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  • In sanguis veritas.
    The neon demon, de Nicolas Winding Refn.

    ¿Cuántos poetas se necesitan para elogiar a una ciudad?
    Paterson, de Jim Jarmusch.

    El castigo de Hedoné.
    La doncella, de Park Chan-wook.

    Especial Oscar Race 2017.

    Epicedio appassionato.
    Solo el fin del mundo, de Xavier Dolan.

    Festival de San Sebastián 2016 | Día 2. Críticas: El hombre de las mil caras, I am not Madame Bovary, The Oath, María (y los demás) & Anishoara

    Eduard Fernández en Donosti

    Guía del autofestivalista galáctico

    Crónica de la segunda jornada de la 64ª edición del Festival de San Sebastián.

    Entre la bruma de ajados oropeles y la última información acerca del director de moda esta temporada, la 64 edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián arranca en su segundo día con el brío habitual dividido entre el deseo de ver buenas películas y el temor de que estas esperanzas naufraguen en la playa del cercano mar. Nueve días de sueños de celuloide que a quienes seguimos incansables el ritmo de las proyecciones sabemos que nos dejará agotados pero nunca exhaustos. Y eso que algunas de las cintas exhibidas hacen zozobrar con fuerza nuestra nave. Sin embargo, el poderoso pecio de una buena película nos dará renovadas fuerzas. En el cotidiano devenir de un crítico, pongamos como ejemplo el de uno particularmente atolondrado, se suceden esos errores de novato en el Festival que desvelan que aún no se ha percatado bien de su funcionamiento, o que en realidad no se ha enterado de nada, pero seamos benévolos por el momento. Hablamos de un espécimen tan depurado en su torpeza que no deja de parecerlo ni por un instante. Contra todo pronóstico, no es la primera vez que asiste al Festival, lo cual sume a sus compañeros de aventuras peliculeras en un estupor que con las horas se va tornando burlona pero amable resignación. ¡Qué remedio! Pasarán los años y la gente se le seguirá colando en la fila a la entrada del cine o en la taquilla del Kursaal a la hora de hacerse con las entradas (y eso que se asignan los turnos por medio de ticket), los camareros lo dejarán varado junto a la barra del bar esperando un anhelado y siempre lejano café, se equivocará de cola de espera y se quedará fuera de más de una sesión por ello, se confundirá de sala y comprobará aterrado que en lugar de esa esperada película en blanco y negro de la retrospectiva clásica (sin duda se trata del tipo más rancio y menos cool del Festival) la pantalla destellará con un cegador color, entregará a destiempo sus demasiado extensas críticas, comerá de pie un bocadillo en esta ciudad donde su cocina es uno de sus grandes atractivos, se perderá de continuo entre lo que él considera un dédalo de calles y le pillará la lluvia en feroz tormenta durante el largo camino de vuelta a casa dejándolo calado hasta los huesos, como si una de las cercanas olas se hubiera abalanzado sobre él sin piedad. Por no servir en realidad no nos sirve ni como ejemplo medio del típico crítico de festivales, bien avezado en saber moverse entre la masa y el aparente caos multitudinario. Pareciera vivir así en una comedia de Jacques Tati, a destiempo de lo que le rodea. Ahí está, casi un intruso entre los humanos solo feliz en el momento en el que al fin se sienta arropado por la oscuridad cálida, casi materna, de la sala de cine. Solitario como un autostopista que nadie recogiera en su camino. Galáctico porque se mueve por muchas galaxias, pero ninguna de ellas la nuestra. Lo conozco bien. ¡Sí, qué remedio! (José Luis Forte).

    El hombre de las mil caras

    EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS

    Alberto Rodríguez, España / COMPETICIÓN.
    por Sofía Pérez Delgado.

