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  • Especial Festival de San Sebastián.
    Cobertura completa de la 65ª edición.

    Down by Earth.
    «Song to Song», de Terrence Malick.

    Sensualidad praxiteliana.
    «Call me by your name», de Luca Guadagnino.

    Insert Coin.
    «Good Time», de los hermanos Safdie.

    Dos ventanas al vacío.
    «A Ghost Story», de David Lowery.

    The Collection: El joven Lincoln (1939)


    Edición de La Aventura. Máster restaurado por Spirit Datacine a partir de una copia en positivo de 35mm.
    Audio: DTS 2.0 Mono a partir de una copia en magnético de 35mm.
    Imagen: 1.33:1. 1080p.

    Soy Abraham Lincoln, sin más”, comienza su discurso como representante político del pequeño pueblo de New Salem, Illinois, en los Estados Unidos de 1832, un joven de gestos tímidos que lo primero que hace, antes de comenzar a hablar, es introducir sus manos en los bolsillos del pantalón, un hombre común pero con pensamientos y convicciones firmes según nos va mostrando el desgranar de sus palabras. Ideas elevadas de libertad e igualdad expresadas de manera sencilla en un plano medio frontal con un leve contrapicado muy sutil que pone al espectador ante Lincoln como si estuviera allí, escuchando su discurso con cercanía pero también con veneración. Un contraplano mostrando a una niña y a un niño, el futuro de la nación, que asienten y sonríen con lo que ese joven simpático les cuenta les sirve a Lamar Trotti, guionista, y John Ford, director, para reforzar las nociones de inocencia y pureza que subyacen en el mensaje de Abe. Porque en esta fantástica película de Ford, El joven Lincoln (Young Mr. Lincoln, 1939), aquel que con el tiempo se convertirá en el presidente de la nación será más Abe que el señor Lincoln del título original. Ya desde los títulos de crédito se juega con estas representaciones de los grandes valores con la utilización de la canción Glory, Glory, Aleluya, con fuertes referencias a la libertad como principio fundamental de un país que tenía reciente su independencia del Reino de Gran Bretaña. Y al mismo tiempo con la sencillez reflejada en el poema de Rosemary Benét que da fin a esta introducción en el que leemos las palabras de la madre de Lincoln dirigidas a su hijo. Patria, madre (como representación de la familia bajo el código fordiano) y libertad son los grandes conceptos que sustentan el credo de esta joven nación que tendrá en Abraham Lincoln a uno de su más míticos líderes. Apenas cinco minutos de metraje y en nuestra mente todo este aluvión ideológico está ya más que claro y comprendido.

    Las bucólicas imágenes de Abe en el campo, tumbado sobre la hierba al pie de un árbol, leyendo un libro de leyes nos transmiten a través del contacto y la identificación con la naturaleza las mentadas sencillez y pureza que son un espejo del carácter del protagonista. En todo momento El joven Lincoln sabe fundir con una perfección modélica su contenido conceptual con una narrativa fluida y elegante. También el uso de la música ayudará a remarcar los sentimientos creando el estado determinado a cada tramo del filme preparando el camino al espectador, abriendo sus emociones a lo que las imágenes colmarán. Así en el paseo de Abe con su enamorada Ann Rutledge por la ribera del río, donde la música sentimental compuesta por Alfred Newman para esa secuencia acompañará su conversación de sueños de futuro y amor incipiente con gran emotividad. O más oscura cuando contemplemos junto a Abe, casi tocando su hombro con el nuestro, la tumba de Ann mientras deposita unas flores sobre ella y le habla acerca de sus dudas y temores, de qué hacer con su vida, como si la joven estuviera aún viva. El mismo río que vio nacer su idilio corre ahora cargado de trozos de hielo entre el paisaje nevado. Esa fidelidad y ese recuerdo constantes hacia las figuras no solo de Ann, el amor puro de juventud, sino también hacia su madre, el lazo familiar, serán recurrentes a lo largo de toda la película. La figura mítica también tuvo sus momentos de indecisión y dolor, pero serán superados con fuerza y convicción gracias a esos fuertes ideales son los de los propios Estados Unidos, los de cada uno de sus ciudadanos libres, construyendo la historia de una nación al estilo de Hollywood. El mismo Hollywood que apenas cinco años hubo de ser reprimido sin piedad por el contundente Código Hays por reflejar con verdadera libertad los Estados Unidos de su época.

