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  • Especial Festival de San Sebastián.
    Cobertura completa de la 65ª edición.

    Down by Earth.
    «Song to Song», de Terrence Malick.

    Sensualidad praxiteliana.
    «Call me by your name», de Luca Guadagnino.

    Insert Coin.
    «Good Time», de los hermanos Safdie.

    Dos ventanas al vacío.
    «A Ghost Story», de David Lowery.

    The Collection: Ocho sentencias de muerte (1949)


    Edición de A contracorriente Films. Máster restaurado & nuevo tránsfer digital por StudioCanal.
    Audio: DTS HD 2.0 Mono.
    Imagen: 4/3 – 1.37:1. 1080p.

    La productora británica Ealing Studios realizó entre los años 1947 a 1957 una serie de comedias que a día de hoy constituyen todo un ciclo mítico del cine clásico inglés. Recordadas y admiradas, estas dieciséis películas (diecisiete según las fuentes que consideran Davy, dirigida por Michael Relph en 1958, la última de ellas) tienen en común su forma de abordar el sentido del humor de una manera amable pero jamás exenta de cierta ironía al mostrar la forma de ser de los habitantes de las islas y su peculiar idiosincrasia, siempre teñidas de una melancólica añoranza por un tiempo pasado arrollado por un presente que deja atrás un estilo de vida más humano anclado en la tradición. Producidas por Michael Balcon y con un equipo técnico, entre los que comenzaron a brillar directores como Alexander Mackendrick y Charles Crichton, y otro artístico, con figuras como Alec Guinness y Stanley Holloway, que se repetían de una película a otra ayudaron a consolidar un estilo elegante y tradicional que, sumado a la originalidad de sus guiones, conformaron una manera única y característica de abordar el género de la comedia. Ocho sentencias de muerte (Kind Hearts and Coronets, 1949), dirigida por Robert Hamer, supuso uno de sus primeros éxitos importantes, pese a que en un principio Balcon no estaba muy convencido de la conveniencia de un libreto a todas luces vitriólico basado en una novela de Roy Horniman (Israel Rank: The Autobiography of a Criminal, 1907) muy influida por la obra de Oscar Wilde.

    La noche antes de su ejecución pública, en la celda en la que se halla confinado, el joven Louis Mazzini escribe sus memorias. Con una tranquilidad impropia de su situación, vestido con un elegante batín y dando muestras de unos exquisitos modales, Louis es el reflejo perfecto de la clase a la que pertenece, un noble de alta cuna que espera con dignidad la hora de su muerte. El mismo verdugo que lo ejecutará se muestra orgulloso de su tarea: ahorcará, como manda la tradición, a un duque con una soga de seda, lo que será tal vez el fin de su carrera pues ya no podrá volver, como confiesa al director de la prisión, a usar una cuerda de cáñamo. Observa a su futura víctima desde la mirilla de la puerta del calabozo y Hamer introduce un plano de la nuca de Louis, ante lo cual el verdugo asiente como si diera por buenas las medidas que ha tomado para su tarea. Así queda dibujado el tono de humor negro que dominará toda la película. Louis está sentado ante los papeles donde está detallando su vida y de manera sutil se nos sumerge en un largo flashback, la historia de Louis desde su nacimiento al momento actual. La voz en off del protagonista nos acompañará en una travesía que ya en su inicio nos muestra por qué su destino estará marcado por la venganza y el odio a los de su propia clase. Su madre era un miembro de los D’Ascoyne, familia de rancio abolengo de la cual es repudiada al casarse con un cantante de ópera italiano de pobres recursos. Al morir este, ella buscará reconciliarse con sus familiares, pero estos la rechazan sin miramientos. Así, el niño Louis crecerá obsesionado por la genealogía y el puesto que le corresponde en el árbol de sucesión. Los sufrimientos de su madre por subsistir y los esfuerzos de esta para que no olvide su origen noble lo harán vivir en un sueño de grandeza del que se verá privado al tener que ganarse el pan trabajando como dependiente en una tienda de ropa femenina. Jamás un posible heredero de un título nobiliario se vio sometido a tal humillación. La negativa familiar a que su madre sea enterrada en el castillo de Chalfont, el hogar ancestral de los D’Ascoyne según su deseo confesado a Louis en el lecho de muerte, hará germinar la semilla criminal en el corazón de este. Fantasea con la muerte de todos los miembros de la familia que lo anteceden en la línea sucesoria, y en ocasiones las esquelas necrológicas de los periódicos que no deja jamás de consultar le dan una buena noticia: poco a poco se ve más cerca de su herencia mientras va tachando los nombres que le anteceden en el árbol genealógico. El hecho de ser repudiado entre risas por la joven de la que se ha enamorado debido a su pobreza será la gota final que colmará su vaso repleto de sed de venganza. Hay ocho personas entre el ducado y él, y las eliminará a todas una por una hasta recuperar lo que le pertenece. Con una paciencia y frialdad estremecedoras Louis pondrá en marcha su plan.

