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    Festival de Sitges 2016 (III) | Críticas: The eyes of my mother, Safe Neighborhood, Seoul Station + Train to Busan

    Safe Neighborhood

    Como en casa, en ningún sitio

    Crónica número III de la 49ª edición del Festival de Sitges.

    Y al tercer día, la esencia primigenia del Festival de Sitges resucitó de entre los muertos trayéndonos cuatro propuestas de género que darán que hablar entre los apasionados del cine de terror. A primera hora de la mañana, Safe Neighborhood nos arrancaba de la cama para invitarnos a una noche de viernes donde una niñera, a un paso de la universidad, y un niño, a otro de la pubertad, viven lo que comienza siendo un Solo en casa y termina por ser una gamberra y mordaz crítica al peligro que late en el interior de cada casa norteamericana. Tras ella llegarían Nicolas Pesce y sus 26 años con un pequeño cuento que hace del terror un arte pausado y elegante y la promesa de ser un referente en el futuro. Por último, el coreano Yeon Sang-ho se confirmaba como uno de los nombres propios (e históricos) del certamen gracias a su díptico de animación e imagen real conformado por Seoul Station y Train to Busan, demostrando que lejos del drama se puede tener verdadero compromiso con la situación político-social de un país.

    Safe Neighborhood (Chris Peckover, Estados Unidos / Australia) [S.O Fantàstic Sitges]

    Es Navidad en un clásico barrio residencial. Hay muñecos de nieve, niños haciendo guerras de bolas, luces de colores y coros. El tono es idílico, parsimonioso y casi naíf; una Navidad clásica. Entonces, conocemos a Ashley, la típica chica preuniversitaria popular que ejerce de niñera para ganarse un dinero extra. También aparece el sugerente coche negro que parece seguir a la joven a la distancia necesaria para no levantar sospechas. Esa noche, Ashley se hará cargo del hijo de los Lerner, Luke, un niño mimado, extravagante, pero con una inteligencia singular, al que lleva cuidando desde hace unos años siempre que sus padres salen. La noche empieza con la misma fórmula que caracteriza al cine de terror: peli, pizza, Ashley discutiendo con su novio y Luke trazando sus propios planes románticos para las horas venideras. Pero algo desconocido ahí fuera rompe con la segura calma que siempre había reinado en el barrio, y las cosas empiezan a ponerse feas: ventanas que se rompen, puertas abiertas, cortes en la línea telefónica y la amenaza real que aguarda extramuros. Al pensamiento del espectador acuden rápidamente ecos referenciales de Solo en casa (Chris Columbus, 1990) y Scream (Wes Craven, 1996), ambos iconos generacionales de los noventa. Pero, finalmente se descubre la farsa: todo formaba parte del ingenioso plan que había orquestado Luke para conquistar a Ashley. Sin embargo y sin piedad, en Safe Neighborhood, el cuchillo del slasher de Craven raja el manto de comicidad inofensiva que cubría los hombros de Macaulay Culkin dejando al desnudo el verdadero peligro que siempre había estado dentro de la casa sin alarma alguna: Luke. Alcanzado este punto, el filme adopta un tono más macarra mientras se descontrola con un efecto de bola de nieve en una carrera hacia el abismo de consecuencias fatales. Todo ello resulta una mordaz crítica al falso estado de seguridad estadounidense, aquel que comienza desde el primero de los núcleos: el familiar. Chris Peckover demuestra mano firme evitando que la mentada bola de nieve, cada vez más grande, salga del fino carril entre el terror y la comedia; dos géneros cuyos tiempos y tonos demuestra controlar. Mención también merece su joven protagonista, el actor australiano Levi Miller, que logra alcanzar el equilibrio de pequeño dictador, niño de mamá e impredecible psicópata. Safe Neighborhood se revela como un sorprendente producto que compite en calidad y entretenimiento con los clásicos noventeros a los que hace constante mención. No se le puede pedir más. (60 de 100)

    The Eyes of My Mother

    The Eyes of My Mother (Nicolas Pesce, Estados Unidos) [Noves Visions - One]