    Decir que Alberto Rodríguez ha revitalizado el cine de género en nuestro país aportándole un punto de vista mucho más abierto, y al mismo tiempo, muy regionalista, es ya una obviedad, pero siempre es digno de alabar. Si en su aclamado anterior trabajo, La isla mínima, premiada hace dos años en el Festival de San Sebastián al mejor actor (Javier Gutiérrez) y mejor fotografía, reformuló la estética del thriller norteamericano contemporáneo (David Fincher, Denis Villeneuve) o coreano (Bong Joon-ho), ahora vuelve a participar en la Sección Oficial del Zinemaldia con El hombre de las mil caras, aportándole a un relato de intriga un efectismo muy autoconsciente, a la manera de un Martin Scorsese menor, que otros discípulos del estadounidense, como Pablo Trapero en El clan, no han sabido captar con tanta destreza. La historia narra las acusaciones de corrupción y la posterior fuga y búsqueda a nivel internacional del exdirector de la Guardia Civil Luis Roldán, y sobre todo, la implicación que tuvo en ello Francisco Paesa (correcto Eduard Fernández), antiguo agente secreto del Gobierno. Rodríguez por tanto vuelve a echar mano del pasado para entroncarlo directamente con la época política que vivimos en la actualidad en España, y crear una obra supuestamente militante.

    En este sentido, sin embargo, lo más sorprendente de El hombre de las mil caras es encontrarse con el trabajo más estandarizado e impersonal del realizador. Estamos hablando de hechos reales fundamentales que ocurrieron en nuestro país, o al menos promovidos por personalidades españolas; y en lugar de aportarle ese toque localista que mencionábamos al comienzo que ha hecho tan exclusiva su filmografía (siendo quizás el mejor ejemplo de ello Grupo 7), todo se observa desde una distancia tal, que podría tratarse de cualquier coproducción media, vistosa y atractiva en la medida en que va desarrollándose por diferentes ciudades europeas. El buen pulso de la dirección convierte la cinta en un producto antididáctico, en favor de la espectacularidad y el entretenimiento, acompañado de un montaje tan acelerado que acaba creando más confusión que revelaciones. Algo que no deja de ser curioso teniendo en cuenta que se trata de un filme sin apenas acción, en el que todo se basa en los diálogos (por otro lado, bastante intrascendentes), dotados de un sarcasmo cómico bastante bien logrado en la mayoría de las ocasiones. La ironía sirve de apoyo a una película que carece de desarrollo de personajes ni de relaciones entre ellos (exceptuando la de Roldán y su mujer), los cuales solo parecen justificar su presencia para hacer que la trama avance. No deja de ser valorable el hecho de que, al salir de una proyección, el espectador tenga ganas de seguir investigando del tema expuesto en el filme. En ese sentido, podríamos afirmar que El hombre de las mil caras lograría su objetivo con creces, ya que, superficialmente, resulta un dinámico trabajo casi de ficción, pero se resiente ante un análisis más reflexivo al no resolver ninguna duda ni dejar clara su postura frente a las cuestiones que esboza. [50/100].

    I am not Madame Bovary

    I AM NOT MADAME BOVARY

    我不是潘金莲, Feng Xiaogang, China / COMPETICIÓN.
    por Miguel Muñoz Garnica.

