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    Crítica | Historia de una pasión

    Terence Davies

    Un poemario en imágenes

    crítica de Historia de una pasión (A Quiet Passion, Terence Davies, Reino Unido, 2016).

    Emily Dickinson escribía para rendirse. No ante la vida y sus bofetadas, sino ante el concepto de muerte. Su contradicción entre el origen de la creación y la causa del último aliento, funcionaba como un mecanismo etimológico que hacía las veces de pomada etérea para su tormento. De todos los artistas fundacionales, ella fue la única devota de su propia ideología; sabía que el purgatorio reside en uno mismo como una calle sin salida, sin salvación ni posibilidades. Quizás la melancolía, con el paso del tiempo y la agudeza del olvido, haya mermado el legado de una artista que, en un tiempo de plomo y testosterona, de guerras, religiones y banderas, decidió recluirse del mundo para versar sus miedos, destinos y pasiones. Pero en su explosión literaria, con ecos todavía resonantes aunque cada vez más difusos, es indefectible el empeño por dibujarse como una fugitiva de la teoría, ajena a esa liturgia que toda familia anglosajona del siglo XIX practicaba con orgullo: el hombre, deseoso de adrenalina en el campo de batalla para demostrar su valentía; la mujer, dispuesta a la espera como método para sostenerse ciudadana del mundo. Se presupone que fueron sus problemas mentales los que la convirtieron en un torrente de versos transgresores. Sin embargo, existe un contraste revelador entre lo mucho que se ha reflexionado sobre lo misterioso y profundo de su obra, y lo poco que le ha interesado a la Historia ese dilema moral. En cualquier caso, no está todo perdido. El maestro del costumbrismo anglosajón, Terence Davies, ha comprimido todo el valor de Dickinson en Historia de una pasión, su octavo largometraje y quizás el más contenido, como nadie lo habría hecho: sirviéndose de la idiosincrasia de la época para pintar un cuadro de corte existencialista, con el que marca las líneas divisorias entre el idealismo de sus composiciones y el pragmatismo de sus acciones. Porque, al fin y al cabo, ese es el legado que nos ha dejado la poetisa: una carrera perpetua contra nuestros prejuicios.

    Acostumbrado a recrear ambientes a partir del sufrimiento de sus protagonistas, el director de Voces distantes compone imágenes con la misma sensibilidad que Dickinson imprimía en su poesía. En ningún momento levanta la voz —a pesar de las muy airadas discusiones que Cynthia Nixon, mención aparte, representa con el semblante inmaculado. Sin embargo, al permitir que los sentimientos concurran como elemento narrativo en sí mismo, Davies corre peligro de ser interpretado como un clasicista con cadencia lenta y planos estáticos. Puede que también como un ególatra pagado de sí mismo —la recreación en algunos encuadres y su carácter contemplativo no señalan otra dirección. Pero nada más lejos, la película funciona como una enredadera lo hace con una pared de ladrillo: tranquilamente, de manera casi imperceptible pero con firmeza. Porque, aunque su ritmo es lineal hasta el exceso, Historia de una pasión es una cinta de contrastes —como Dickinson lo fue para todo un siglo, como el verde lo es sobre el naranja. Conviene remarcar que estas diferencias son más bien parciales, pues el ejercicio de Davies está construido en base a una métrica convencional, con la que parece sentirse cómodo. Tan intransigente con el público como un grito ahogado, como la propia autora. Que sigue siendo virtuoso en el diseño de los planos —travellings y transiciones que sienten y forman parte de ese todo llamado densidad emocional—, pero que igualmente mantiene su preferencia por el relato ajustado a ciertos márgenes estructurales. No en vano, que Davies ponga en boca de una voz en off los versos de Dickinson como hilo conductor, no hace si no subrayar esa capacidad del cineasta no solo para mantener la intensidad, sino para no lanzarse al barro y, por el camino, tampoco adentrarse en la psique de una mente en perpetua contradicción. Mantenerse, simplemente, en una oda con aires a elegía. Que el director y guionista haya operado así, solo indica lo que a todas luces es una verdad universal: nadie conoce cómo ni de dónde exudaba la poetisa su talento. Quizá de la opresión autoimpuesta, quizá del misticismo. Nadie lo sabe. Ni siquiera ella. Por lo que resulta imposible plasmar en imágenes el proceso de creación. No obstante, sí es urgente una contextualización constante como mecanismo para comprender el viaje psicológico de Dickinson, donde el consuelo no se encuentra en la religión —como bien sucedía con la masa social— sino en el arte. Esa incertidumbre casi catártica, que solo puede traducir al lenguaje cinematográfico un hombre tan sobrio como Davies.

