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    Crítica en serie: One Mississippi (1ª temporada)

    One Mississippi

    Honesta exploración tragicómica del proceso de duelo

    crítica de la primera temporada de One Mississippi.

    Amazon / 1ª temporada: 6 capítulos | EE.UU, 2016. Creadoras: Tig Notaro & Diablo Cody. Directores: Nicole Holofcener, Ken Kwapis, Shira Piven. Guionistas: Tig Notaro, Diablo Cody, Kate Robin, Cara DiPaolo, Robbie Pickering, Stephanie Allynne, Melissa Blake. Reparto: Tig Notaro, Noah Harpster, John Rothman, Rya Kihlstedt, Stephanie Allynne, Casey Wilson, Madeline Bertani, Hector Andres Lopez, Beth Burvant, Jill Bartlett, Martha Madison, Adora Dei, Riley St. John, Max Page, Ritchie Montgomery, David Huntsberger. Fotografía: Rhet Bear, Paul Koestner. Música: Marcelo Zarvos.

    Hay una prueba que uno puede hacer para determinar si le va a gustar One Mississippi. Consiste en oír Live, el monólogo en audio que le dio a Tig Notaro el último empuje que necesitaba como cómica para colocarse en un lugar de reconocimiento a nivel nacional, tras años trabajando pasito a pasito para ello. En el espectáculo, Notaro habla de la complicadísima combinación de circunstancias que agitaron su vida en 2012, cuando su madre murió y además fue diagnosticada con un cáncer de mama que requirió una doble mastectomía y casi la mata a ella también. El increíble arrojo de la mujer al contar la experiencia y la ayuda de Louis C.K. (productor ejecutivo de la comedia que nos ocupa) para distribuir el especial terminaron de convertirlo en uno de los documentos del mundillo más comentados del momento. No sorprende por tanto que alguna cadena haya acabado por proponer a Notaro la idea de trasladar su experiencia a la narrativa seriada. Y de así surge esta propuesta descompensada pero muy estimulante, que navega entre la emoción en carne viva y el humor más naturalista para ofrecer un retrato en esencia sobre el proceso de duelo de una familia. Y lo consigue, pero no con la eficacia que le gustaría, porque se le pueden poner unos cuantos peros a la comedia. En primer lugar, seis episodios es muy poco tiempo para contar lo que las creadoras Tig Notaro y Diablo Cody y la showrunner Kate Robin quieren contar, un auténtico arco de evolución y crecimiento de la protagonista desde que aterriza en su ciudad natal para asistir a las últimas horas de vida de su madre hasta que decide que Los Ángeles no es su verdadero hogar y se muda permanentemente a Mississippi. En seis episodios de media hora se pueden contar muchas cosas, como bien han demostrado los británicos con las magníficas Catastrophe (2015-) o Extras (2005-2007), pero se tiene que tener un talento especial para ello, y aquí no está presente. Aquí lo que hay es una combinación que aunque resulta efectiva también es evidente, y que se vea el encaje de bolillos a la hora de presentar una historia es de las peores cosas que le pueden pasar a un guion. Las cosas suceden en One Mississippi porque así lo han escrito un grupo de personas, no porque nos creamos que lo mostrado aquí es vida.

    Pero lo curioso es que el tono de la serie, a caballo entre la oscuridad emocional de un proceso de duelo y lo hilarante que resulta el mundo que rodea a Tig, es el certero tono que tiene la vida y pretende emular la arbitrariedad de nuestra existencia, donde es cierto que muchas cosas suceden de manera inesperada y están fuera de nuestro control. Pero por mucho que dicho tono sea creíble, la traslación se queda corta. Esto se puede ver especialmente en las chirriantes escenas oníricas (con alguna excepción que de hecho es tan poderosa que justifica su presencia: el momento final en el cementerio), que fallan en la diana de la comedia y resultan incómodas. Al final los puntos álgidos de la serie son las escenas domésticas, donde Tig interactúa con su peculiar padrastro Bill (qué voz tiene John Rothman) y con su hermano Remy, y desentrañan con el tiempo el misterio que era la mujer fallecida, fascinante fantasma lleno de secretos y que una excelente Rya Kihlstedt encarna en flashbacks y momento oníricos para nuestro deleite, y cuya importancia radica en la exploración de la idea de que en realidad no conocemos a las personas. Porque cada uno es un mundo, y cuando faltan la construcción de dicho mundo se puede ver tanto el poso que dejan en los que se quedan por detrás como en los recuerdos que atesoramos sobre nuestra relación con ellos. Y de esto tan complejo habla One Mississippi, pero con una falta de recursos creativos que hacen que la brillante idea no reluzca lo suficiente. Las conversaciones que quieren fluir con naturalidad a veces caen en lo ortopédico, y tres horas de metraje total no son suficientes para tocar todos los clímax emocionales que los guionistas quieren sin que se antoje forzado, por lo que se deja al personaje de Remy en la situación más coja. Hay una clara indefinición en la comedia dramática, la búsqueda de esa adecuada forma de relatar lo que se quiere, y que hace que lo episódico (la vecina y el sillón) conviva con lo serializado (la subtrama del abuso sexual, las historias radiofónicas) en disonancia. Y aun con todo esto se salva y mucho de la quema, porque la honestidad de lo contado y la falta de afectación o golpes bajos para buscar la lágrima fácil es digna de todos los elogios. Con un material tan inflamable en las manos, muchos hubieran descarrilado, pero aquí se obra el milagro –quizá por parte de algo tan personal para la propia Notaro– y la sensación que deja de experimentar una catártica llantina es legítima. Si renueva, que esperemos que sí, hay desajustes que corregir, pero el material de base es tan poderoso que merece la pena seguir contando estas historias. | ★★★ |


    Adrián González Viña
    © Revista EAM / Sevilla


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