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    Crítica | Doctor Strange

    Doctor Strange

    El colapso de un modelo pernicioso

    crítica ★ de Doctor Strange (Dr. Strange, Scott Derrickson, Estados Unidos, 2016).

    Antes de nada, me gustaría ofrecer unos cuantos datos referentes a la gran industria. Para ello me escudaré en una información que Ángel Luis Sucasas publicó en El País hace no mucho. Números necesarios para luego extenderme con la palabra, lógicamente subjetiva, que sazona el esqueleto de la crítica, o como prefieran llamarlo. Pues ante el tsunami de opiniones positivas, la mayoría de ellas provenientes de Estados Unidos (poco o nada refieren los mandarines de la prensa sobre el estado de la crítica en este, ah, nuestro complejo país, aunque tampoco estaría de más deshuesar el devenir de una retórica, la del reseñismo norteamericano, que ha comisionado lenta pero sistemáticamente a la lengua española los humores de ese marketing nocivo con el que nos bombardean a diario), cuya visión no poco alienante del cine —ya sea clásico o contemporáneo— habría que poner en cuarentena o, cuando menos, investigarla seriamente. Pocas veces nuestra preceptiva, en cuanto que termómetro de un producto popular, consumido por miles de espectadores, se ha revelado tan inútil y deshonesta como hoy. No es un debate trivial. Y lo retomaré otro día, pues lo que concierne a este texto es la adaptación de los cómics protagonizados por Stephen Strange, nombre real de su álter ego místico, Doctor Extraño. Un neurocirujano en posesión de poderes sobrenaturales para moverse, entrenamiento mediante, por el multiverso. Es decir: una suma infinita de universos por los que (di)vagar sin moverse del sillón. Y, también, un tratado sobre la condescendencia y el hurto de la inventiva en Hollywood. Otro más, sí. Afortunadamente ya comienzan a surgir en casa, me refiero a guionistas como David Hayter (Watchmen) y Peter Briggs (Hellboy), voces disonantes acerca del pernicioso modus operandi de ciertos productores/franquiciadores/ejecutivos (que son mayoría); un modelo establecido a capón en el que la historia, y su verosímil desarrollo, quedan subordinados a la planificación de las principales secuencias de acción, entendiendo dicho término no sólo como lo que sucede en pantalla sino también como una torsión etimológica del género: ahí caben tiroteos, persecuciones, luchas cuerpo a cuerpo, batallitas aquí y allá. Recuerden aquel latiguillo grabado en piedra de Ben La cosa Grimm: «¡Es la hora de las tortas!».

    Los datos a este respecto son abrumadores. En el tercer párrafo de su noticia, Ángel Luis Sucasas aporta números bien para la reflexión, o bien para el delirio. «2015 fue —cuenta el periodista— el año récord de recaudación en taquilla para la industria del cine, pero casi 16.000 de esos 34.000 millones de euros (un 47%) fueron acaparados por 25 superproducciones. Solo en Estados Unidos y Canadá —para la industria son un mismo territorio— se estrenan más de 700 películas al año, según la Asociación Cinematográfica de América (MPAA). Y un tercio (34%) de los filmes más taquilleros ya pertenece de forma estable al género de acción, en cálculos de The Economist». Con todo, lo más llamativo es el apunte final, donde Sucasas hace referencia a la cuota del cine de acción, infiriendo este firmante la hegemonía, por encima de todos los fantásticos tortazos, del subgénero que protagonizan los superhéroes made in USA. Más aún, las franquicias o sagas producidas por Marvel y su «competidora» directa, DC. El entrecomillado del sustantivo no es gratuito. A estas alturas, es casi pueril —además de paradójico— tender puentes críticos entre antagonistas. Todo conduce, en tanto que coartada del espectáculo aleatorio y vacío, a ninguna parte. Al crossover definitivo, o no, ya que el final es en realidad una coartada del reboot. Y así, hasta el infinito. Esta vez, al fin, eterno. Caiga quien caiga. El otrora fascinante Scott Derrickson, por ejemplo. Víctima del síndrome marveliano, capaz de convertir al inefable Jon Favreau en el rey del pollo frito, al portentoso Ang Lee (Hulk) en el hombre que nunca estuvo allí, aunque supiéramos ver lo que intentó y casi le sale bien; al catódico Alan Taylor en un mercenario de primer orden; a Bryan Singer (este a sueldo de Fox con X-Men) en Bryan Singer. Y tantos otros incautos que, nótese Duncan Jones y su bochornosa Warcraft —por citar un nombre ajeno a la idiosincrasia de Marvel—, no supieron o no quisieron bajarse del carro cuando aún estaban a tiempo.

    Doctor Strange

    «La plantilla del guion exige un golpe de efecto verbal cada medio minuto, un poco a la manera de Tony Stark, pero sin el magisterio que hubiera facilitado la atenta lectura del material preexistente. La prosodia de Cumberbatch no sirve aquí a los objetivos de un humor blanco sin. Es demasiado elegante. Le suda la perilla. Le molesta a él y nos sorprende a nosotros: una perilla desajustada, sin raíz».


