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    Crítica | Fuego en el mar

    Fuocoammare

    El pescador en el acantilado

    crítica ★★★★ de Fuego en el mar (Fuocoammare, Gianfranco Rosi, Italia, 2016).

    ¿Es posible hablar de un concepto semejante a la exhibición de la realidad dentro de la narrativa cinematográfica? Si un árbol cae en medio de un bosque deshabitado, ¿produce algún sonido? Este breve experimento filosófico bien puede servir para acercarse con dosis iguales de curiosidad y criterio al cine documental actual. Si bien en algunos de los más exitosos ejemplos de los últimos diez años —véanse Man on wire (James Marsh, 2008), Searching for sugar man (Malik Bendjellou, 2012) o Amy (Asif Kapadia, 2015)— la intención de sus respectivos autores ha sido la de construir un aparato narrativo con un pie en el periodismo de investigación y otro en el thriller, existen ciertos trabajos cinematográficos que han optado por un camino diametralmente opuesto: la proyección de los hechos. En el primer caso, el espectador se deja arrastrar por la curiosidad detectivesca y, todo hay que decirlo, cierto morbo inconfesable ante las fotos de archivo y las anécdotas inconfesables, las derrotas vitales obra de la mala suerte o el deseo autodestructivo. En la butaca, el espectador se torna cómplice de las indiscreciones a las que asiste. Sin embargo, en el segundo caso, la posición de este se acerca más bien a la del testigo. Y esta observación se ejecuta, o al menos esta es la premisa diferenciadora, sin una intencionalidad explícita por parte de la mano detrás de la cámara. Ambos resultados son producto de un mismo proceso: la investigación metódica.

    El director Gianfranco Rosi (Asmara, 1964), respetado por la crítica europea gracias especialmente a su muy interesante Sacro Gra (2013), se adentra en la actualidad más rabiosa, en aquellos acontecimientos que han generado en la opinión pública una tolerancia pasmosa ante el constante encuentro con el horror y la desesperación diseminados a diario. ¿Qué función tiene entonces un enfoque documental en este caso? Nuestro compañero de redacción Víctor Blanes y un servidor atestiguaban, durante la proyección de Fuocoammare en la pasada Berlinale, la encendida reacción de un periodista anónimo, gritando a vivo pulmón “¡pornografía!”. ¿Qué es lo que causó semejante exabrupto? Este filme, cuyo título procede de la canción popular homónima y, sobre todo, de una diminuta anécdota con un poderío digno de la épica clásica —de la que hablaremos más adelante—, es fruto de más de un año de rigurosa observación. Lampedusa, más allá de la remembranza al autor de una de las novelas más brillantes del siglo XX italiano, ostenta en la actualidad un infausto reconocimiento en los medios de comunicación alrededor del globo: esta diminuta isla se ha convertido en embarcadero de una tragedia humana sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. Cada día, en un flujo constante, llegan a sus costas en navíos miserables cientos de mujeres y hombres de todas las edades, huyendo de la violencia; situación de semejante magnitud que ha modificado la geopolítica de la zona. Este enclave, el cual Rosi se ha propuesto documentar, funciona como muestra de un conflicto enormemente complejo. Estamos ante la confrontación con una guerra actual; por lo tanto, cualquier artificio estilístico resulta innecesario. El primer plano, precedido por una breve exposición de datos estadísticos, presenta a un niño a las puertas de la adolescencia jugando frente a la costa escarpada. No hay espacio aquí para la música ni, mucho menos, la voz en off. La estampa costumbrista se resquebraja a consecuencia de lo que parece a priori un macabro juego de sarcasmo: la toma nocturna de un barco de salvamento de la Armada Italiana, acompañada de la angustiosa conversación telefónica entre el oficial de mando y el capitán de un bote de refugiados al borde del naufragio. ¿Pornografía? Nada más lejos de la realidad.

    Fuocoammare

    «En un entorno enrarecido por la sucesión de cifras e imágenes explícitas de un conflicto que se intuye ajeno, la reivindicación del día a día a este lado del océano confirma lo necesaria que resulta esta película. Aquí se exhibe la realidad con una franqueza quirúrgica. Y nosotros, observadores, estamos presentes».


    En una exhibición de planos consecutivos, se configura una suerte de película bicéfala. Por una parte, la sobria y efectiva cámara del director —distanciándose de las intenciones estéticas de, verbigracia, Martín Solá en La familia chechena (2015)— construye un pequeño tratado sociológico de la isla a través de sus habitantes. Los días cotidianos de las familias de pescadores parecen transcurrir en una especie de apacible burbuja, inmunes ante la espantosa crisis global en sus propias playas. La tía María llama a la estación local de radio y dedica a su hijo la canción Fuocoammare, con sinceros deseos de que la tormenta amaine pronto y le permita proseguir con el trabajo. Sin embargo, la otra manifestación de esta realidad se halla en la llegada masiva de sujetos indocumentados, deshidratados y gravemente heridos por quemaduras químicas de diésel, a los que las autoridades asignan un número en sustitución de la identidad fracturada. Y sin embargo, en el fondo de una experiencia tan sobrecogedora, se entona un himno de victoria. “El mar no es un camino”, grita exultante uno de los supervivientes, recluido ahora en un patibulario centro de internamiento provisional. El mar parece alzarse como un dios de la imprevisibilidad, que todo lo da o todo lo quita. Estas dos realidades paralelas se tocan en algunos momentos muy concretos, cada uno de los cuales brilla con una belleza difícil de explicar. Este acercamiento, mediante distintos recursos narrativos, se produce en ocasiones de manera implícita, a través de la parábola que la anciana cuenta a su nieto —en los años oscuros de la guerra, el abuelo salía a pescar solamente de día. Temía a la noche, porque al caer el sol, los misiles de los barcos de guerra encendían en llamas el paisaje; parecía que había fuego en el mar—, o bien explícitamente, en el desgarrador plano de la sala de ecografías, donde el médico intenta comunicarse con su paciente, a ratos en inglés, a ratos en italiano, para explicarle que, a pesar del tremendo trauma sufrido, su embarazo continúa saludable. Es aquí, en este puñado de sencillos ejemplos, donde se manifiesta la importancia metacinematográfica de esta obra, merecedora del Oso de Oro en el festival alemán. En un entorno enrarecido por la sucesión de cifras e imágenes explícitas de un conflicto que se intuye ajeno, la reivindicación del día a día a este lado del océano confirma lo necesaria que resulta esta película. Aquí se exhibe la realidad con una franqueza quirúrgica. Y nosotros, observadores, estamos presentes. | ★★★★ |


    Luis Enrique Forero Varela
    © Revista EAM / 66ª Berlinale


    Ficha técnica
    Francia, Italia. 2016. Título original: Fuocoammare. Director: Gianfranco Rosi. Guion: Gianfranco Rosi, Carla Cattani. Fotografía: Gianfranco Rosi. Sonido: Stefano Grosso, Vladan Nedeljkov, Giancarlo Rutigliano. Duración: 114 minutos. Productora: Sternal Entertainment / 21 Unofilm / Cinecittà Luce / Rai Cinema / Arte France Cinéma. Montaje: Jacopo Quadri. Efectos visuales: Luca Bellano. Intérpretes (como ellos mismos): Samuele Pucillo, Maria Costa, Pietro Bartolo, Giuseppe Fragapane, Maria Signorello, Samuele Caruana, Francesco Mannino, Francesco Paterna, Mattias Cucina. Presentación Oficial: Berlin International Film Festival, 2016. PÓSTER OFICIAL.


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