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    Crítica | Tom of Finland

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    Crítica ★★★ de Tom of Finland (Dome Karukoski, Finlandia, 2017).

    Tom of Finland podría haber sido una gran película por diversas razones: para empezar, cuenta con una realización exquisita por parte de su máximo responsable, Dome Karukoski, quien, haciendo gala de un pulso tras las cámaras que ya quisieran para sí cineastas más veteranos o mediáticos, siempre selecciona el encuadre más adecuado o emplea la metáfora visual más oportuna para dotar de significación y sentido a todas y cada una de las imágenes de la cinta. Como muestra, citar la forma en la que plasma la transición de los afectos de Veli (Lauri Tilkanen) desde Kaija (Jessica Grabowsky) hacia su hermano Touko (Pekka Strang), sugiriendo con elegancia cuestiones de tanto calado como la misoginia, el machismo, la homofobia, etc. Asimismo, Tom of Finland posee un montaje tremendamente vigoroso y hábil, articulado en torno a tres vistosos recursos estilísticos que alejan la exposición de la trama del desarrollo narrativo clásico –y convencional– de introducción, nudo y desenlace. El primero de dichos recursos es la estructura analéptica sobre la que se asienta todo el discurso, recogida en el plano de abertura de la pieza y dilatada hasta sus minutos finales, en una introducción a la acción que tiene un marcado componente de humor surreal (muy característico, dicho sea de paso, de los países escandinavos). En cuanto al segundo, contamos con una serie de flashbacks recurrentes y no marcados que se centran sistemáticamente en un momento crucial de la vida del protagonista: su participación como teniente en el ejército finlandés durante la denominada Guerra de Invierno contra la URSS. Con semejante reiteración, se dota a la historia de un foco de atención claro y contundente, lo que permite al espectador ser consciente de que esa experiencia definió a Touko de por vida, tanto para su propio autoconocimiento en concreto (allí descubrió su sexualidad) como para el de la humanidad en general (el hecho de morir, matar o sacrificarse). Finalmente, y por lo que atañe al tercero de los recursos de estilo mencionados, se trata de una amplia elipsis que divide en dos el relato, y no solamente por el cambio de coordenadas vitales del protagonista que resume, sino también por la diferente forma en que Karukoski y su director de fotografía, Lasse Frank Johannessen, abordan los espacios; así, abundarán a partir de ese momento los planos generales y las tonalidades ocres frente al empleo previo de los primeros planos y del color gris y azul. Obviamente, ello dota a los dos fragmentos de la obra de un potente simbolismo de opuestos: por un lado, el derivado del conflicto interno del personaje principal y de su enfrentamiento con su castrador contexto social, y, por el otro, la estabilidad personal y el éxito profesional que refuerza el cromatismo dorado y la presencia continua de personas cobijando y rodeando a Touko.

    Pero aún hay más: temáticamente hablando, Tom of Finland atesora una cualidad muy escasa en películas de género biográfico como la que nos ocupa. Y es que no se hace un panegírico del protagonista ni se le denuesta de manera maniquea, sino que se intenta trazar el perfil de una persona real, contradictoria y compleja, mientras que se recalca la importancia de su figura, más que por el controvertido valor artístico de su obra o la innegable calidad técnica de la misma, por el hecho de ser alguien de indiscutible talento con los lápices que fue denigrado, censurado, marginado y perseguido única y exclusivamente por el carácter abiertamente homosexual de sus dibujos. ¿O es que cualquier otro oficial condecorado con una medalla al valor en una guerra patria habría recibido análogo maltrato si se hubiera dedicado a las ilustraciones eróticas heterosexuales? Dicho lo cual, y volviendo al inicio de este artículo, con todas las virtudes que tiene Tom of Finland (sumemos a las expuestas la gran labor del elenco actoral, especialmente la de Strang y Grabowsky), el filme «podría» haber sido una gran película. Pero la forma condicional evidencia que, lamentablemente, no es el caso. En este sentido, cabría preguntarse dónde reside el gran defecto de una cinta por lo demás repleta de excelencias. La respuesta es muy simple: en los cimientos de la misma, esto es, en un guion que, aparte de pasar de puntillas sobre los aspectos más «escabrosos» de la psicología de Touko (léase su filia sadomasoquista) lenta, paulatina e inexorablemente va cayendo –en picado– en todos los tópicos de los biopics, hasta ese final supuestamente climático; y digo «supuestamente» porque, de tan manido como es, si despierta en el público algo más que indiferencia es bochorno o incluso hilaridad.