    Hace ya una década, Scott Derrickson firmó un largometraje que mezclaba eficazmente el cine judicial con el terror más sugestivo. Su título, El exorcismo de Emily Rose, apenas ofrecía una vaga idea del alcance que tendría en el imaginario del horror. Era una película barata, en su acepción económica, sin alardes técnicos y sin embargo con una tensión que afilaba cuchillos. Precursora en parte de esa colección de filmes estúpidos con el cebo del «basado en hechos reales», que identifican lo terrorífico (cine hecho por artesanos y frikis enciclopédicos) con una necesaria banalización del susto y una violencia más bien defoliada; desprovista ya de su naturaleza catártica, brutal. Acaso convertida en una atracción de feria mainstream. El libreto lo firmaban a cuatro manos él y Paul Harris Boardman. Después llegaron las dos entregas de Sinister, quizá su giro a estribor con miras al parnasillo de la industria hollywoodense. Doctor Extraño debía ser su consagración a ojos del público adolescente, su canonización ante los exégetas de Stan Lee en la mastodóntica y, al parecer, cada vez más influyente Comic-Con de San Diego. Por aptitud no quedaría. El actor principal, Benedict Cumberbatch, se granjeó el aplauso unánime con la primera foto de backstage. Las redes sociales, que suelen morir al minuto, dictaron sentencia. No en vano es uno de los actores más queridos de la actualidad. Su presencia bien vale un potosí, y su atractivo trasciende cualquier estrategia publicitaria. Es y será siempre Sherlock Holmes. Pero su registro no conoce la fatiga. No al menos hasta ahora. Aquí lo dejan libre y él estira el cuello con la vanidad que caracteriza al doctor Strange, que intenta sin mucho éxito hacer bromas porque es el más ingenioso. Su novia, o lo que sea, es Christine Palmer. Aunque nosotros vemos a Rachel McAdams, a buen seguro la actriz más estomagante del último decenio y medio. Nada en ella invita a pensar en algo conmovedor, grácil, inteligente. De alguna manera, sigue protagonizando en bucle El diario de Noa. No hay serie de televisión ni película que invierta dicha realidad. Sus prestaciones se ajustan más a filmes románticos como la exquisita y sorprendente Una cuestión de tiempo que a las astracanadas gratuitas aquí dispuestas. Por suerte, aparece poco y habla menos. Su existencia es casi latente, y a ella (Christine) recurre Stephen para decirle —leyendo uno entre líneas— «gracias, guapa». Difícilmente encontrarán un hombre más estólido y petulante en la cartelera. Lo han escrito con un taladro. El propio Cumberbatch refleja a menudo en su rostro el aturdimiento de quien no comprende lo que acaba de oír o decir. No sintoniza la frecuencia exacta. Se mueve a destiempo, mal, incluso cuando intentan hacernos creer que ya está preparado. Porque el metraje avanza y urge soltar unas cuantas hostias, si bien asépticas. Y nuestro protagonista sabe latín y aprende a una velocidad endiablada, adjetivo que no escucharán pronunciar a un señor cuyo juramento hipocrático desaparece por el desagüe en cuanto ve a la Hechicera Suprema (Tilda Swinton en modo Fu Manchú) dibujando espirales y proyectándose astralmente mientras viene a decirle, grosso modo, que su cura —Strange viaja a Katmandú tras sufrir un grave accidente que le ha dejado visibles secuelas en las manos— es más bien un estado mental.

    Los primeros quince minutos transcurren con fluidez, pero ya dejan advertir lo que será un plomizo y previsible desarrollo. De nuevo, la historia al servicio de unas cuantas secuencias de acción pésimamente engarzadas, en las que los personajes dicen tonterías con un inverosímil manto de profundidad. Ustedes y yo hemos visto esta película mil veces. Literalmente. No es ningún tópico. Ni siquiera resiste un análisis benéfico. La plantilla del guion exige un golpe de efecto verbal cada medio minuto, un poco a la manera de Tony Stark, pero sin el magisterio que hubiera facilitado la atenta lectura del material preexistente. La prosodia de Cumberbatch no sirve aquí a los objetivos de un humor blanco sin. Es demasiado elegante. Le suda la perilla. Le molesta a él y nos sorprende a nosotros: una perilla desajustada, sin raíz. Que no nos incumbe. Que nos da igual. Como el troquelado de los edificios por los que corre y salta Mads Mikkelsen (un lamentable villano-marioneta a las órdenes de un ser poderosísimo, un Gargantúa casi invencible pero, ay, tan indefenso ante las paradojas temporales como yo frente a un sudoku) tras los pasos de Strange, y cuyo fascinante efecto se desvaneció por factura y/o gracia de Christopher Nolan en Inception. Pero descuiden: el espectáculo debe continuar. Hay una escena jocosa, hacia la mitad de la película, en la que el doctor le pregunta a un compañero del monasterio qué edad tiene la Hechicera Suprema.

    —Nadie lo sabe –responde secamente–. [...] Su origen es celta.


    Juan José Ontiveros
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2016. Título original: «Dr. Strange». Director: Scott Derrickson. Guion: C. Robert Cargill, Thomas Dean Donnelly, Jon Spaihts (Personajes: Stan Lee, Steve Ditko). Productora: Marvel Studios. Montaje: Sabrina Plisco, Wyatt Smith. Fotografía: Ben Davis. Música: Michael Giacchino. Casting: Sara Finn. Vestuario: Alexandra Byrne. Reparto: Benedict Cumberbatch, Chiwetel Ejiofor, Rachel McAdams, Michael Stuhlbarg, Mads Mikkelsen, Tilda Swinton, Neve Gachev, Amy Landecker, Scott Adkins, Dante Briggins, Tony Paul West, Daniel Eghan, Annarie Boor, Jill Buchanan, Pezhmaan Alinia. PÓSTER OFICIAL de DOCTOR STRANGE.


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