sea por exceso de fidelidad o por aportaciones egocéntricas, amenaza con ahogar un núcleo dramático ya de por sí caracterizado por un ahogamiento literal. El choque entre ambas dimensiones intenta resolverse desde la perspectiva más técnica, con un constante montaje en paralelo que no siempre sigue un ritmo ajustado pero que a menudo consigue sintetizar esas acciones intercaladas, como por ejemplo cuando el detective y su ayudante se encuentran en un restaurante y en dos cortes él oculta unos documentos comprometedores que remiten a la mentada subtrama.

    «Terminan por dar igual tanto los darlings como el Macguffin y por extensión la revelación a la que éste apunta, resquebrajándose y disolviéndose así la disposición en su totalidad del mismo modo en que se derretirán ya fuera de campo los muñecos de nieve».


    Si bien durante buena parte del metraje se logra homogeneizar este entramado, cuyas caras son cada una a su manera sendos darlings que merecen todo el respeto y miramiento, en el desenlace es cuando se advierte lo fraudulento de la construcción. Como se ha dicho ésta reposa en una investigación policiaca al uso, por lo que su conclusión no puede ser otra que la tardía revelación del culpable y su enfrentamiento con el héroe. Sin embargo Alfredson y todo su equipo no prestan demasiada atención a esta esencia, discurriendo por otros lares que parecen anticipar una conexión mayor de la esperada cuando en realidad ésta no es tal. Por tanto estas añadiduras tampoco contribuyen al consabido Macguffin, sino que quedan en una especie de limbo, sin el suficiente desarrollo para adquirir valor propio y a la vez dotadas con mayor interés del que se dispensa a la trama principal. En otras palabras, los darlings se convierten en el sustento de la película, en contraste con la definición que dábamos al principio, por lo que son los que nos acaban importando más… pese a que el propósito último de la cinta no sea ese, lo cual se muestra en su tratamiento por naturaleza secundario e inconcluso. El efecto es entonces que terminan por dar igual tanto los darlings como el Macguffin y por extensión la revelación a la que éste apunta, resquebrajándose y disolviéndose así la disposición en su totalidad del mismo modo en que se derretirán ya fuera de campo los muñecos de nieve, cuando salgamos de la sala y nos vuelva a dar el sol en la cara. | ★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos, Inglaterra y Suecia, 2017. Título original: The Snowman. Dirección: Tomas Alfredson. Guion: Hossein Amini, Peter Straughan y Søren Sveistrup (basado en la novela de Jo Nesbø). Productoras: Universal Pictures / Another Park Film / Perfect World Pictures / Working Title Films. Fotografía: Dion Beebe. Montaje: Thelma Schoonmaker. Música: Marco Beltrami. Diseño de producción: Maria Djurkovic. Dirección artística: Astrid Strøm Astrup y Robert Cowper. Decorados: Tatiana Macdonald. Reparto: Michael Fassbender, Rebecca Ferguson, Charlotte Rampling, Chloë Sevigny, Val Kilmer, J.K. Simmons, James D’Arcy, David Dencik, Toby Jones, Jamie Clayton. Duración: 119 minutos.


    En cuerpo y alma

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