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    Crítica | Estados Unidos del Amor

    La conquista de la felicidad

    Crítica ★★★★ de Estados Unidos del Amor (Zjednoczone Stany Milosci, Tomasz Wasilewski, Polonia, 2016).

    Bertrand Russell, en su libro La conquista de la felicidad (1930), señala que las principales trabas para alcanzar el bienestar espiritual se encuentran en el interior de uno mismo: desde el aburrimiento, la exaltación o la apatía de aquellos aquejados con lo que denomina «infelicidad byroniana» (o la angustia existencial de los dotados con una inteligencia superior a la media), pasando por la envidia, la avaricia y la competitividad, propias de quienes hacen de su paso por la Tierra una lucha por el reconocimiento colectivo mediante lo que su sociedad considera triunfo (dinero, poder…), y llegando a los sentimientos de culpa, miedo o rechazo que padecen los que no han sido capaces de interesarse por cosas y personas ajenas y distintas a ellos mismos y a sus necesidades. Y si bien para el filósofo británico lo complicado no es tanto llegar a la dicha sino identificar los problemas que nos impiden alcanzarla, en el caso de la última película de Tomasz Wasilewski, Estados Unidos del Amor (2016), donde esa «conquista de la felicidad» vertebra el drama, por el contrario se exponen los obstáculos que dificultan el tortuoso camino hacia aquella sin que se otorgue otra alternativa al dolor que el clásico γνῶθι σεαυτόν («conócete a ti mismo»). Los dos planos generales en el interior de la misma vivienda que abren y cierran la pieza ilustran esta idea, pues entre ambos se establece un claro contraste de opuestos; así, mientras la escena que inicia el metraje recoge una celebración con muchos personajes ante la cámara, la que lo concluye muestra exclusivamente a una persona sola desecha en lágrimas. Este evidente tránsito –en línea con el ensayo citado de Russell– del “nosotros” al “yo”, y por consiguiente de la alegría al dolor, sintetiza el periplo del país en el que se ambienta la intriga (Polonia) desde la euforia por la caída del régimen soviético hasta la decepción ante el capitalismo. No en vano, la obra está ambientada en 1990 y narra las desventuras amorosas de cuatro mujeres muy diferentes que, sin embargo, luchan por alcanzar lo mismo, esto es, una plenitud sentimental que su realidad parece negarles.

    En un alarde de buen gusto e inteligencia, y a pesar de su exigua carrera (cuenta sólo con un corto y tres largos en su haber), Wasilewski plasma dicha anécdota de una forma vigorosa e innovadora. De ahí que no se limite a adoptar el prototípico realismo austero de los dramas de denuncia social, tan en boga en los últimos años en la Europa del Este, sino que construya sobre el mismo un discurso sugerente y simbólico, cargado de alegorías temáticas y visuales. En este sentido, conviene incidir, para empezar, en la brillante fotografía de Oleg Mutu –colaborador habitual de Cristian Mungiu–, cuyos tonos pastel no solo reflejan la grisura imperante en la época, sino que confieren a las imágenes una pátina de irrealidad y desgaste, como si fueran sueños antiguos y truncados o productos de un VHS demasiadas veces reproducido (y no empleo semejante comparación por casualidad, ya que muchos de los principales personajes se evaden viendo películas en ese formato). Asimismo, la concatenación interna del filme, articulada en torno a un montaje alterno y unas tramas paralelas, compone un mosaico de acciones que se comunican unas con otras a través de la repetición, el cambio de focalización del relato y el desorden cronológico, con lo que Estados Unidos del Amor dibuja una estructura espiral asentada sobre la dialéctica entre apariencia e inmanencia; o dicho de otra forma: ninguna de las personas que pueblan la cinta es lo que parece a simple vista. Aquí es inevitable pensar en Vidas cruzadas (1993) de Robert Altman y, sobre todo, en su referente literario, la prosa concisa y casi clínica de Raymond Carver. Todo ello viene apuntalado, en última instancia, por el contenido metafórico que tiene cada uno de los fragmentos de la pieza.


    «Dolorosa y muy amarga, la película deja, empero, un tenue resquicio para la esperanza en aquellos soñadores que se atreven a ir contracorriente y no se dejan fascinar por los cantos de sirena de la codicia o el poder».


