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    Cine online: John Wick: Pacto de sangre

    Apología de la imagen en movimiento

    Crítica ★★★★ de John Wick: Pacto de sangre (John Wick: Chapter 2, Chad Stahelski, Estados Unidos / Hong Kong, 2017).

    Los amantes del cine de acción, nosotros, que todavía tenemos en nuestras guaridas un altar en el que ponemos velas a Bruce Lee y Charles Bronson, y que aún sentimos un ligero cosquilleo en el estómago cada vez que sabemos de la existencia de una nueva película de Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone o Jean-Claude Van Damme (aunque, reconozcámoslo, a veces nos lo pongan muy difícil para seguir disfrutando de sus correrías), llevamos años echando de menos los viejos (buenos) tiempos en los que cada semana se estrenaba un actioner en pantalla grande y el género no estaba copado por superhéroes y efectos digitales. Por eso, la llegada de una película como John Wick (Chad Stahelski y David Leitch, 2014) fue recibida por nuestra tribu con vítores y entusiasmo generalizado: era una cinta hecha por especialistas que conocían las herramientas necesarias para hacer lucir las secuencias de acción como sólo unos pocos elegidos saben hacer, con un protagonista absolutamente entregado a la causa (y que, sin que se le tome demasiado en cuenta, se las ha apañado para encabezar el reparto de algunos de los clásicos más importantes del género desde los 90 hasta hoy), y que no necesitaba ninguna coartada posmoderna o irónica para funcionar a la perfección, por mucho que la premisa fuera tan básica, tan primitiva —recuerden: “has matado a mi perro, prepárate a morir”—, que algunos espectadores ajenos al género no fueron capaces de entender que algo tan elemental pudiera servir como excusa argumental para ningún largometraje medianamente serio. Pero, además de toda la cinética aportada por sus directores, el guion que Derek Kolstad escribió para John Wick se las apañaba para crear un universo paralelo cuyo epicentro era un hotel Continental de Nueva York por el que pululaban asesinos profesionales regidos por un código de honor inquebrantable. Una idea muy interesante que merece la pena seguir explotando, como demuestra el hecho de que se prepare una serie de televisión basada en este microverso titulada The Continental.

    Siguiendo esa lógica, y muy conscientes de que el factor sorpresa ya se ha evaporado (que es, y lo digo ya, el único inconveniente de esta secuela), Kolstad y Stahelski profundizan en ese sistema de hoteles francos (descubrimos que no hay un único Continental, sino que hay varios repartidos por todo el planeta) e intentan desmontar la imagen de John Wick como alguien sobrehumano a quien todos temen, para ponerlo aquí en una situación de clara desventaja al volverse en su contra un código de honor discutible y convertirse en el objetivo de la organización para quien antes había sido su mejor arma letal. De un modo trágico e irremediable, Wick se ve forzado a matar una última vez para poder ser un hombre libre, pero a lo largo de la película aprende que no puede escapar de su destino: ha nacido para aniquilar y para evitar ser aniquilado una y otra vez. La película se convierte así en una yincana que va de Nueva York a Roma y de vuelta a Nueva York, en la que Wick pasa de verdugo a potencial víctima y que abunda en el submundo de traiciones, conspiraciones y trabajos peligrosos en los que se desenvuelve el protagonista y del que intenta infructuosamente escapar. Otra premisa de lo más sencilla que sirve como excusa para ofrecernos un nuevo chute de adrenalina, coreografías alucinantes y mucha pólvora.

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    Así que todo sigue igual: los detractores de la primera parte que se escudaban en la escasa profundidad de su argumento para poder mirarla por encima del hombro pueden respirar tranquilos, porque aquí también tienen motivos para sentirse intelectualmente superiores al film. Del mismo modo, los que aplaudimos la propuesta de 2014 por ser una celebración del actioner hecha desde el conocimiento, el amor y la honradez, tenemos los mismos argumentos para defenderla, disfrutarla y utilizarla como ejemplo de cómo deberían ser todas las películas de acción. El principal de todos ellos: es una apología de la imagen en movimiento, es decir, de la misma esencia de un cine que en sus inicios apenas necesitaba palabras para ser entendido. No es nada casual que uno de los carteles oficiales del film rinda homenaje a una imagen promocional del cortometraje Two-Gun Gussie (Alfred J. Goudling, 1918) en la que Harold Lloyd aparecía rodeado por pistolas que le apuntaban a la cara; ni tampoco lo es que, a los pocos segundos de comenzar la película, veamos proyectadas sobre un edificio escenas que pertenecen al clímax final de El moderno Sherlock Holmes (Sherlock, Jr., Buster Keaton, 1924). Las deudas que el cine de acción tiene con la época del Hollywood silente es algo contrastado y reconocido por estrellas como Jackie Chan, quien debe buena parte de su imaginería y de la construcción de momentos de riesgo a Lloyd, Chaplin o Keaton. Como experto en la materia, Chad Stahelski evidencia también a esta conexión mediante la referencia explícita. Y, aunque su película dure dos horas, narrativamente está muy cerca de la concreción y economía de aquellos clásicos.

