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    Crítica | Jackie

    Jackie

    Her

    crítica ★★★★ de Jackie (Pablo Larraín, Estados Unidos, 2016).

    Resulta difícil imaginar el sufrimiento por el que tiene que atravesar una mujer que acaba de enviudar prematuramente. El desconsuelo, el período de aceptación, el figurarse y reconstruir una vida completamente diferente a la que había supuesto… todo cambia para una persona a raíz del fallecimiento de su pareja. Ahora bien, supongamos que una de las competencias más importantes de nuestro trabajo tenga que llevarse a cabo bajo esta hipotética y fatídica situación, en el preciso momento en el que se produce esa muerte, sin demora y como medida de contingencia a la funesta eventualidad. Pues eso es precisamente en lo que consiste ser primera dama de los Estados Unidos. Jacqueline Kennedy se convirtió en el ejemplo palmario de eficiencia laboral, al responder con inusitada rapidez a la asimilación de la tragedia, anteponiendo las necesidades imperantes de su cargo a su estado anímico y exhibiendo una asombrosa entereza al asumir de manera mecánica que, desde la muerte de su marido, su papel en la sociedad no corresponde al de viuda desconsolada del mismo, sino al de representante en funciones de una nación y sustituta provisional del propio presidente del gobierno, John Fitzgerald Kennedy. Se produce una completa vulneración de la privacidad íntima de su vida, por la urgencia de sus compromisos gubernamentales en ese breve, pero crucial, período de traspaso de los poderes ejecutivos. Algo que quedó inmortalizado en la icónica y demoledora imagen de Lyndon B. Johnson prestando juramento en el “Air Force One” junto a Jackie, con su rostro y su vestido todavía cubiertos de sangre, instantes después de que se produjera el magnicidio. Porque aquí entra en juego otro término de vital relevancia; no es que la mujer se hubiera enterado de la defunción de su marido a través de un consejero, o hubiera vivido junto a él sus últimos segundos de agonía en la cama de un hospital; Jacqueline, en la fugacidad de un pestañeo, vio el cuerpo exangüe de su esposo yacer sobre su regazo a consecuencia de un disparo en el lóbulo parietal, y sintió cómo la sangre de su abierto cráneo le resbalaba por el rostro mientras casi podía sentir cómo se apagaban los nervios motrices del, ya difunto presidente, a través de los trozos de cerebro que se adhirieron a su piel; desde luego, no parece una experiencia de la que uno se reponga tan fácilmente.

    La última película de Pablo Larraín no evita la sordidez, sino que la utiliza como uno de los principales pilares para la construcción de su trama. Su gran importancia radica, pese a exponer un hecho repetido y de sobra conocido en todas las variedades de teorías de la conspiración y mentiras ignominiosas que quisieron hacernos creer, en la misma perspectiva, la de la protagonista, que como bien podemos deducir por el propio título del filme no es otra que, Jackie. En estos tiempos en los que las voces de mujer van, por fin, cobrando identidad, y su visión de la sociedad patriarcalizada ha de ser escuchada con más atención que nunca, es imperante que vuelvan a la memoria celebridades tan asombrosas como Jacqueline Kennedy, cuya profesionalidad quedó ejemplificada por encima de cualquier visión estereotipada que podamos tener de otras figuras públicas, famosas principalmente por ser “esposas de…”. Esto se consiguió con la asombrosa reacción previamente comentada sobre un trabajo que, además, le fue impuesto por rendirse a la imprevisibilidad del amor: “Nunca quise fama. Yo sólo me convertí en parte de los Kennedy”. Lo más significativo de este estudio biográfico estriba en que no pretende personificar al icono de la moda que inspiró a una generación entera de diseñadores —como por otra parte se puede ver en una escena secundaria, en la que miles de maniquíes con el clásico vestido de corte Chanel, popularizado por la protagonista, son llevados a los escaparates—, sino a la trabajadora que supo ejercer su puesto político y su compromiso con los Estados Unidos con una solvencia que ningún hombre podría haber igualado.

    Jackie

    «Esta idiosincrática polisemia es gradualmente digerible gracias a una estructura narrativa muy bien fundamentada».


    Uno de los grandes aciertos de la cinta consiste en que Larraín no comete el error de parcializar la narración, yerro común en muchos otros biopics en los que el sujeto representado quedó condenado a la fragmentación de su obra —léase el caso extremo de Edgar Allan Poe y su inmediata asociación al relato gótico, cuando lo cierto es que el prolífico escritor cuenta con un repertorio muy variado en el que se incluyen temas románticos y aventureros—. Jackie no es, por lo tanto, una víctima de su propio retrato, sino que su memoria continúa reflejando una idea de emancipación y profesionalidad, sin que por ello se hayan dejado de señalar muchas otras vertientes de su carácter más personal, como la apreciación por lo estético, su preocupación histórica, su naturalidad, su fuerte temperamento, o su romanticismo. Esta idiosincrática polisemia es gradualmente digerible gracias a una estructura narrativa muy bien fundamentada que comienza en Massachusetts, una semana después del atentado perpetrado el 22 de noviembre de 1963. Siete días fueron suficientes para que la mujer reuniera la fortaleza suficiente e invitara a su casa al periodista de la revista LIFE Theodore H. White (identidad no visible en los créditos), con el fin de hablar acerca de sus emociones y del suceso que atestiguo en primera persona. A partir de esta entrevista irá edificándose la totalidad de la trama, recurriendo a un flashback en el que se conmemora el documental que la protagonista realizó para un canal de televisión, el 14 de febrero de 1962, titulado: A Tour of The White House. Desde ese flashback, la película avanzará nuevamente en el tiempo, estableciendo un racconto que narra los instantes anteriores al magnicidio y terminará, prácticamente, en el punto de partida del filme, decretando así tres líneas temporales diferentes, fragmentadas y de aparición aleatoria.

