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    Crítica | Hija

    Dokthar

    Ni padres ni hermanos, tiranos

    crítica ★★★ de Hija (Dokthar, Reza Mirkarimi, Irán, 2016).

    Setareh asiste como espectadora silenciosa a los comentarios de sus amigas. La cámara pasa del rostro de una a otra joven como si nosotros mismos fuéramos esa joven. Oculta sus opiniones, envidia la libertad de pensamiento de sus amigas. Más tarde sabremos el porqué de su silencio, de su incomodidad. Son todas chicas jóvenes y alegres, hablan de sus padres, de sus novios, de sus prometidos, algunos de ellos impuestos por la familia, de sus estudios. Las diferencias aparentes con las homólogas occidentales de su edad son menores de lo que imaginamos; hablan de sus perfiles de Facebook, de sus ropas, de la música; conducen alocadamente por las autopistas que rodean Teherán, libre, pero cuando un camarero se acerca a pedirles la comanda, bajan la vista y se callan. Alguna bromeará con el joven, pero sin que este entre en la conversación ni en la provocación. Ahora es cuando apreciamos la verdadera diferencia, no solo la obligatoriedad de una vestimenta que coarta la libertad sino que la sumisión al hombre es permanente; sutiles diferencias apenas apreciables cuando las mujeres están juntas y sin hombres delante; pero imponentes, insuperables, castradoras, cuando este está presente o abre la boca. La película no empieza por el principio, es un engaño de Mirkarimi al espectador para agrandar el choque entre ese ambiente inicial relajado, hasta gracioso y divertido, y la realidad de lo que se vive en la casa de Setareh (estrella en farsi), un ambiente distendido en el que las mujeres actúan relajadamente hasta que sienten la llegada del marido y padre. No hace falta la agresión, ni el maltrato verbal, es la sola representación de la figura paterna la que evoca un temor reverencial. Una atmósfera creada a partir de imágenes desde un dron, un recurso demasiado enfático e irreal de lo visual, pero que en este caso ayuda a diferenciar lo terrenal de las mujeres con la superioridad del varón reconocida socialmente. Ahmad no solo merece respeto por su condición de hombre, en su casa nadie puede cuestionarle, sino que en el trabajo es una institución como encargado del mantenimiento de la refinería que, pese al embargo internacional, ha seguido manteniendo la producción de petróleo. Ese status le permite reconvenir lo laboral y también en los comportamientos equívocos a los empleados que pueden resultar sospechosos de ser demasiado amistosos entre hombres. Los cuerpos de Setareh y Ahmad ayudan a crear esa disparidad de comportamiento y sensaciones, la fragilidad frente a la mole física del padre, que se mueve con la dificultad del peso, pero inquebrantable en su determinación y en el mantenimiento de una tradición de superioridad inamovible.

    La excelente puesta en acción inicial de la película y la proposición de fondo que plantea sufre un quebranto en su segunda mitad, lo que es una evidente crítica a una sociedad machista y que menosprecia a la mujer, que pone de relieve su papel secundario en cualquier ámbito, una vez producida la implosión familiar, se va diluyendo en un drama familiar con referencias al pasado de Ahmad, sobre el que se centra el mayor protagonismo, como si Mirkarimi nos le quisiera mostrar como una víctima más del sistema. El filme se transforma en ese cine enfático, lleno de subrayados visuales o musicales, destinado a hacer aflorar fantasmas pasados. El director abandona la relación padre-hija, e incorpora un nuevo eje narrativo en el que la hija pasa a un plano secundario, abordando el reencuentro y rendición de cuentas entre Ahmad y Fazaned, entre hermano y hermana separados por las imposiciones sociales, lastrados por una pasada rebeldía e independencia de la hermana opuesta a someterse a los deseos, caprichos e imposiciones de Ahmad. Fazaned se convierte en un referente a seguir para Setareh, en el que ve libertad, pero también los costes de esta. El uso del lenguaje metafórico, para mostrarnos la asfixia en la que la joven siente la llegada de su próximo futuro, desaparece en la conclusión de la historia. Objetos como un inhalador que ayuda a respirar, menos por el asma que por la hiperventilación que provoca el rechazo y la falta de autonomía personal; o la mirada furtiva que la joven lanza a un telediario en el que ve el rescate en aguas del mediterráneo de los refugiados que huyen de sus realidades diarias; un escape que Setareh también ansía pero con la conciencia de su imposibilidad, constituyen logros formales opuestos a recursos tan manidos con el uso de la tormenta o de los relámpagos nocturnos para anunciarnos el clímax, o la música que de manera insistente acompaña los momentos en que el realizador cree que la tensión ha de ponerse de manifiesto. Es como si Mirkarimi hubiera realizado dos películas en una, dejando de lado la que exigía más compromiso a la hora de dibujar el final de la historia de la joven que quiere estudiar e independizarse del ambiente familiar, para centrarse en algo menos transgresor, más acomodado a un ámbito más reducido, a un problema entre hermanos, un hermano que sustituyó al padre para seguir controlando a su hermana, generando conflictos entre dos adultos que se negaron recíprocamente a partir de entonces. Resulta obvio que la segunda parte pierde frescura, interés, actualidad, y cambia el discurso social por un discurso familiar de proyección “buenista”. Reparar una chimenea o limpiar un pescado pueden suponer el ofrecimiento de una tregua familiar que tiene que ganarse en el futuro, pero lo importante queda aparcado. Setareh, la que debía ser protagonista y lo era en su primera parte, queda olvidada frente a un futuro nada prometedor porque el propio sistema le ha inoculado tanto miedo que, a la hora de reaccionar, la parálisis es la mejor respuesta para un régimen teocrático.


    Miguel Martín Maestro
    © Revista EAM / 61ª Seminci


    Ficha técnica
    Irán. 2016. Título original: Dokhtar (título internacional Daugther). Director: Reza Mirkarimi. Guión: Mehran Kashani. Fotografía: Hamid Khozouei Abyaneh. Sonido: Bahman Ardalan. Diseño de producción: Mohsen Shah Ebrahimi. Montaje: Meysam Mouini. Música: Mohammad Reza Aligholi. Intérpretes: Farhad Aslani, Merila Zarei, Mahour Alvand. Duración: 103 minutos. Premiére: Festival Internacional de Moscú, premio mejor película y mejor actor.

    El fulgor efímero

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