    La construcción mítica de una nación

    El joven Lincoln (John Ford, 1939).

    El joven Lincoln avanza ofreciéndonos estos pequeños detalles de la vida de su protagonista conformando en su conjunto un retrato muy vívido y creíble, casi deseable, de estos sus años de juventud. Anécdotas y breves instantes que construyen un tapiz en el cual nos acercamos a su enorme figura desde lo infinitesimal. Abe deja New Salem y se instala en Springfield como abogado en 1837, ciudad a la que llega montado en su burro y coronado con un enorme sombrero de copa que ya marcará la imagen por la que será conocido. Asistimos a uno de sus primeros casos, en el cual ante los gritos y malas maneras de los litigantes Abe responde con una pasmosa calma, los pies sobre la mesa, y un ejemplar sentido de la justicia. Ford incide en mostrar la historia reciente del país siempre de manera indirecta entremezclándola con el devenir del futuro presidente. Y qué manera tan magistral de hacerlo: a través de la festividad del día de la independencia con un desfile que incluye, cómo no, a los veteranos de la revolución de 1776, sabiamente aderezado con notas de humor para restarle solemnidad. Concursos de pasteles en los que hace de juez, otro de cortar troncos en el que gana casi sin esfuerzo, uno más con dos grupos de fornidos ciudadanos tirando de una cuerda uno para cada lado… Y con Abe en el centro de todas las actividades, un hombre común que se divierte y es como los demás pero que destaca con facilidad entre todos. Y más cuando la fiesta se descontrola y termina en un intento de linchamiento. Entonces aflorará el carácter de ese hombre que guiará a la nación con su templanza: un hombre capaz, con tan solo la palabra, de detener y aplacar a una turba enfurecida.

    El último tercio de la película se centra en un juicio que nos retrotrae a tiempos más salvajes, esos en que la aplicación de la justicia aún era una lucha constante, remarcada esta sensación gracias a esa magistral puesta en escena con un juez que en la derecha porta el consabido martillo para llamar al orden y en la otra una pistola por si acaso golpear la mesa no fuera suficiente, o la de un Abe que cuando está sentado en su silla de abogado defensor y reflexiona sobre el caso o escucha al fiscal nos es presentado en un plano frontal con una pose y una expresión idénticas a las de su celebérrimo monumento en el National Mall de Washington D. C. La perorata del fiscal contrasta por su grandilocuencia con la sencillez del contador de historias, Abe, cuyo discurso, alimentado por un vasto conocimiento de la sabiduría popular, llega a todos por igual. El caso demostrará el noble sentido de la justicia de Lincoln al defender la lealtad entre dos hermanos y el amor de una madre. Es difícil imaginar una estampa de mayor humanidad y con mayor sentido mítico que aquella en la que lo contemplamos sentado en su despacho con los pies en alto mientras reflexiona acerca del juicio, tocando con su birimbao el futuro himno de la Unión y con un cuadro de George Washington, uno de los Padres Fundadores de los Estados Unidos, tras él. Henry Fonda interpretó al joven Abe de manera prodigiosa. El uso del maquillaje refuerza el parecido facial, pero su forma de moverse, de hablar, de relacionarse con el entorno inflama de verosimilitud su actuación. Pareciera por momentos que tuviéramos frente a nosotros al Lincoln real, revivido por la magia del cine y su luz fantasmal. John Ford nos deja algunas de las secuencias más hermosas que jamás filmara, brillando en especial esa breve escena en la que Abe abandonará una fiesta, en la que dejará patente su torpeza como bailarín pero a la vez su gran capacidad para mantener una conversación inteligente y divertida, para salir a una terraza con la que será su esposa, Mary Todd, y quedará atrapado por la belleza del río que fluye ante él destellando en el crepúsculo. La mirada de inmensa tristeza de Abe al rememorar a su amada fallecida, Ann, al pulso de las aguas, nos embarga con una inmensa melancolía. La figura mítica se humaniza y se nos hace aún más querida al poder compartir con él el recuerdo imborrable y el dolor que siempre estará presente por el joven amor perdido.