    Un plano amplio muestra a trabajadores uniformados decorando minuciosamente la sala en la que va a celebrarse la reunión anual del partido comunista chino. Los asientos son alineados en una cuadrícula cuyas exactitudes rectilíneas se miden con cintas métricas. Las luces tenues, los rojos desapasionados de la estancia y los aplausos estrictamente reglados de los concurrentes realzan el tono uniformizante de un escenario que invoca como pocos el gran ideal de la política china: la armonía. La ausencia de estallidos cromáticos discordantes. En esta escena, sin embargo, aparece una disonancia. No de forma visual, sino verbal. El presidente de la asamblea relata, indignado, que una mujer de provincias se ha arrojado hacia él al salir de su coche demandando reparación ante un pequeño caso judicial. La falta de respuestas que ha empujado a esa mujer a tener que desplazarse hasta Pekín y rogar a los altos mandos, concluye el presidente, es un fallo de los cargos intermedios a todos los niveles en su labor de acercamiento al pueblo. De modo que ruedan cabezas. Li, esa mujer que ha cortocircuitado con su protesta los resortes del sistema, es la peculiar protagonista de I Am Not Madame Bovary, decimosexto largo del director Feng Xiaogang Una mujer que, en pos de recuperar su honor mancillado tras un rocambolesco caso de falso divorcio, emprende un periplo judicial de más de diez años contra su exmarido y los gerifaltes locales. El título original de la cinta, por cierto, hace referencia a un personaje literario distinto que es citado en su comienzo: Pan Jinlian, una mujer adúltera de una novela del siglo XVII con la que es comparada Li a modo de descalificación.

    Así, la pequeñez del caso judicial de Li y la actitud más bien enrabietada de esta crean cierta textura de lo absurdo cuando se ponen en relación con la resonancia final que tienen sus acciones en los distintos niveles políticos, su ruptura de la quietud armónica. Xiaogang tira, en los momentos más inspirados del metraje, de una ironía con la que ridiculiza a la clase funcionarial china, su materialismo vacuo y su cortedad de miras. Más aun, y en eso conecta en su fondo con el cine de Jia Zhangke, dibuja un país en el que el interés personal es la única palanca que mueve las relaciones personales: ninguno de los personajes que interactúa con Li parece capacitado para el altruismo. Ahora bien, y aquí llegamos a la parte mala, estos logros irónicos se diluyen en una película sometida a una curiosa paradoja: la precisión quirúrgica con la que la dirección fotográfica compone encuadres exquisitos se ve contradicha por una enorme torpeza narrativa. I Am Not Madame Bovary, tras un comienzo poderoso, termina sepultada entre un barullo de reiteraciones temáticas, diálogos eternizados y derivas melodramáticas que entregan alguna que otra escena memorable, pero un conjunto tristemente deslucido. Xiaogang también introduce algo de experimentación al jugar con los formatos, haciendo uso del circular para los episodios rurales y del cuadrado para las escenas en Pekín. Lo que le permite crear algunos cuadros y transiciones espléndidos, pero que a largo plazo no hace más que sumar caos al conjunto al no alcanzar una dimensión connotativa clara. [55/100].

    The oath

    THE OATH

    Eiðurinn, Baltasar Kormákur, Islandia / COMPETICIÓN.
    por José Luis Forte.

    Finnur en un prestigioso cirujano cardiovascular y padre de familia de clase alta que ve impotente cómo su hija mayor se mete en problemas al estar liada con un malvado traficante de drogas. La joven mantiene con este una relación obsesiva que la arrastra con gusto a una vida de fiestas desmadradas sin fin y al consumo alegre de estupefacientes. Finnur decide enfrentarse a su futuro yerno pero esto no hará sino empeorarlo todo. Amenazas, chantajes, intentos de secuestro, todo le valdrá al joven para intentar que su suegro en potencia los deje en paz. Aturdido por la inoperancia de la policía y desesperado porque su hija está convencida de que en el hoyo se vive muy bien, Finnur se lía la manta a la cabeza y rapta al novio para torturarlo con saña valiéndose de sus conocimientos médicos para mantenerlo con vida pero siempre sometido al dolor más extremo. Baltasar Kormákur protagoniza, dirige y coescribe Eiðurinn / The Oath (2016), un thriller que no nos cuenta nada que no hayamos visto antes cientos de veces en esos filmes de los años 80 gamberros y políticamente incorrectos de padres cabreados en busca de venganza pero en versión gélida y átona. De realización mediocre, cuesta encontrar en ella un solo plano que no se aparte del lugar común. Los personajes no interesan porque son meros palotes que desgranan sus frases y sus acciones siguiendo el diapasón de un libreto incoherente en demasiadas ocasiones. La hija igual se muestra amable y cariñosa con su padre en una secuencia para en la siguiente saltar como un basilisco sobre él, lo cual tampoco nos costaría entender si fuera narrado de una manera creíble. La vida en pareja de esta también se nos presenta como infernal sin que ello sea óbice para derramar melaza en algún momento, si bien esto no responderá a la lógica de su relación sino que devendrá una excusa para incluir una pequeña anécdota que será clave en el desenlace. En fin, una semilla plantada con la delicadeza de una pedrada en la frente. Kurmákur no da con el tono apropiado de angustia que debería acompañar las terribles decisiones que toma este padre al que vemos sufrir por su hija pero con el que jamás podremos sentir ni compartir su desesperación. La película quiere plantearnos una difícil cuestión moral pero se queda en una vacía y aburrida exposición de torturas físicas y psicológicas que se desgranan sin emoción ni sentimiento. Las pequeñas subtramas con las que se pretenden alargar la cinta a esa duración que debe tener toda película comercial, las dos horas de rigor, y añadir tensión al relato fracasan porque carecen de lo que con inútil anhelo pretenden. Cinta triste y anodina que, pese a su empeño, jamás logrará que dejemos de amar el cine. [20/100].

