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    Tao Dance Theatre

    Tao Dance Theatre

    Coreografías 6 y 7.

    Por tercera vez desde su creación en Pekín, en 2008, Tao Dance Theatre aterriza en España para presentarnos dos de sus coreografías más aclamadas a nivel mundial. Tras sorprender con su representación holística de la danza y el arte escénico en Madrid y Barcelona, Tao Ye irrumpe en el Festival Internacional de Teatro, Música y Danza de San Javier con un espectáculo de una potencia estética sublime y una solemnidad escénica digna de los grandes escenarios mundiales. Como suele ocurrir con este tipo de productos, cuya preocupación por lo estético y lo alegórico sobrepasa cualquier barrera narrativa, está destinado a sufrir un rechazo importante por parte de un público que no admite la aniquilación absoluta de una línea expositiva a la que aferrarse, sobre todo en ese sector cuyas filias artísticas son más cercanas a las funciones cómicas y clásicas que a cualquier manifestación contemporánea de arte conceptual o simbólico. Y eso es precisamente por lo que destaca el trabajo de Ye, una reformulación coreográfica minimalista de los conceptos ontológicos que tanto han sido estudiados por la cultura oriental a través de la percepción del todo y la influencia del tiempo como elemento circular sobre el que transita el hombre en su devenir existencial. La primera pieza se presenta sobre un escenario acromático, la ausencia total de luz y color permite a los bailarines mostrarse como sombras andróginas en un entorno que representa lo absoluto, ya sea éste entendido como la ausencia o la presencia, el todo o la nada en un cosmos de represión infranqueable. Este componente opresivo viene a contraponerse a los conceptos de libertad y armonía con los que asociábamos hasta ahora cualquier exhibición de baile y es, al mismo tiempo, donde el artista se distancia de otros grandes estudiosos de la expresión corporal, como la artista Maya Deren, quien realizó trabajos de experimentación similares con bailarines en ausencia total de color, con la diferencia de que éstos destacaban por evidenciar un desplazamiento ilimitado, sin ningún tipo de traba u obstáculo, como puede apreciarse en A Study in Choreography for Camera o en la conceptualmente similar, The Very Eye of Night. Con el objetivo de evidenciar un punto discordante a los movimientos de la vanguardia, Tao Ye presenta esta danza represiva, en la que los protagonistas permanecen completamente estáticos de pies y manos, mientras efectúan contorsiones dramáticas con el torso que reflejan la condena de un tiempo circular y monótono. La primera mitad de este número transcurre en un simulacro de posición maniatada y con los pies fijos al suelo, con la excepción de un único movimiento pivotante y sincrónico mediante el cual, los bailarines, quedan de cara al público, sin por ello revelar sus facciones, pues todo seguirá en tinieblas. Como contraste dramático, surge el segundo acto de esta coreografía, donde los sujetos, hasta ahora incapaces de desplazarse en el plano horizontal, se desligan de sus ataduras y comienzan un avance en profundidad que será, además, intensificado por la repentina aparición de un juego de sombras que subraya esta condición que sugiere una tendencia motriz desde el interior hacia el exterior.

    La completa ausencia de luz, que propicia este asfixiante baile de sombras, además del evidente componente estético, tiene una función pragmática que fuerza al espectador a llevar a cabo una observación focalizada y sin condicionantes perceptivos. Si bien en un principio el público buscará esa entrada luminosa que le permita distinguir a los protagonistas del espectáculo, diferenciarlos y, de algún modo, empatizar con ellos, esta situación esclarecedora no llegará y, una vez superada la fase de aclimatación claustrofóbica, no le quedará más remedio que atender al movimiento del sujeto, y no al sujeto en sí. Así, el director escénico consigue dirigir el foco de atención hacia lo realmente importante, y desviar el interés de observaciones superficiales o baladíes. Toda esta planificación cambiará por completo en la segunda coreografía, la número 7, donde el escenario se traslada hacia la antítesis visual del anterior —aunque simbólicamente idéntico—, con la aparición de la luz y el color blanco. Se completa la dualidad del yin yang al tiempo que la androginia inicial se desvanece en beneficio de un contexto hipersexualizado de erotismo e interacción corporal. Las formas, las facciones y la fisionomía del bailarín entran en escena de manera drástica, haciendo que el intercambio sexual no quede sólo en el espacio físico, sino también en el sonoro. La inquietante música de la primera coreografía es sustituida por el silencio absoluto, un silencio que poco a poco se irá rompiendo con sonidos guturales acompasados que desembocarán en una metafórica interacción sexual reflejada en un intercambio de gemidos de connotaciones erotizantes. Será en la sinfonía vocal donde los bailarines demuestren su potencial físico y atlético. Pese al incesante movimiento y la manifiesta ausencia de oxígeno —al realizarse la danza en una diástole constante—, no se aprecia en los protagonistas jadeo a destiempo. Esto demuestra una contención magistral de la potencia aeróbica de un show que, pese a poder sorprender con la espectacularidad de lo acrobático, prefiere prescindir de ello rechazando cualquier tipo de truco o pirueta artificial. Tao Ye es un experimentador minimalista del gesto y el sonido, alejado de cualquier obviedad tendenciosa o esquema narrativo prefabricado. Ahí es donde reside su genuinidad, y la posibilidad para el amante del arte contemporáneo en general, y del oriental en particular, de atender a un espectáculo diferente que escape de la marcialidad y la pirueta gratuita.


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Dublín


    China, 2008. Título original: Tao Dance Theatre. Duración: 60 minutos. Dirección artística: Tao Ye. Coreografía: Tao Ye. Música (Sólo coreografía 6): Xiao He. Vestuario: Tao Ye, Li Min. Iluminación: Ellen Ruge. 48º Festival Internacional de Teatro, Música y Danza de San Javier.


    El fulgor efímero

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