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    Crítica | Apprentice

    La condena del hombre

    Crítica ★★★★ de Apprentice (Junfeng Boo, Singapur, 2016).

    Cinco minutos es el tiempo que se da a un funcionario de una cárcel para mentalizarse antes de disponerse a aplicar la pena capital. 107 pasos eran los que Selma (Björk) debía dar antes de pisar el patíbulo en Dancer in the dark (2000). No importa el lugar donde se acepte la sentencia máxima, lo cierto es que prime el rigor y los datos objetivos en un contexto de pena de muerte. Al margen de delitos de armas de fuego, secuestro, traición o asesinato, hay en Singapur una tabla de medidas para el tráfico de drogas que conducen al condenado a la horca: 15 gramos de heroína o morfina; 30 gramos de cocaína o 500 gramos de cannabis. El marco moral de Apprentice se mantiene en estas aristas de una ley severa que se impone sobre cualquier sentimiento o raciocinio. «Era un simple traficante. No es un asesino.», dirá Aiman al verdugo. Este filme implacable impone una ética del encuadre, una proximidad calculada que no rebasa ciertos límites. Se agradece que Apprentice no genere exceso de imagen ni produzca una pornografía de la crueldad. A través de su protagonista, Aiman, adoptamos el punto de vista del curioso, una mirada arrojada que se mantiene a nivel íntimo. Nos encontramos ante una película llena de puertas que no deberían abrirse, desde la del despacho del verdugo hasta la puerta del baño o la del dormitorio, pues todas ellas custodian la máxima intimidad: el aseo, la sexualidad y la muerte. Gracias a la temeridad de Aiman, nos insertamos en la boca del lobo mientras vamos conociendo los motivos personales de su extraña misión. Y toda su aventura se expone en imágenes surcadas por barrotes, trazando desde un principio una geometría de la opresión. La falta de higiene visual, la carencia de planos despejados, sugiere que cada uno tiene su propia cárcel. No es relevante que sea funcionario, prisionero o alguien de fuera; todos sienten el impulso fugitivo, salir en busca de una mejor vida. Su nexo con El verdugo (1963) es el mismo que unía la obra maestra de Berlanga con otro guión inmediatamente anterior de Rafael Azcona, Mafioso (1962), o cómo los designios de la familia, sus lazos, herencias y tradiciones, obligan al crimen.

    Apprentice repite la llamada de la sangre desde otro ángulo: no del ejecutor, sino del cómplice. Su empeño por indagar en las raíces, le lleva a insertarse en un trayecto que consta de pasillos oscuros y barreras blindadas que se abren ruidosamente. Entender la esencia del ser significa en este caso asimilar su aniquilación y contemplar de cerca toda la mecánica que la envuelve. Y hasta conocer su teatro, como esas palabras imprecisas de consuelo que se pronuncian antes de saldar un tempo finito. En ese espacio alienante no cabe psicología ni ideología. Antes de acceder a él, de ser admitido en esa prisión de alta seguridad, hay que aprobar un test destinado a medir tu nivel de deshumanización, averiguar hasta qué punto serías capaz de servir al Estado, de anularte con tal de cumplir su veredicto. El candidato no puede haber pertenecido a ninguna organización política ni haber sufrido una crisis emocional. No hay desdoblamiento posible. El verdugo no puede ser a su vez espectador de su cometido, sólo asistir a su propia ejecución como sujeto, para soportar su rol activador de una maquinaria aniquiladora. Debe entender el arte de matar sin sentirse artista, crear un espacio de muerte rápida y eficaz sin sentir que hay acto creador y, sobre todo, asumir las consecuencias: esa soledad y vacío tremendo que corresponde al más siniestro de los oficios. Sin embargo, hasta en esto hay categorías. Como ocurría en la nefasta Saw III (2006), se diferenciaba entre una muerte performativa y un vulgar asesinato, Rahim, el verdugo de Apprentice, desprecia a quienes se escudan en el reglamento frente a quien tiene principios. La excepción por encima de la regla. Un hermoso plano contiene esta idea: sobrevolando la prisión, la cámara sigue el curso de una bandada de pájaros hasta reparar en uno que se sale del grupo. Esa ave fugitiva conecta con la espalda del protagonista. Detrás de un sistema ejecutivo tan apático como sanguinario, surgen sentimientos en todo aquel que conserva carisma y no es un mero servidor.