    «Acción de verdad, física, violenta, explosiva y sorprendente. Desde la persecución inicial hasta el homenaje final a Operación Dragón (Enter the Dragon, Robert Clouse, 1973), pasando por la exhibición de autos de choque a lo Destruction Derby o los vibrantes enfrentamientos contra el asesino interpretado por el rapero y actor Common (nombre artístico de Lonnie Rashid Lynn), John Wick: Pacto de sangre funciona como el mejor showreel confeccionado hasta la fecha por la compañía de especialistas y diseñadores de escenas de acción 87Eleven».


    No hay subtramas, todos los personajes secundarios interactúan con John Wick y cuando este no aparece en pantalla es porque se está hablando de él. Aunque los enfrentamientos entre asesinos se produzcan en lugares públicos como una estación de metro, el interior de un vagón o una plaza llena de gente, los transeúntes permanecen ajenos a la acción o, como mucho, se sitúan en nuestra misma posición de espectadores y se limitan a contemplar (cuando no directamente ignorar) lo que está sucediendo frente a ellos. La policía parece no existir, salvo en la figura de ese viejo amigo de Wick que va a visitarlo a su casa después de que ésta vuele por los aires, o en unas sirenas lejanas que se escuchan en Roma. Todo esto podría parecer un problema si no fuera porque, desde el mismo prólogo, Stahelski nos deja claro que sólo le preocupa aquello que le ocurra a John Wick y todo lo demás va a ser pura abstracción. Y acción. Acción de verdad, física, violenta, explosiva y sorprendente. Desde la persecución inicial hasta el homenaje final a Operación Dragón (Enter the Dragon, Robert Clouse, 1973), pasando por la exhibición de autos de choque a lo Destruction Derby o los vibrantes enfrentamientos contra el asesino interpretado por el rapero y actor Common (nombre artístico de Lonnie Rashid Lynn), John Wick: Pacto de sangre funciona como el mejor showreel confeccionado hasta la fecha por la compañía de especialistas y diseñadores de escenas de acción 87Eleven, que son los únicos en occidente que pueden equipararse a lo que hacen sus compañeros de profesión en Hong Kong, Corea del Sur o Indonesia. A eso añádanle gotas de sofisticación en la forma de escenarios elegantes y lujosos y nombres en el reparto como Ian McShane o Claudia Gerini. Y sumérjanlo todo en un universo con reglas propias y personajes tan peculiares como ese rey de los mendigos al que da vida Laurence Fishburne o la asesina muda a la que encarna Ruby Rose. El resultado es un triunfo casi absoluto. Y si no es total es porque, como dijimos al principio, el factor sorpresa se ha esfumado, y también porque quizá, sólo quizá, se pueda echar en falta algún villano más emblemático o la construcción de set-pieces que ofrezcan algo que no hemos visto antes, y no simplemente la ejecución perfeccionada y pulida hasta la extenuación de otros que hemos visto ya. Pero son nimiedades que no consiguen empañar la eficacia de un largometraje arrebatador y que promete un John Wick: Chapter 3 todavía más intenso que, si todo sale bien, debería estrenarse en 2019 y por el que muchos estamos suspirando ya | ★★★★


    Pedro José Tena
    © Revista EAM / Badajoz


    Ficha técnica
    Estados Unidos, Hong Kong, 2017. Título original: «John Wick: Chapter Two». Dirección: Chad Stahelski. Guion: Derek Kolstad. Productoras: 87Eleven / Lionsgate / Thunder Road Pictures. Fotografía: Dan Laustsen. Montaje: Evan Schiff. Música: Tyler Bates, Joel J. Richard. Diseño de producción: Kevin Kavanaugh. Dirección artística: Chris Shriver. Vestuario: Luca Mosca. Reparto: Keanu Reeves, Riccardo Scamarcio, Bridget Moynahan, Ruby Rose, Peter Stormare, Ian McShane, Common, Alex Ziwak, Margaret Daly, Heidi Moneymaker, Laurence Fishburne, Lance Reddick, Claudia Gerini, John Leguizamo, Franco Nero. Duración: 122 minutos.


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