    A quiet passion

    «Todos conocíamos la historia, pero no su belleza. Y Davies, en un alarde de generosidad y arrogancia, ha compuesto un poemario en imágenes tan cotidianas como inquietantes. Emily Dickinson tiene en Historia de una pasión un homenaje tan digno como su obra».


    En Historia de una pasión, bajo toda su fuerza estética y la calidez de sus planos, existe una construcción modélica del relato como concepto literario adaptado a la gran pantalla, con diálogos que saltan de la desesperación a la lucidez y vuelta a empezar. Son los mismos que despiertan en el público ese interés soterrado bajo capas de adornos florales y juegos con la iluminación. Estos últimos son inapreciables a ojos de los mortales. No, en cambio, una conversación en la que la rectitud de la mujer del reverendo provoca que este solo beba agua caliente, sin té. Risas e incredulidad, pero... ¿De qué nos reímos? Es el paso que le falta a la protagonista para retirarse definitivamente del planeta tal y como lo conocemos. Ya no es la poetisa en la búsqueda de la excelencia —a todos los efectos. Ahora es una mártir que la sociedad ni siquiera ha llegado a conocer —la censura y los cambios de puntuación de los editores masculinos destrozaron su estilo. Otra vez el contraste, esta vez entre lucha y redención. Sabe la solución, pero prefiere los problemas. Al menos, seguir teniéndolos. Inquietud que comparte con la película, que no escapa a lo que ya se ha convertido en una constante en la obra del director británico: el marco bélico. Como ocurriera en The Deep Blue Sea, la guerra toma cierto protagonismo no se sabe muy bien para qué, pero lo hace. Podría ser la representación, ahora norteamericana —Guerra de Secesión—, del vacío social de una generación en la que las mujeres, por muy contraculturales que se considerasen, solo encontraban la libertad mediante la iglesia y su poder de casamiento. Es decir, a través del hombre. Que, por si surgía la duda, Dickinson supo encontrar dedicándole a su maldita suerte rimas con sobrada ideología. Podría ser, también, como metáfora de lo que siente la protagonista, ese abismo en el que la justicia poética no responde al legado de Shakespeare. Llegados a este punto, y desgranando levemente a Davies, cabe la posibilidad de que se trate de los elementos que desvirtúan a cualquier ser humano: los conflictos, ya sean internos o con el mundo. Quién sabe; una evolución proyectada en la reacción de sus pretendientes, hermanos y padres; unos demonios que se clavan hasta la extenuación; nefritis aguda. Todos conocíamos la historia, pero no su belleza. Y Davies, en un alarde de generosidad y arrogancia —¿cuándo no van de la mano?—, ha compuesto un poemario en imágenes tan cotidianas como inquietantes. Emily Dickinson tiene en Historia de una pasión un homenaje tan digno como su obra. | ★★★ |


    Mario Álvarez de Luna Costumero
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Reino Unido, 2016. Título original: A Quiet Passion. Director: Terence Davies. Guion: Terence Davies. Productoras: Hurricane Films / Potemkino. Presentación oficial: Festival de Berlín. Fotografía: Florian Hoffmeister. Montaje: Pia Di Ciaula. Vestuario: Catherine Marchand. Reparto: Cynthia Nixon, Jennifer Ehle, Duncan Duff, Keith Carradine, Jodhi May, Joanna Bacon, Catherine Bailey, Emma Bell, Benjamin Wainwright, Annette Badland, Rose Williams, Noémie Schellens, Miles Richardson, Eric Loren, Stefan Menaul. Duración: 125 min. PÓSTER OFICIAL de A QUIET PASSION: LINK.

    Godard

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