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    «Good Time», de los hermanos Safdie.

    Down by Earth.
    «Song to Song», de Terrence Malick.

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    «A Ghost Story», de David Lowery.

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    «Dunkerque», de Christopher Nolan.

    Sensualidad praxiteliana.
    «Call me by your name», de Luca Guadagnino (Próximamente).

    Misterios del Quijote

    Misterios del Quijote

    Intérprete: El Brujo / Dirección: Rafael Álvarez / Música: Javier Alejano / Diseño de iluminación: Miguel Ángel Camacho.

    Levantose el telón, o descorriose en este caso, para revelar el rostro desencajado de un viejo al que, por histrión, poco crédito le damos, al menos de un vistazo, ya fuera vestido de chaqueta o en paños menores. Mas no hay armaduras que revistan su triste figura, ni adargas que protejan su torpe avance, ni hay amenazantes molinos que amedrenten su ánimo. Este nuevo quijote aparece en una escena deconstruida por la vanguardia posmoderna; una mesa y dos libros componen el decorado, ropa ancha perrofláutica el vestuario. Y comienza de esa guisa un prólogo que se extenderá hasta el epílogo, hablando de una rosa, blanco símbolo metafórico de la propia obra, Misterios del Quijote, que una irónica admiradora ha dejado en su camerino. La rosa, dice, como la obra, carece de porqué. ¿Por qué? Pues por la vanguardia, por la maldita metaficción que condenó a Alonso Quijano, o a Rafael Álvarez, a saberse el producto de la imaginación de otro nombre, a estar compuesto por tinta sobre papel y teniendo su futuro, del que hasta ese momento se creyó dueño y señor, condicionado por el ánimo de su creador. La detestable vanguardia que sentenció a Las Meninas de Velázquez a los rostros triangulares de Picasso. ¿Cómo puedo yo cambiar la historia, si yo soy la historia, si estoy dentro de la historia? El Quijote, como El Brujo, comprendió que la vida del caballero andante, o la del actor de teatro, dos empresas obsoletas en cualquier caso, carecía de albedrío o potestad. Por eso Cervantes se disculpa, en el capítulo ocho, con su criatura; por eso Álvarez se conmueve, entre escenas, al sentir el cómico sufrimiento de la suya. En su interpretación, errática, trágica por momentos, reiterativa en sus excesos, El Brujo se adentra en la locura, se deja arrastrar por la insensatez de su demencia y tropieza con las patas del único objeto que decora el escenario. Pero no cae, sino que se balancea y con una pirueta se incorpora haciendo alarde de una renovada agilidad. La percusión comienza, la luz se atenúa y se arranca al cante jondo mientras, con extractos de la narración cervantina y otros de las adaptaciones de taberna, compone un resumen del Quijote en esta España desgobernada. Nada tiene sentido pues, aun con tamaña destreza, el actor ha caído en la locura, se ha quedado en medio de la lóbrega escena, con la única compañía de una luz anunciadora, recitando a Umberto Eco y seseando impertinencias sobre el idealismo exacerbado y el realismo despiadado. El actor, por lo tanto, se ha convertido en el personaje, consiguiendo que lo irracional se vuelva lógico y cerrando un deleite cómico en un solo acto, entrelazado con el prólogo-epílogo, en el que un único seguro, tácito e innegable, es el respeto y la admiración de un artista por Don Miguel de Cervantes Saavedra.
    El fulgor efímero

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