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    Crítica | The Love Witch

    Feminismo bizarro

    Crítica ★★★ de The Love Witch (Anna Biller, Estados Unidos, 2016).

    Con tan solo tres cortos y otros tantos largos en su haber, Anna Biller ya ha hecho sobrada demostración de una voz propia, original y muy potente, en la que es capaz de conjugar con pasmosa naturalidad el exceso visual, la referencia cinéfila y el humor políticamente incorrecto con una serie de reflexiones de calado, siempre vinculadas al encaje de la mujer dentro de una sociedad patriarcal como la nuestra. Su última película hasta la fecha, la estimulante The Love Witch (2016), no es una excepción al respecto; por el contrario, y desde el primer plano de la cinta, ostenta su condición de clara reformulación de los filmes sexploitation de los años 70, dado su desquiciado argumento, repleto de violencia y sexo, y sazonado, además, con toques fantásticos, así como su factura vintage, fácil de detectar en el decorado y el vestuario (ambos a cargo de la propia Biller), pero patente, sobre todo, en la espectacular fotografía de M. David Mullen, que imita sin disimulo alguno el cromatismo desaforado del Tecnicolor. Si a ello le sumamos unas interpretaciones afectadas, que van desde el hieratismo a la sobreactuación, y una realización convencional, o mejor dicho, “formularia” por lo que atañe a la elección de los planos y los encuadres, estamos ante una creación buscadamente kitsch, aparentemente banal y totalmente anacrónica. Dicho lo cual, The Love Witch sería solo un habilidoso y divertido ejercicio de estilo de nostalgia friki si se limitara a contar las bizarras peripecias de Elaine (Samantha Robinson), una joven despechada que ha aprendido artes mágicas y que está decidida a encontrar a su Príncipe Azul empleando cualquier arma que posea a su alcance, sin importarle qué –o quién– pueda verse afectado por sus artimañas. Sin embargo, la pieza va mucho más allá y, como en la filmografía de John Waters o Quentin Tarantino, el exceso y el homenaje no responden a un exhibicionismo huero de su autora, sino que los emplea con una clara intencionalidad temática, en una especie de reformulación irónica de lo apuntado por Virginia Woolf en Orlando (1928): “Mientras sea en un hombre, a nadie le importa que una mujer piense.” Porque, precisamente, la protagonista se labra su propio destino trágico al dedicar todo su tiempo –y sus dotes como bruja– a pensar en los hombres. Biller no deja títere con cabeza de cara a reflejar un contexto sociocultural en el que, a la obsesión por el matrimonio de ellas, se le opone el horror acerca del mismo de ellos, construyendo una fábula moral, que no moralista, sobre la viciada compartimentación de los sexos: o la falacia de unos atributos supuestamente “femeninos” y “masculinos”.

    Para entender adecuadamente The Love Witch, por consiguiente, no deberíamos olvidarnos de que la denominada “Serie B”, además de las ingentes cantidades de celuloide de consumo que produjo, dio también pábulo a ideas e historias imposibles de desarrollar en el ámbito de los grandes estudios (dada la mayor laxitud del código Hays en esta área), con lo que abrió las puertas a la carrera de personas que, por motivos del todo ajenos a su talento, tenían implícitamente vetado el acceso a Hollywood. Como caso paradigmático para la discriminación que ahora nos interesa, citaremos a Ida Lupino, cuya notable carrera de directora se desarrolló en el terreno tanto de estas producciones de bajo presupuesto –concebidas para la proyección en los programas dobles– como de la televisión; o dicho de otra forma, en lo que el establishment de la época consideraba un audiovisual de “segunda categoría”. Que Biller escoja explícitamente la estética de las cintas grindhouse setenteras responde a su voluntad de reivindicar lo que de contracultural y antisistema atesoraban en su interior muchas de esas obras, pero a la vez pretende alinearse junto a ellas, esto es, hacer hincapié en que, a día de hoy, y por mucho que pueda parecer lo contrario, los temas de los que trata The Love Witch siguen siendo escandalosos para el tradicionalismo masculino y WASP impuesto por las altas esferas de Estados Unidos. No en vano, y además de mofarse de la supuesta superioridad del hombre sobre la mujer –la mayoría de personajes masculinos rozan lo ridículo–, también se habla del paganismo y los cultos esotéricos como religiones más antiguas y más acordes con el orden natural que el cristianismo. En cualquier caso, si algo hay que destacar de la propuesta es que, bajo el barroquismo de su puesta en escena y de su trama disparatada, esconde incisivas cargas de profundidad contra el statu quo, del que son igualmente víctimas los hombres y las mujeres. De ahí, por ejemplo, que dos de los amantes de Elaine mueran por ser incapaces de procesar la profundidad de sus emociones (sic), pero también que la heroína busque erróneamente la felicidad en una quimera: en el amor de un hombre perfecto. A la postre, The Love Witch termina por ser un ataque frontal contra el mito del Príncipe Azul, puesto que la protagonista lo tiene todo a favor para llevar una vida plena, ya que posee poderes como bruja, dibuja y pinta muy bien, se gana la vida con un trabajo artesanal en casa, está rodeada de amigas afectuosas y es joven, inteligente y bella; no obstante ello, vive insatisfecha por culpa de haber sido rechazada por su primer amor, Jerry (Stephen Wozniak). Su visión de las relaciones de pareja, por tanto, es la contraria a la de Trish (Laura Waddell), que defiende la necesidad de ser amada por ser quien es, sin artificios estéticos ni servilismo a los deseos masculinos. De esta forma, el único crimen que en puridad comete Elaine a lo largo de la narración no es –por citar dos de sus peores fechorías– envenenar a su exmarido o drogar a un desconocido con una dosis tan alta que le causa un infarto, sino anteponer sus fantasías pueriles sobre el hombre perfecto a la confianza de una amiga. Ello explica que una película en apariencia tan cómica como The Love Witch vaya cargándose de notas amargas y críticas conforme avanza el relato y cuente con un final muy desolado, en el que, como la Blanche DuBois de Un tranvía llamado deseo, Elaine opte por una fuga absoluta cuando la realidad derrumbe sus delirios románticos.