    «Si bien funciona realmente bien durante toda la primera parte del metraje, el que se centra en crear emociones, perfilar caracteres y retratar una época, la segunda, a fuerza de denuncia y crítica con una decidida inflexión didáctica (o «para todos los públicos»), termina por convertirse en pura propaganda».


    En realidad, Tom of Finland es víctima, como tantas otras creaciones de su mismo género, de su propia tesis de partida, por otro lado absolutamente encomiable. Tengamos en cuenta que, cuando un artista encara la biografía de un personaje famoso, y siempre que su obra tenga una mínima pretensión autoral, por lo general le motiva una voluntad que va más allá de la mera crónica detallada –desde una perspectiva neutra, crítica o admirativa– de la vida de la persona retratada; dicha voluntad se vincula a una reflexión, a una circunstancia o a una impresión que el sujeto y el objeto de la pieza en cuestión comparten, lo que asimismo se encuentra en el germen originario de la misma. Ello explica la razón por la cual la mayoría de biopics giran en torno a una idea que la existencia real del protagonista ilustra, no importa cuán forzada o ajena a la verdad de los acontecimientos esta pueda ser. Si a ello le añadimos el hecho de que, como sucede en este caso concreto, quien se sitúa en el centro argumental es alguien que ha devenido emblema de un colectivo oprimido (los gais), es inevitable que el filme se articule sobre una idea muy concreta y monolítica, lo que, paradójicamente, lo hace muy interesante desde un punto de vista intelectual –«espiritual» si se quiere–, pero lo lastra irremediablemente desde el creativo. Decía Stanley Kubrick que toda «película es (o debería ser) más parecida a la música que a la ficción. Tendría que ser una progresión de ánimos y sentimientos. El tema, lo que hay detrás de la emoción, el sentido… todo ello debería venir después». Sin duda, Tom of Finland ilustra como ejemplo negativo semejante punto de vista; porque si bien funciona realmente bien durante toda la primera parte del metraje, el que se centra en crear emociones, perfilar caracteres y retratar una época, la segunda, a fuerza de denuncia y crítica con una decidida inflexión didáctica (o «para todos los públicos»), termina por convertirse en pura propaganda. No es de extrañar, pues, que las dos frases que cierran la cinta sobre un fondo en negro sean dignas del panfleto más pueril que imaginar cupiera; una auténtica lástima, porque ello tal vez alejará irremisiblemente al espectador de una de las voces más interesantes del panorama fílmico finés. | ★★★ |


    Elisenda N. Frisach
    © Revista EAM / Barcelona


    Ficha técnica
    Finlandia, 2017. 115 minutos. Título original: Tom of Finland. Director: Dome Karukoski. Guion: Aleksi Bardy. Fotografía: Lasse Frank Johannessen. Música: Lasse Enersen y Hildur Guðnadóttir. Productora: Helsinki Filmi Oy/Anagram/Fridthjof Film/Neutrinos Productions/Film and Music Entertainment (F&ME). Diseño de producción: Christian Olander. Dirección artística: Lotta Bergman, Ricardo Molina, Astrid Poeschke, Riina Sipiläinen. Edición: Harri Ylönen. Intérpretes: Pekka Strang, Lauri Tilkanen, Seumas F. Sargent, Jessica Grabowsky, Taisto Oksanen, Jakob Oftebro, Niklas Hogner, Christian Sandström, Martin Bahne, Werner Daehn, Þorsteinn Bachmann, Jimmy Shaw, Kari Hietalahti, Jan Lindwall, Emanuel Claesson.

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