    María (y los demás)

    MARÍA (Y LOS DEMÁS)

    Nely Reguera, España / NUEVOS DIRECTORES.
    por Sofía Pérez Delgado.

    En la sección Nuevos Directores se presentó la ópera prima de Nely Reguera, ayudante de dirección de Tom Tykwer, Mar Coll o Elena Trapé: María (y los demás), un amable y cercano relato generacional. La María del título es una chica guapa, simpática, con un buen trabajo en una editorial, amigos y una familia que la quiere. Parece tenerlo todo, y sin embargo su vida está incompleta, especialmente si se compara con la evolución que va sufriendo la de todos aquellos que la rodean. ¿Qué le ocurre? Tras la muerte de su madre, ella se encargó de su padre y de la casa, pero lejos de llevarla a la temprana madurez que una se podría suponer en una situación así, se ha quedado estancada en un estado de acomodamiento y costumbre del que solo se verá forzada a salir por una noticia inesperada, que desestabilizará todo su mundo. Y en lugar de afrontarlo y evolucionar, María iniciará una regresión a la adolescencia, ese momento en el que aun todo parece posible, para pasar por todas las etapas que, debido sus circunstancias, (suponemos) que debió perderse: la búsqueda de la pareja perfecta o de la profesión soñada que nunca se ha atrevido a abordar.

    Reguera se introduce directamente en la cabeza de una joven de 30 años, para dejar en evidencia todas sus inseguridades, sus miedos, su tristeza… Pero también sus momentos de ilusión y alegría. Y para ello se vale de una Bárbara Lennie en estado de gracia, en un registro cómico al que no nos tiene demasiado acostumbrados. Pero es en las escena más melancólicas (la película, por suerte, nunca subraya ni se recrea en el dramatismo) en las que la actriz realmente brilla. Un magnífico elenco de secundarios (de entre los que la directora vuelve a recuperar a José Ángel Egido y Pablo Derqui de su reconocido cortometraje de 2009 Pablo) rodeará a la protagonista para plasmar no solo cuestiones personales, sino que también hay cabida para temas de importancia más general, como la denuncia de algunos aspectos de la situación social en España o la manifestación la desintegración del modelo de familia tradicional. Y todo ello sin que resulte forzado: María (y los demás) es una película que fluye, y que es, por muy tópico que pueda sonar, como la vida misma. ¿Qué será de María en ese futuro (o nuevo presente) que se le plantea? Es ahí cuando Reguera deja al espectador libre para imaginar y llegar, o no, a sus propias conclusiones. [75/100].