    «La omnipresencia de la realizadora prueba la condición autoral del filme, que emplea conscientemente ese acervo del terror de bajo presupuesto (en el que también conviene citar a Roger Corman y a las producciones de la Hammer) para trastocarlo con una visión metamodernista con el objetivo de sacudir los prejuicios machistas que todos –y todas– seguimos cargando sobre nuestros hombros».


    En resumidas cuentas, The Love Witch es, en un primer nivel discursivo, un magnífico espectáculo visual, merced no solamente a la impresionante puesta en escena, sino también a la evocadora música que la acompaña, integrada en parte por temas extraídos de las bandas sonoras que Ennio Morricone compuso en los años 60 para el género del giallo. La pieza principal, incluso, es obra de la propia Biller, quien, entroncando plenamente con esos creadores que debían desdoblarse –y aun quintuplicarse– para poder sacar adelante su proyecto con el reducido tiempo y dinero del que disponían, no solo dirige, escribe y diseña, sino que también es responsable del montaje, especialmente vistoso en su delectación por los planos detalle. En un segundo nivel discursivo, la omnipresencia de la realizadora prueba la condición autoral del filme, que emplea conscientemente ese acervo del terror de bajo presupuesto (en el que también conviene citar a Roger Corman y a las producciones de la Hammer) para trastocarlo con una visión metamodernista con el objetivo de sacudir los prejuicios machistas que todos –y todas– seguimos cargando sobre nuestros hombros. En esta línea, no es casualidad que algunas de las secundarias erijan auténticas diatribas contra el patriarcado o que el elemento mágico de la intriga se vincule a la brujería, única parcela de actuación libre de la mujer cuando esta no podía aspirar más que a las famosas “tres ces” (casamiento, convento, cárcel), y encima asociada a la adoración por parte de las comunidades primitivas del cuerpo femenino en tanto creador de vida y, por tanto, reflejo de la madre naturaleza. En realidad, y como esta, Elaine se comporta a lo largo del metraje de una forma aleatoria y caprichosa, a menudo insensible cuando no cruel, pero siempre egoísta. Y es que, por desgracia, su nada encomiable comportamiento es casi inevitable si tenemos en cuenta que, parafraseando a Simone de Beauvoir, sus alas han sido cortadas y, en consecuencia, no se la puede culpar por no saber volar. | ★★★ |


    Elisenda N. Frisach
    © Revista EAM / Barcelona


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2016. 120 minutos. Título original: The Love Witch. Director: Anna Biller. Guion: Anna Biller. Fotografía: M. David Mullen. Música: Anna Biller. Productora: Anna Biller Productions. Productores: Anna Biller, Mike Crawford y Jared Sanford. Diseño de producción: Anna Biller. Dirección artística: Anna Biller. Edición: Anna Biller. Decorados: Anna Biller. Vestuario: Anna Biller. Intérpretes: Samantha Robinson, Gian Keys, Laura Waddell, Jeffrey Vincent Parise, Jared Sanford, Robert Seeley, Jennifer Ingrum, Randy Evans, Clive Ashborn, Lily Holleman, Jennifer Couch, Stephen Wozniak, April Showers, Elle Evans, Fair Micaela Griffin, Dani Lennon, Gina Venditti, Frank Farmer, Kyle Derek.


    En cuerpo y alma

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