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    Crítica | El principito

    Le petit prince

    Viaje desde la niñez a la vejez

    crítica de El principito (Le petit prince, Mark Osborne, Francia, 2015).

    Resulta curioso que un libro en principio tan intrascendente como El principito (Le Petit Prince), publicado en 1943 por el aviador francés Antoine de Saint-Exupéry, se haya convertido en uno de los más traducidos, leídos y admirados de la literatura contemporánea, sin menospreciar sus adaptaciones a otros medios como el teatro, el cine o la televisión. Su historia es narrada por un aviador que, siguiendo las propias experiencias de su autor, se estrella en el desierto del Sáhara, y ahí se encuentra con el principito del título que dice venir de un planeta lejano, donde convive con una rosa que adora, y en cuyas inmediaciones hay otros planetas habitados por otros individuos igual de solitarios y extravagantes. En solo esta frase queda resumido el grueso del argumento, confirmando así su apuntada levedad, aunque también cuente con detalles de presunta hondura filosófica y hayan abundado sus interpretaciones de mayor profundidad existencial. En cualquier caso, realizar una nueva adaptación para un largometraje animado en el contexto actual, y dirigirla a todos los públicos, plantea el dilema sobre el grado de fidelidad que debe guardarse hacia la fuente original. Un clásico de esta altura puede suscitar revuelo si se altera demasiado, pero, por otro lado, como hemos adelantado su material se antoja insuficiente para desarrollar una trama que a priori mantenga la atención de su espectador potencial, teniendo en cuenta además que una película no tiene por qué responder sobre su mayor o menor respeto al texto previo en que se basa, sino juzgarse con independencia. Pues bien, un interesante punto de equilibrio es el que habrían encontrado Mark Osborne, director de Kung Fu Panda (2008), y sus guionistas Irena Brignull y Bob Persichetti, enmarcando el susodicho relato en otra historia ajena que debería reflejarlo y trascenderlo.

    En concreto, el metraje arranca con la visita de una madre (con la voz en versión original de Rachel McAdams) y su hija (con la de Mackenzie Foy) a un instituto donde la primera quiere que la segunda sea matriculada, para lo cual debe superar una prueba milimetrada, hasta el punto de que ha memorizado su respuesta a una pregunta final que se sabe de antemano. Sin embargo esta pregunta cambia en el último momento y trastoca su preparación, anticipando así que por muy planificadas que se tengan las cosas, a veces es necesario recurrir a la espontaneidad. La madre hace caso omiso a esta obviedad y se empeña en que su hija siga unas pautas muy marcadas de estudio durante el resto del verano, tachando cada día y hora determinadas actividades a realizar a partir de un trabajoso cuadro que las prevé todas. Empero uno de estos días nuestra pequeña protagonista se topa de forma temeraria con su anciano vecino (dotado del carisma comunicativo de Jeff Bridges), en una morada colorida y destartalada que se aparta de la gris uniformidad arquitectónica del barrio, en consonancia con un personaje que vive anclado en la nostalgia de un pasado sin reglas. Y es que el mismo no es otro que el aviador del cuento, memoria que comparte con la rebelde chiquilla que figura como su único contacto con el mundo actual. Es entonces cuando comienza la interacción entre ambos niveles de ficción, separados por su tratamiento visual. En efecto, las viñetas del librito cobran vida mediante una animación tradicional en stop-motion en sintonía con las primitivas acuarelas de Saint-Exupéry, mientras que la principal y envolvente trama se caracteriza por la animación computarizada a la que estamos más acostumbrados en nuestra modernidad.

    Le petit prince

    «La música realza la imagen con una energía y emoción inéditas en el cine reciente, hasta el punto de que estamos ante el aspecto más valioso de la cinta y la mayor justificación para su visionado, cuando debería haberlo sido su heterodoxa apuesta narrativa».


    El problema es que no se otorga la misma atención a ambas partes, y su enlace no siempre resulta afortunado en cuanto a su progresión dramática, más allá de la intergeneracional. En otras palabras, las escenas esporádicas correspondientes a las vicisitudes del pequeño ser de sangre y capa azul interrumpen un tanto el flujo narrativo, teniendo en cuenta que no se ahonda demasiado en ellas y que el cambio de técnica distrae la atención que deberíamos depositar más bien en las acciones y los personajes principales. Aunque en el último acto de la cinta el principito adquiere mayor protagonismo y se funden los dos niveles mencionados, ello resulta un tanto precipitado ante la escasa conexión anterior, dando lugar a un prolongado clímax donde se confunden la realidad y la ensoñación, hasta el punto de que el riesgo que sufren los héroes se minimiza y difumina. En este sentido reaparecen los antagonistas del cuento original, pero más a modo de cameo que de ingrediente conflictivo, terminando entre ellos con el capitalista que dice poseer todas las estrellas del universo. Aunque la irracional obsesión de este último es la que fundamenta el enfrentamiento final, su opaca motivación impide que nos lo tomemos en serio. En resumen, en lugar de enriquecer la fábula actualizando sus temas moralistas, se presenta una dualidad que no termina de retroalimentarse. Sí hay con todo un fuerte elemento armonizador que se extiende a lo largo de todo el metraje, y es la banda sonora a cargo de Hans Zimmer, junto a Joann Le Blanc y Richard Harvey. Frente a la gravedad sintética que solemos escuchar en el primero de estos compositores, destaca aquí una ligereza etérea en gran parte apoyada en unas melodías corales, donde las voces infantiles cobran un gran relieve, junto a remisiones a canciones populares francesas. El resultado es una música que realza la imagen con una energía y emoción inéditas en el cine reciente, hasta el punto de que estamos ante el aspecto más valioso de la cinta y la mayor justificación para su visionado, cuando debería haberlo sido su heterodoxa apuesta narrativa. Al final esta última, aun siendo atractiva, es paradójicamente predecible, reformulando sin transformar su mensaje de que debe prevalecer la valoración de las relaciones personales frente a la sumisión a las reglas impersonales. | ★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Francia, 2015. Título original: Le petit prince. Presentación: Festival de Cannes 2015. Dirección: Mark Osborne. Guion: Irena Brignull & Bob Persichetti (basado en la novela de Antoine de Saint-Exupéry). Productoras: Onyx Films / Orange Studio / LPPTV / M6 Films / ON Animation Studios / On Entertainment / Paramount Animation / TouTenKartoon. Fotografía: Kris Kapp. Montaje: Carole Kravetz Aykanian & Matt Landon. Música: Joann Le Blanc, Richard Harvey & Hans Zimmer. Diseño de producción: Céline Desrumaux & Lou Romano. Reparto (voces): Jeff Bridges, Rachel McAdams, Paul Rudd, Marion Cotillard, James Franco, Benicio Del Toro, Ricky Gervais, Bud Cort, Paul Giamatti, Riley Osborne, Albert Brooks, Mackenzie Foy. Duración: 108 minutos.

    Póster: Le petit prince
    El fulgor efímero

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