    La amoralidad social no permite corazones amables

    Ocho sentencias de muerte (Robert Hamer, 1949).

    Ocho sentencias de muerte mantiene en todo momento un tono contenido y elegante, es la voz de Louis quien domina el relato y lo vemos todo a través de sus ojos, si bien los hechos nos obligan a mirar más allá. La virtud de un guion excelente que no abandona jamás su poderosa carga irónica hacia la lucha de clases, esa que aquí tendrá como su más enconado exterminador a un miembro de la propia nobleza. Sueños de grandeza inoculados por una sociedad donde cada cual vale según lo que posee. La película arremete contra todos los estamentos de la sociedad ridiculizando a sus ejemplares más representativos, desde un terco y obstinado almirante de marina hasta un pomposo militar que vive de contar sus hazañas de juventud. El trazo es suave, la burla es profunda pero elegante, huye de lo soez, y por ende es más efectiva. En el funeral por la segunda de sus víctimas, Louis contempla a todos los miembros de la familia que le quedan por asesinar mientras el sacerdote, otro de sus objetivos (“los D’Ascoyne habían seguido la tradición de la nobleza provinciana y habían mandado al tonto de la familia a la Iglesia”, nos detallará con su refinado estilo el impertérrito protagonista) declama un discurso de despedida en la capilla. Es difícil imaginar mayor andanada iconoclasta en una película que jamás da la sensación de serlo. Louis se verá atrapado muy a gusto en una vorágine criminal que lo llevará a idear y llevar a cabo muertes, entre lo delirante y lo ridículo, cada vez más imaginativas para sus parientes. La decadencia y los malos modales de la nobleza los hace indignos de su posición, lo cual refuerza la simpatía hacia Louis, que de otra manera nos resultaría desagradable en su convicción obsesiva. Así, cuando enfrenta a uno de sus últimos objetivos, vemos cómo este, el duque heredero alojado en el castillo de Chalfont, manda azotar a un cazador furtivo que ha caído atrapado en una de la trampas ilegales para animales que ha colocado el mismo duque, impartiendo una “justicia” medieval que ignora las leyes y se basa en su propia mano y criterio. Cuando Louis lo encañone con una escopeta, desearemos que apriete el gatillo sin pensárnoslo dos veces. La baja condición humana ha sido mostrada sin que podamos dejar de tener una sonrisa en los labios. Se desencadenarán en el desenlace los momentos más irónicos, aquellos que nos señalan la injusticia e inconsistencia de todo lo establecido por la sociedad y sus estamentos representativos, incluso cuando la única vez que Louis recurra a la verdad y sea sincero sus palabras solo servirán para condenarlo a la horca. El alcance del filme es prodigioso en su destrucción de lo consabido y aceptado por el consenso social, todo él teñido de un delicado y elegante, casi señorial, anarquismo.

