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    Crítica | Llega de noche

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    Crítica ★★★ de Llega de noche (It Comes at Night, Trey Edward Shults, Estados Unidos, 2017).

    El terror es un género en auge. Hasta hace poco denostado, reducido a subproductos slasher y gore calificados con sucesivas letras del alfabeto empezando con la B, este tipo de cine, sobre todo durante los años 80 y 90, se desarrolló como vehículo propicio para dar los primeros pasos en la industria, por lo ajustado de su presupuesto y sus posibilidades estilísticas, lo cual no era óbice para que algunas de estas cintas fueran ganando un gran prestigio. Común a ellas era en cualquier caso una cierta autoconciencia de sus limitaciones, jugando con las herramientas y los tópicos del género que mejor se presta al exceso estético en el que de vez en cuando le gusta caer a casi todo cineasta. Pero últimamente esto está cambiando. Sin alterar unas reglas narrativas y unos trucos visuales ya muy asentados desde esas décadas definitorias, asistimos en los últimos años a algunas películas que buscan una mayor elegancia, cambiando la fotografía errática en su iluminación y sus ángulos por encuadres más contrastados y precisos; o superando el montaje brusco y perturbado a favor de una fluidez más ortodoxa y homogénea. Valgan así los siguientes ejemplos: It Follows (David Robert Mitchell, 2014), La bruja (The Witch, Robert Eggers, 2015), Crudo (Grave, Julia Ducournau, 2016) o Déjame salir (Get Out, Jordan Peele, 2017). Y ahora busca sumarse a esta lista la recién estrenada en nuestro país Llega de noche.

    Estos precedentes no explican muy bien la cubierta del Blu-ray recién desvelada en Estados Unidos, donde la película se estrenó el mes pasado. La misma ha levantado cierta polémica por ilustrar únicamente a los personajes interpretados por el siempre fiable Joel Edgerton y la muy de moda Riley Keough, con el primero blandiendo una escopeta y la segunda abrazando a su hijo. Esta disposición y sus referentes están muy lejos de representar el grueso del drama: el de una familia donde el protagonismo recae antes en el hijo Travis al que da vida Kelvin Harrison Jr. que en sus padres Paul y Sarah, a cargo de Edgerton y Carmen Ejogo respectivamente: los tres habitantes de una casa abandonada y tapiada en medio de un bosque eterno, refugiados ante una amenaza invisible. En realidad el conflicto se materializa cuando aparece un tal Will (Christopher Abbot), que dice estar viviendo con su mujer Kim (Keough) y su hijo a unas cuantas millas de allí, en condiciones similares de privaciones y ocultación, aunque con menor pronóstico de supervivencia, de manera que tras varios rifirrafes el primer patriarca accede a acoger al segundo y a sus dos parientes. Una vez introducidos otros tres individuos en el escenario casi único en el que se desarrolla la trama, esperamos un refuerzo de las tensiones personales, que deberían ir agrietándose cada vez más. Empero el núcleo dramático sigue recayendo en gran medida sobre los hombros del alter ego de Harrison Jr., en tanto que el metraje funciona con una simetría entre él y su abuelo al que no hemos nombrado hasta ahora ya que fallece en el primer acto.

    «El foco está puesto más en la atmósfera y el decorado que en sus habitantes, lo cual es una apuesta arriesgada pero aquí atinada si la asociamos con la deshumanización que define la historia».


    La mentada cubierta del Blu-ray se antoja entonces doblemente engañosa, puesto que apunta además hacia una dinámica más activa y externa, más propia del género de acción, alejada del tono psicológico e interno que caracteriza al filme de Trey Edward Shults… Sin descontar su improcedencia al dar visibilidad a dos actores de tez blanca cuando como decíamos el más relevante es el joven afroamericano, aparte de que Ejogo cuenta con mayor presencia que Keough. Sin ahondar en esta problemática racial que aún acosa a la industria norteamericana, lo que este comentario demuestra es que Shults y su equipo, o al menos los responsables de su marketing, no confían del todo en las posibilidades de esta película, cuando la misma debería venderse casi por si sola habida cuenta de su inclusión en esa tardía evolución del terror a la que nos referíamos. En otras palabras, sorprende por ello la relativa indefinición de Llega de noche, que sobre todo afecta a unos personajes de escasa profundidad y frustrado desarrollo. Ello trata de paliarse inútilmente con contadas escenas de diálogo, como aquella en la que Will y Paul comparten cierta información sobre su pasado profesional; o aquella otra en la que Kim y Travis hablan sobre su afición a las tartas, pretendiendo ambas cubrir el vacío existencial en que coexisten estos personajes con un atisbo de background. Sin embargo el mismo se introduce de modo demasiado esporádico y artificial para surtir el efecto deseado.

    Ahora bien, lo anterior nos adelanta que el foco está puesto más en la atmósfera y el decorado que en sus habitantes, lo cual es una apuesta arriesgada pero aquí atinada si la asociamos con la deshumanización que define la historia. Se recupera así el discurso estético anterior con una fotografía y un montaje trabajados y refinados, aprovechando la primera las sombras y los claroscuros o las composiciones elaboradas por medio de medidos travelings, lo cual se acompaña con el segundo que apuesta por un ritmo lento y contenido, de constante anticipación. Un ejemplo concreto lo encontramos en el plano del ático donde se queda Travis mientras su padre y Will parten en una furgoneta para recoger a la familia de este último, encadenando ambas tomas con picados generales de acercamiento, estableciendo así de paso un paralelismo visual entre el entablado de madera de la casa y las copas de los árboles que la rodean, aunando ambas localizaciones como parte de un mismo microcosmos. De hecho Shults también es corresponsable de la edición, junto a Matthew Hannam, lo cual confirma lo implicado que está este departamento con su dirección pautada y equilibrada. En verdad lo más destacable del filme es esta inmersión que alcanza, contagiando al espectador su efecto de trance expectante, con elementos mínimos y con una alta carga simbólica. A cambio la narración, si bien no despreciable en cuanto a su mensaje postapocalíptico, se va haciendo algo repetitiva, algo natural dada la progresión en paralelo de sus herramientas audiovisuales, aunque casi da la sensación de que aquella se prestaba mejor a un cortometraje, en cuyos límites podría haber sido relatada sin perder apenas poderío. En cualquier caso el metraje resulta especialmente ajustado y es de admirar lo mucho que consigue transmitir desde su sombrío minimalismo. | ★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2017. Presentación: Festival de Overlook 2017. Dirección: Trey Edward Shults. Guion: Trey Edward Shults. Productoras: Animal Kingdom / A24. Fotografía: Drew Daniels. Montaje: Trey Edward Shults & Matthew Hannam. Música: Brian McOmber. Diseño de producción: Karen Murphy. Dirección artística: Naomi Munro. Decorados: Sally Levi. Vestuario: Meghan Kasperlik. Reparto: Joel Edgerton, Christopher Abbot, Carmen Ejogo, Riley Keough, Kelvin Harrison Jr., David Pendleton. Duración: 91 minutos.

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