    Edición & Extras

    —¿No le gusta mover mucho la cámara, no?
    —No, porque distancia al público. Se dice: «Es una película, no es real». Me gusta que el público piense que es algo real. No me gusta tener al público pendiente de la cámara. El movimiento de esta les molesta. Cuando Anne y Abe hablan de ellos y de sus afectos, no del río, las primaveras, las leyes, los libros y lo que piensan los padres, no hay motivo para moverla.

    Sin lugar a dudas, es la mejor edición blu-ray del 2016, incluso por delante de algunas entregas Criterion como la de El nuevo mundo (Terrence Malick, 2006), publicada el mismo año. La Aventura se adentra por segunda vez (tras La puerta del cielo) en el mercado doméstico con este estuche de coleccionista, numerado y limitado, con tres discos y un libreto más que interesante firmado por Quim Casas y Carlos Losilla, completado por un texto –traducido por primera vez— de Serguei M. Eisenstein. El primer disco contiene la película, presentada por Noël Simsolo, reputado historiador de cine conocido por sus monográficos dedicados a Alfred Hitchcock, Sergio Leone, Fritz Lang, Howard Hawks y Clint Eastwood. El filme ofrece una calidad de imagen depurada con respecto a versiones anteriores, en especial en las escenas de mayor oscuridad. Un trabajo sensacional que en formato digital otorga una nueva dimensión a esta mirada minimalista de John Ford al Presidente de los Estados Unidos más relevante de la Historia. El segundo disco, ya en DVD, contiene una serie de extras inéditos y de larga duración: Documental: «Becoming John Ford» (93 min). «Entrevista a John Ford», por Philip Jenkinson en 1968 (72 min). «La violencia y la ley», entrevista a Jean Collet sobre El joven Lincoln (38 min); «Passage», un ensayo visual de Tag Gallagher (17 min); «Lección de cine» por Jean Douchet (17 min). El tercero, en el mismo formato, presenta una serie de documentales y ensayos ya lanzados en Estados Unidos: «When Lincoln Paid» (22 min); «Straight Shooting» (60 min); «The Battle of Midway» (18 min); «December 7th» (33 min); «Torpedo Squadron» (8 min); y «Sex Hygiene» (30 min). Como pueden observar, una copiosa recopilación que se adentra en una de las primeras obras maestras del prodigioso realizador de Maine. Un calificativo que podría ajustarse a esta edición de La Aventura, tanto en su presentación, acurada y elegante, como en sus contenidos. Una obra descomunal.

    Ficha técnica
    USA, 1939. Título original: Young Mr. Lincoln. Director: John Ford. Guion: Lamar Trotti. Productora: Twentieth Century Fox Film Corporation. Productor: Darryl F. Zanuck. Estreno: 30 de mayo de 1939. Fotografía: Bert Glennon y Arthur C. Miller. Música: Alfred Newman. Montaje: Walter Thompson y Robert Parrish. Dirección artística: Richard Day y Mark-Lee Kirk. Intérpretes: Henry Fonda, Alice Brady, Marjorie Weaver, Arleen Whelan, Eddie Collins, Pauline Moore, Richard Cromwell, Donald Meek, Judith Dickens, Eddie Quillan, Spencer Charters, Ward Bond, Francis Ford.

    El fulgor efímero

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