    Protagonizado por un excepcional Dennis Price, con su mirada distante cargada de una intensa frialdad rayana en lo despectivo, pero nunca deshumanizado ni falto de ingenio, siempre divertido en las reflexiones en off que acompañan las imágenes, en el momento de su estreno lo más publicitado fue la actuación de Alec Guinness. Este se encargaría de representar ocho papeles, todos los miembros de la familia D’Ascoyne en un show total en el que demuestra toda su increíble sobriedad cómica. Joan Greenwood brilla también en su papel de la perversa amante de Louis, el único personaje a su altura diabólica, capaz de detentar una aparente inocencia cargada de picardía y maldad elemental. El título original de Ocho sentencias de muerte (Kind Hearts and Coronets) juega con un verso de un poema de Alfred Tennyson, Lady Clara Vere de Vere (1842), pero corazones amables es algo que jamás veremos en esta película en la que la enconada lucha de clases tiene su más espléndida representación. Robert Hamer legaría con esta obra su mejor trabajo como director, quizá acompañado por su participación (The Haunted Mirror) en la magistral película episódica de terror Al morir la noche (Dead of Night, 1945), cuyos otros segmentos estarían firmados por Charles Crichton, Basil Dearden y Alberto Cavalcanti. El guion fue obra del propio Hamer junto a John Dighton, contando con la colaboración no acreditada de la genial escritora Nancy Mitford.


    Edición & Extras

    Un precioso menú nos anticipa a una de las grandes películas de la Ealing. El espíritu de esta invade el diseño artístico de esta edición de A contracorriente, que parte del máster restaurado, de nuevo, por StudioCanal. Valga declarar de antemano que quizá no estemos ante uno de sus mejores trabajos de tratamiento de imagen, en parte por no vulnerar en exceso la atmósfera original del filme. Es por ello que esta edición no haya pasado por las siempre interesantes secciones de clásicos del Festival de Cannes, la Mostra de Venecia y la Berlinale. El gran reclamo del disco, aparte de un largometraje descomunal, se halla en los interesantes extras que ofrece. El primero, y más valioso, es el audiocomentario a cargo de Peter Bradshaw –crítico de The Guardian—, Terence Davies –director de obras maestras como Voces distantes o The Deep Blue Sea— y Matthew Guinness –el hijo del mítico Alec Guinness, uno de los protagonistas de Ocho sentencias de muerte. Una pieza que explica algunas de las escenas elementales del trabajo de Robert Hamer y cómo su influencia perdura hoy en día. Junto a ella, aparece el tráiler de la restauración, un ensayo de BBCRadio 3 y una comparativa de la restauración con respecto a la exhibida en cines. Un precioso fragmento que justifica el rescate de esta película y, por ende, de todos aquellos clásicos derrumbados por el tiempo. El espacio, en esta ocasión geográfico, también tendrá importancia en el disco, ya que entre los suplementos figura el final alternativo que se proyectó en los cines estadounidenses. Una simple curiosidad, ya que el epílogo original mantiene un vigor inmejorable. Con respecto a la versión de Criterion Collection, cabe resaltar la ausencia del supercut del crítico Philip Kemp y el documental sobre la Ealing que produjo la BBC, ambos de una gran riqueza visual e histórica. Aun así, estamos ante la edición definitiva de Ocho sentencias de muerte, que ratifica a A contracorriente como la gran referencia doméstica en cuanto al cine clásico se refiere, con un tratamiento que va más allá de recolocar la reliquia, y que coloca a numerosas obras en el verdadero lugar que merecen. (EL & JLF)

    Ficha técnica
    Inglaterra, 1949. Título original: Kind Hearts and Coronets. Director: Robert Hamer. Guion: Robert Hamer, John Dighton y Nancy Mitford, basado en la novela de Roy Horniman. Productoras: Ealing Studios y Michael Balcon Productions. Productores: Michael Balcon y Michael Relph. Estreno: 21 de junio de 1949. Fotografía: Douglas Slocombe. Música: Ernest Irving. Montaje: Peter Tanner. Dirección artística: William Kellner. Intérpretes: Dennis Price, Valerie Hobson, Joan Greenwood, Alec Guinness, Audrey Fields, Miles Malleson, Clive Morton, John Penrose.

    El fulgor efímero

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