    «Más allá de la historia que cuenta, son interesantes sus costuras, esos espacios vacíos que circulan casi en silencio, tan necesarios para el espectador. Este joven cineasta de 34 años disemina una serie de planos generales que, por un lado, contextualizan y, por otro, nos ayudan a digerir el suspense». 


    En ese sentido, Boo Junfeng propone la historia de un encuentro excepcional entre dos personas que operan sin perder de vista su voluntad. Da igual la posición o el oficio que escojas, como dice el verdugo a Aiman: «Lo importante es afrontar las consecuencias». Se abre así un diálogo entre dos personajes íntegros, muy idóneos para entender su experiencia más allá del dolor de las víctimas. Sucede, por tanto, en ese espacio off contiguo en el que se exponen sensaciones, ideas y detalles técnicos, muy privados, que rodean la rutina del exterminio. La tragedia no se explicita visualmente, pero está presente y alcanza sus máximas cotas en la banda sonora. Ese sonido reconocible y ritual que emite cualquier sumidero del horror. La ceremonia que rodea la pena de muerte no parece haber cambiado. La secuencia en que José Luis (Nino Manfredi) se niega a visitar a su primera víctima (Manuel Aleixandre) en El verdugo, se repite aquí. Y la capacidad de medición del cuerpo sigue unida al sistema de ejecución. Del mismo modo que el garrote vil capacitaba a José Isbert (Amadeo) para averiguar a ojo la talla de una camisa, el hábito de ahorcar te permite calcular el peso de los cuerpos. El verdugo de Apprentice domina la gravedad, el efecto letal de una caída. Más allá de la historia que cuenta, son interesantes sus costuras, esos espacios vacíos que circulan casi en silencio, tan necesarios para el espectador. Este joven cineasta de 34 años disemina una serie de planos generales que, por un lado, contextualizan y, por otro, nos ayudan a digerir el suspense. Singapur es retratada como una ciudad dormitorio que se contempla con distancia. Vemos edificios a horas intempestivas, en imágenes oscuras carentes de humanidad. Apenas se perciben peatones. Cabe imaginar que su población reposa seguramente consciente del problema, sin querer entrar en detalles, como algo que sienten cercano pero mantienen ajeno. El protagonista, sin embargo, tiene problemas serios para dormir. Los planos de ventilador refuerzan la necesidad de oxígeno, constatan la urgencia de escapar del ámbito carcelario. Vemos un autobús abarrotado con una mayoría ausente, absorta en la pantalla del móvil. Los autobuses circulan muy cerca de esos muros siniestros, la vida y la muerte se tocan. De igual manera, una imagen capta la textura implacable de la alambrada, los pliegues y líneas que dibuja, firmes pero incapaces de eclipsar el sol del nuevo día que asoma detrás. | ★★★★ |


    Daniel Gasco García
    © Revista EAM / Valencia


    Ficha técnica
    Singapur, 2016. Título original: «Apprentice». Director: Junfeng Boo. Guión: Junfeng Boo y Raymond Phathanavirangoon (Argumento original de Junfeng Boo). Compañías productoras: Akanga Film Productions, Augenschein Filmproduktion, Cinémadefacto, Peanut Pictures y Zhao Wei Films. Presentación oficial: Festival de Cannes 2016. Productores: Fran Borgia, Raymond Phathanavirangoon, Fong Cheng Tan. Fotografía: Benoit Soler. Montaje: Lee Chatametikool y Natalie Soh. Diseño de producción: James Page. Dirección artística: Wendy Chee y Andy Phua. Vestuario: Meredith Lee. Sonido: Ting Li Lim. Música: Alexander Zekke y Matthew James Kelly. Reparto: Firdaus Rahman, Wan Hanafi Su, Mastura Ahmad, Boon Pin Koh, Nickson Cheng, Crispian Chan, Gerald Chew, Ong Chao Hong, Sean Tobin, Delon Tan. Duración: 96 minutos. PÓSTER.


    El fulgor efímero

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