    Nicolas Pesce, joven graduado de la prestigiosa Tisch School of the Arts de Nueva York, ha cumplido el sueño de casi cualquier aspirante a director de terror: firmar con sello propio y elegancia una «bella» pesadilla. Aclamada por la crítica y público en el Festival de Sundance, hasta el punto de ser considerada una posible cinta de culto, The Eyes of My Mother narra la tragedia vital de Francisca, una niña que vive con su padre y madre, una cirujana portuguesa, en una apacible granja, escenario principal de la obra. Un buen día todo cambia y la llegada de un extraño la privará de su figura materna y empujará a un remolino de donde convergen los traumas, la soledad y la fascinación por la muerte. En la obra de Pesce todo encaja con tal armonía que se diseccionaría limpiamente con sólo mirarla, como si las enseñanzas de la madre de Francisca traspasasen la pantalla. Su corta duración (77 minutos) ejerce como contrapunto de unos fluidos planos largos de gran potencia visual. The Eyes of My Mother es una pesadilla, como decíamos, no sólo por lo que cuenta, sino por cómo lo hace. La excepcional fotografía en blanco y negro que firma Zach Kuperstein está dotada de la suavidad atemporal de los sueños, filtrando la esencia de la violencia y limpiando su suciedad. También su lógica bebe del onirismo; todo sucede como en un pequeño cuento escuetamente capitulado, tan letal y terrorífico como inocente, donde los crueles eventos que se van dando son asumidos con aparente normalidad, rozando casi la indiferencia, por Francisca y los espectadores. En su estructura y tono nada choca, ni siquiera su sonido, prácticamente suspendido, que se viste de tal forma que nos llega a nuestros oídos como si estuviésemos aletargados. El silencio dialoga con los rezos de Francisca a su madre ausente, convertida en deidad personal. El inglés y el portugués se entretejen en susurros. Pero el hechizo lanzado por Pesce se rompería sin actuaciones a la altura. En The Eyes of My Mother no gobierna Morfeo, aquí reinan Olivia Bond y Kika Magalhaes dando vida (en dos etapas vitales) a Francisca y dotándola con su actuación no verbal de una complejidad indescriptible, donde las palabras estorban. Su cara imperturbable y la suavidad de sus movimientos, delicados y metódicos, son la superficie de agua clara y calmada tras las que se esconde un maelstrom de soledad necesitada de dar y recibir afecto; una ira letal con la que necesita cuidar a sus víctimas como pacientes o viejos amigos, con un calor maternal. Francisca nunca siente culpa ni remordimiento, no los entiende. Una naturaleza comprometida arraigada en el trauma de la pérdida del ser más querido; el único sentimiento que, en su ambivalencia, nos hace querer dormir para así escapar dela realidad, al mismo tiempo que nos quita el sueño. (70 de 100)

    Train to Busan

    Seoul Station + Train to Busan (Yeon Sang-ho, Corea del Sur) [S. O. Fantàstic Sitges]

    La relación entre la obra del cineasta surcoreano Yeon Sang-ho y el Festival de Sitges parece encaminada a un idilio eterno. Tras dos largometrajes de animación aclamados en ediciones anteriores, The King of Pigs (2011) y The Fake (2013 —mejor película de animación—), Sang-ho retorna la competición de Sitges por partida doble un lustro después de su primera vez. Hablamos, pues, de un histórico del evento catalán. Y no es para menos, puesto que sus dos nuevas obras suponen su cumbre y punto de inflexión como cineasta. Seoul Station, película de animación, y Train to Busan, de imagen real, conforman un díptico de terror zombie y rotundo compromiso político social que no solo le convierte en un cineasta único, sino que nos obliga a analizar estas dos obras de manera conjunta para llegar a una comprensión acertada de la gran metáfora que componen ambas. Seoul Station es una cinta tan oscura como histriónica en la que los personajes humanos están caracterizados de tal forma, estáticos y en movimiento, que casi parecen más zombies que los propios no-muertos. Este detalle no es baladí y supone una muestra básica del humanismo de Yeon Sang-ho, que decide también acercar al humano al zombie. El entretenimiento provocado por la mezcolanza de violencia y tensión, y la espectacularidad de movimientos de cámara imposibles, conviven junto a estos detalles en un trabajo que contextualiza su acción en un apocalipsis que asola la ciudad de Seúl y, al mismo tiempo, realiza una inmisericorde crítica que no sólo tiene por objetivo las grandes instituciones políticas y socio-económicas que se han olvidado del ciudadano de a pie, sino también, e incluso con mayor severidad, pone en su punto de mira a todo el ciudadano surcoreano. Un pueblo dominado por el egoísmo, donde pobres y ricos miran no cesan de mirar su ombligo y solo buscan su propia supervivencia. Superado este preámbulo pesimista que marca la base crítica del filme, el director da pie a la esperanza, a la par que da el salto a la imagen real. Train to Busan suaviza la mordacidad cuasi omnipotente de Seoul Station y la viste de un tono más humano. Para ello focaliza la tragedia estatal del apocalipsis zombie en un tren donde conviven distintos personajes representativos de la sociedad, cubriendo así un amplio espectro para que quede claro que la crítica es pluralizada. Pero la esperanza también. Las distintas historias personales de este coro de voces empiezan a mezclarse y a unirse en pos de alcanzar la salvación, una vez hayan entendido que necesitan remar juntos. Así coge forma la fe y la certidumbre con la que surgen los héroes. Dejando a un lado esta lectura (pese a ser explicita hasta el exceso) que retrata la contemporaneidad de una nación, Train to Busan resulta ser un entretenidísimo, espectacular y frenético blockbuster de acción y sólidos efectos especiales. Yeon Sang-ho lleva a cabo un proyecto único que realiza una sugestiva lectura social valiéndose de herramientas que generalmente no se asocian a tal objetivo. Sitges, con buen ojo, no ha dudado en ponerle dos sillas a uno de los cineastas más interesantes del momento. (70 de 100)
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