    Jackie

    «Un episodio compuesto para ensalzar a una mujer capaz de dejar en segundo plano a la persona más importante del mundo, interpretada por una magnífica Natalie Portman en un papel lleno de sobriedad y contención que nos aleja del típico histrionismo histérico presumible de un estado de ánimo tan perturbado por la tragedia».


    El desarrollo argumental apreciativo estará condicionado por una incipiente música misteriosa cuya función principal reside en enrarecer la atmósfera, llena de confusión e incertidumbre por la vaguedad de un acontecimiento que nunca ha sido oficialmente explicado [1], “—la bala, no podía ser del calibre 38, parecía más grande”, mencionó la ex primera dama todavía conmocionada por lo ocurrido. Estados Unidos seguía sufriendo las catastróficas consecuencias de la maldición Tecumsé y, para colmo, las teorías conspiratorias se multiplicaron en los sucesivos años por el posterior asesinato en 1968 de Robert Kennedy, hermano de JFK, y de Martin Luther King Jr., una de las figuras mediáticas más relevantes de la época que, casualmente, era afín a la ideología demócrata de la estirpe Kennedy. En esta línea político-popular es donde se refleja uno de los principales fallos del guion, pues subjetiviza el texto al continuar con la tradicional tendencia de deificar a Lincoln, con un retrato hagiográfico del supuesto liberador de la raza negra oprimida y esclavizada [2], y representa con escepticismo a Johnson, quien no gozaba de mucha popularidad por lo abrupto de su elección. No obstante, y tratando de excusar esta “forzosa” condescendencia del filme con el país del que depende la distribución de los premios cinematográficos más importantes del mundo, Larraín acierta a rarificar el avance narrativo con trucos de edición que permiten vislumbrar la discrepancia entre el lóbrego relato planteado, el fuerte ambiente de incertidumbre a consecuencia de toda esa confabulación silenciosa llevada a cabo durante la Guerra Fría, y la sorprendente distensión con la que el periodista decidió abordar el interrogatorio a una mujer cuyas primeras palabras alegaron consternación por la avalancha de críticas incoherentes que su marido había recibido tras el fallecimiento. Para terminar de redondear ese entramado interatmosférico, el realizador, hacia el tercer cuarto de metraje, comienza a dar protagonismo a la explicación de esa alegórica visión que se tenía del período presidencial de Kennedy con el reino de Camelot, incurriendo así en el folclore mitológico y la narración metafórico-fantasiosa con la que la película cierra un desenlace idóneo que no permite que el espectador se distraiga, con un excesivo epílogo, de lo verdaderamente importante en este preciso capítulo. Un episodio compuesto para ensalzar a una mujer capaz de dejar en segundo plano a la persona más importante del mundo, interpretada por una magnífica Natalie Portman en un papel lleno de sobriedad y contención que nos aleja del típico histrionismo histérico presumible de un estado de ánimo tan perturbado por la tragedia. La sombra de Jackie es alargada o, al menos, lo fue hasta que la derribaron de un disparo. | ★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Dublín



    [1] En 2007, Howard Hunt, oficial y espía de la CIA, confesó en su lecho mortuorio que el asesinato presidencial fue idea del predecesor de Kennedy, Johnson, quien utilizaría a un equipo de agentes del servicio de inteligencia para planificar y perpetrar el asesinato. Siendo el autor del disparo definitivo el asesino Lucien Sartí. Por supuesto, la absurda teoría incriminatoria de Lee Harvey Oswald ya había perdido toda credibilidad mucho antes de que se descubrieran estos datos, por otra parte, nunca reconocidos oficialmente.
    [2] Efectivamente, Lincoln firmo la Proclamación de Emancipación, pero el principal motivo de que hiciera esto no fue la preocupación por los derechos de los afroamericanos, sino conseguir que éstos pudieran combatir en el ejército norteño para ganar la Guerra Civil. El mismo presidente reconoció en un comunicado (casi apócrifo) que “Mi objetivo primordial en esta lucha es salvar la Unión, y no es ni salvar ni destruir la esclavitud. Si pudiera salvar la Unión sin liberar a ningún esclavo, lo haría”.

    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2016. Título original: Jackie. Director: Pablo Larraín. Guion: Noah Oppenheim. Duración: 95 minutos. Fotografía: Stéphane Fontaine. Música: Mica Levi. Productora: Coproducción USA-Chile; LD Entertainment / Fabula / Protozoa Pictures. Edición: Sebastián Sepúlveda. Diseño de vestuario: Madeline Fontaine. Diseño de producción: Jean Rabasse. Intérpretes: Natalie Portman, Peter Sarsgaard, Billy Crudup, John Hurt, Greta Gerwig, John Carroll Lynch, Richard E. Grant, Max Casella, Beth Grant, Caspar Phillipson, Julie Judd, Sara Verhagen, Sunnie Pelant, Hélène Kuhn, Deborah Findlay, Corey Johnson. Presentación oficial: Festival de cine de Venecia, 2016. PÓSTER.

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