    Anishoara

    ANISHOARA

    Anişoara, Ana-Felicia Scutelnicu, Moldavia / NUEVOS DIRECTORES.
    por Juan Roures Rego.

    Aun debiendo Anişoara su nombre a su personaje principal (así como a la magnética actriz que lo inspira y encarna, Anişoara Morari), la verdadera estrella de esta ópera prima es la desconocida Moldavia profunda, filmada como trabajo de graduación por una sensible Ana-Felicia Scutelnicu de la que probablemente seguiremos oyendo hablar en el panorama festivalero. La joven cineasta ha tomado el tiempo, el espacio y la protagonista de su mediometraje Panihida (2012) para trasladarnos de nuevo a parajes y sentimientos que conoce como la palma de su mano. Y es que esa es la clave del filme: una creadora que conoce bien aquello que explora, un reparto que prácticamente se interpreta a sí mismo y un paisaje que habla por sí solo (y suerte que lo hace, ya que la elocuencia del guion brilla por su ausencia). A propósito de esto último, es una lástima que la inexperta realizadora haya caído prendada de la atmósfera que la rodea, dejando de lado, no ya la acción, sino todo atisbo de trama convencional. Y es que nada —o prácticamente nada— acontece ante nuestros ojos más allá del lento transcurrir, tanto de las estaciones, como de una existencia rural que ya estamos más que acostumbrados a contemplar (aunque sea en otros rincones del mundo). De hecho, tan sólo el exotismo moldavo distingue esta obra de otras tantas sobre el florecer vital entre la rutina campestre. Como si de una cápsula del tiempo se tratase, el folclore ancestral invade el filme desde su sugerente inicio, en el que un hombre se dirige a la cámara para narrar un relato íntimamente relacionado con el que la directora pretende contar: el de una bella joven que rechaza a todos sus pretendientes por estar enamorada del sol sólo para terminar quemada por su abrazo y convertida en un estornino incapaz de volar lo bastante alto para alcanzar el objeto de su deseo.

    Si algo engrandece el arte de realizadores internacionales como Abbas Kiarostami (¿Dónde está la casa de mi amigo?, 1987) o Zhang Yimou (El camino a casa, 1999) es la habilidad para trasladarnos a ambientes que desconocemos por completo, haciéndonos partícipes de los miedos y aspiraciones atravesados por aquellos que los habitan. Pero, claro, ambos lo hacen a través de historias que nos atrapan desde el primer fotograma (en los ejemplos recién mencionados, la odisea de un niño por devolver un cuaderno a manos de su dueño y el romance entre dos tímidos jóvenes aferrados a las costumbres), logrando así que la contemplación y el relato se den la mano. Eso es, a fin de cuentas, lo que distancia sus entretenidas producciones del más pedagógico cine documental. No es este el caso de Anişoara, un pausado drama rural en el que la identificación con los personajes escasea a raíz de un finísimo hilo narrativo que hace peligrar una atención tan sólo mantenida por la maravillosa fotografía de Cornelius Plache y Max Preiss. Iluminados por la obra de la Escuela de Barbizon y evitando todo movimiento de cámara prescindible, ellos confeccionan pictóricos planos de fuerte hipnotismo, convirtiendo el filme en una sucesión de bellas —aunque no siempre relevantes— instantáneas de un lugar por el que no parece haber pasado el tiempo. En medio de la tradición, encontramos a una joven atrapada entre hombres que no parecen tener tiempo para comprenderla y tradiciones empeñadas en poner freno a su libertad. Quizá termine escapándose; quizá, resignándose. Así es la vida, tal y como expresa en un momento una de esas tantas personas anónimas a las que la voyerista cámara observa sin inmiscuirse. Pero en realidad eso es lo de menos, porque, tal y como ya se ha señalado, Anişoara no es tanto la historia del personaje homónimo como la de una cultura camino de un sol que no se cansa de besarla con candidez. [57/100].

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