    En el primero, Agata (Julia Kijowska), una mujer felizmente casada y madre de una hija encantadora, no puede negar la abrasadora atracción que le despierta su sacerdote (Tomasz Tyndyk), con lo que la religión católica salta a la palestra como uno de los males recuperados con la caída del comunismo, al convertirse en herramienta de desunión y conflicto… incluso dentro de una familia a priori cohesionada y modélica. En cuanto al segundo, expone las rémoras de corrupción y nepotismo del sistema finiquitado, al contarnos la historia de Iza (Magdalena Cielecka), una funcionaria que ha alcanzado un rango de mucho prestigio dentro del escalafón en el que se mueve, pero que lo único que anhela es recuperar el amor de Karol (Andrzej Chyra), hasta el extremo de que, acostumbrada a imponer su voluntad, y cual una nueva Medea, acabará por destruir lo único que juró proteger. Y, por lo que atañe al tercero y al cuarto, son dos intrigas aun más estrechamente relacionadas que las anteriores, al contraponer las vidas de dos vecinas: la de la guapa y extrovertida Marzena (Marta Nieradkiewicz), que a pesar de su aspecto y carácter se siente muy sola desde que su esposo emigró a la RDA para poder enviarle dinero, y la de la Renata (Dorota Kolak), en apariencia una triste y vieja solterona que, en realidad, lleva una existencia recluida para esconder su condición de lesbiana. Los “lujos” con los que cuenta Marzena (parqué, teléfono, tejanos, bebidas de importación, etc.) son fríos y estériles en comparación con la casa de Renata, repleta de plantas y de pájaros de colores. Por ello, el éxito de la primera encarna el superficial encanto del capitalismo, donde los bienes materiales y la fama no suplen el verdadero afecto (no es fortuita la irónica elección de Whitney Houston como ídolo de Marzena). Renata, en cambio, es capaz de emocionarse leyendo un viejo poema de amor y se alimenta de sus ansias románticas con la misma sinceridad y vehemencia que una adolescente. De esta forma, aunque ambas sustentan su cotidianeidad sobre fantasías, las de Renata tiene la lucidez del autoengaño del superviviente, mientras que las de Marzena son la promesa de una Tierra de Abundancia con la que se mantiene en calma a las masas explotadas en el Primer Mundo.

    Cuanto se ha expuesto explica el peculiar título que da nombre al filme; y es que Estados Unidos es la quintaesencia de un sistema económico que, para las antiguas repúblicas de la URSS, iba a significar la libertad individual y la plenitud emocional. Obviamente, nada más lejos de la realidad: religión, autoritarismo y materialismo, y como consecuencia soledad, son las caras de la misma moneda, al tratarse de instrumentos que pretenden sustituir, de manera totalmente ineficaz, lo único que da sentido a la vida de los seres humanos: el amor. O como decía Victor Hugo: “La suprema felicidad en esta vida es la certeza de que somos amados; amados por nosotros mismos. O mejor dicho: amados a pesar de nosotros mismos.” Por eso las cuatro protagonistas buscan esa plétora del corazón en lugares erróneos, y su fracaso se traduce en planos minimalistas y casi abstractos en el caso de Agata e Iza (al lidiar con elementos tan inmateriales como la fe y la culpa) y en encuadres oblicuos o saturados de objetos en el de Marzena y Renata (al enfrentarse ambas a la opinión ajena, una en busca de aprobación, la otra de olvido). En resumidas cuentas, Estados Unidos del Amor es una cinta que no ofrece concesiones al espectador, dada su precisión casi quirúrgica a la hora de desarrollar el tema y la trama recogidos en su sólido guion, escrito por el propio Wasilewski (por cierto premiado en el Festival de Berlín de 2016). Dolorosa y muy amarga, la película deja, empero, un tenue resquicio para la esperanza en aquellos soñadores que se atreven a ir contracorriente y no se dejan fascinar por los cantos de sirena de la codicia o el poder. Porque… ¿qué es el amor sino la locura de creer en la posibilidad de ser feliz? | ★★★★ |


    Elisenda N. Frisach
    © Revista EAM / Barcelona


    Ficha técnica
    Polonia, 2016. 104 minutos. Título original: Zjednoczone stany milosci. Director: Tomasz Wasilewski. Guion: Tomasz Wasilewski. Fotografía: Oleg Mutu. Productores: Agnieszka Drewno, Jonas Kellagher, Piotr Kobus y Simon Perry. Diseño de producción: Aleksandra Wierzba. Edición: Beata Walentowska. Intérpretes: Julia Kijowska, Magdalena Cielecka, Dorota Kolak, Marta Nieradkiewicz, Tomasz Tyndyk, Andrzej Chyra, Lukasz Simlat, Marcin Czarnik, Jedrzej Wielecki, Julia Chetnicka, Malgorzata Majerska, Igor Bejnarowicz, Zuzanna Bernat, Lech Lotocki.

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