Introduce tu búsqueda

  • Dos ventanas al vacío.
    A Ghost Story, de David Lowery.

    Cock-a-Doodle Dandy.
    Free Fire, de Ben Wheatley.

    En la sombra de la Bohemia.
    Especial 52º Festival de Karlovy Vary.

    Feminismo bizarro.
    Love Witch, de Anna Biller.

    Crítica | El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares

    Miss Peregrine's Home for Peculiar Children

    Niños, el señor Burton ha vuelto a casa

    crítica de El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares (Miss Peregrine's Home for Peculiar Children, Tim Burton, EE.UU., 2016).

    Aviso a navegantes del universo burtoniano: tienen hoy ante sí un grupo de niños con insólitos dones que, a primera vista, pueden invitarle a uno a pensar en la nueva (otra más) saga de superhéroes juveniles benefactores de nuestro mundo, acechado siempre por el mal y sus sicarios; esta otra dimensión paralela en la que sobrevivimos nosotros y por la que se moverían ellos de vez en cuando para evitar, precisamente, el apocalipsis en HD. Pero no se confundan. La peculiaridad en este caso no es ninguna mutación más o menos atractiva. Tampoco un subterfugio caracterizador con el que justificar unos trajes a medida, hidráulicos e incluso inteligentes si se quisiera. Aquí, los llamados «niños peculiares» visten igual que sus coetáneos de 1940, con jerséis sin mangas y pantalones cortos de pinza y vestidos de huérfana pudiente, dos términos contradictorios que encajan a la perfección en el contexto de una película de Tim Burton: ese chico peculiar que conquistó Hollywood, donde la excentricidad nunca fue obstáculo para convertirse en un autor querido y respetado por el público. Con la crítica, eso sí, regalándole unas veces piropos (Ed Wood, Big Fish, La novia cadáver...) y otras, golpes de acreedor lumpen, sobre todo aquel día en que visionaron el remake de El planeta de los simios. Chapuza visual y narrativa que en aquel momento hubiera fulminado al más prometedor de los cineastas, y que sin embargo no consiguió siquiera despeinarlo a él, un peinado andante. Todavía hoy sorprende la aparente facilidad con que Burton se impuso a sus enterradores. Apenas dos años después del resbalón creativo (no así comercial, pues el filme recaudó 362 millones de dólares en todo el mundo), un parpadeo en la cronología de la gran industria, el realizador californiano estrenó una obra maestra cuyo perfil de fábula universal sobre el viaje mismo de la vida, esa vida como río circular con dos márgenes, realidad y ficción, que a menudo se confunden, tal vez impida calibrar en su justa graduación el alcance del triunfo logrado por el guionista —en primer término lector/adaptador de la novela de Daniel Wallace— John August, Ewan McGregor, Albert Finney, Elena Bonham Carter, Jessica Lange y el propio Burton tras la cámara.

    Ha pasado algo más de una década, y en ese tiempo otras siete películas, hasta llegar a esta El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares. Su penúltimo filme, Big Eyes, había indagado, mal que bien, de manera sobria pero reconocible en el espinoso asunto de la autoría o, mejor, en el vampirismo con que Walter Keane sometió durante varios años a su esposa, Peggy Doris (Margaret para los amigos). La verdadera autora de los ojos grandes que dan título a la cinta. La mujer que, ya sea por inseguridad o por sumisión doméstica, pintaba los retratos que el impostor Keane luego firmaba como suyos y vendía a precios seguramente obscenos, y por los que era reconocido no sólo entre los consumidores de arte más iniciados, sino también en círculos menos predecibles: los de la clase media trabajadora que iba al súper o al estanco y se encontraban con aquellos ojos lisérgicos mirándoles fijamente desde una taza, o una camiseta, o una tarjeta de felicitación. El souvenir como etapa ¿última? de un modelo artístico-mercadotécnico sin red protectora. Y un Burton atípico, al menos en comparación al Burton de la cara A; un director acostumbrado a transitar fincas que expelen niebla, edificios y personajes góticos, fantasías preñadas de monstruos que habitan en las sombras, pero no únicamente en ellas, ya que también pueden adquirir la forma de un asustadizo escultor de plantas aun con el sol cayendo a navajazos, en una urbanización a las afueras de Los Ángeles. O la de cierto barbero psicótico de la calle Fleet. O la de todo un Batman o un Joker a los pies, que ya son, de Kim Basinger. Tanto da. Cualquiera que sea su apariencia y su intención, sabremos que es una criatura de Burton porque este ya no es solo un realizador, o productor ocasional, es una marca de fábrica. El nombre que acredita —a veces también como productor ejecutivo, es decir apadrinando— el interés del producto final, cuya fábula permanece casi siempre bajo la metonimia, si bien pictórica, autor-por-obra de los cinéfilos que escapan a todo diciéndole a alguien: «Hoy voy a ver una de Burton».

    Miss Peregrine's Home for Peculiar Children

    «A Jake le sobran dos excursiones y le falta sangre para habitar con garantías el loop. Pero ni su asfixiante candidez frente al histrionismo de Samuel L. Jackson impiden que disfrutemos la andadura, divisando acantilados por los que trepan unos finos monstruos zancudos, descendientes de las mágicas aberraciones de Guillermo del Toro».


    Y así entramos a ver El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares, adaptación del bestseller juvenil y (presumo a falta de haberlo leído) no poco interesante de Ramson Riggs. Los niños allí dispuestos poseen habilidades extraordinarias, pero no ayudan a nadie con ellas. Al principio de la película se esconden y al final, también. No existe ningún dilema mutante como los que (des)cribió, con desigual fortuna, la guionista Jane Goldman en X-Men: Primera generación y X-Men: Días del futuro pasado —esta en calidad de argumentista. Goldman tomó Hollywood al sprint con Stardust y completa aquí un trabajo que evoca más el cine fantástico, de ciencia ficción (un protagonista saltando épocas a través de un bucle) y de aventuras de corte naíf, retrovisor mirando intermitentemente al cine sesentero de Don Chaffey y Ray Harryhausen con sus esqueletos stop-motion moviéndose de un lado a otro en Jason y los argonautas, que al clásico terror en blanco y negro de la Universal y esos sucedáneos de serie B y Z que tanto gustan a Tim Burton. De ahí que en este mestizaje de referencias y formas también haya espacio para el humor, tan denostado en ocasiones por ciertos directores que advierten en el cine de género una vía de sublimación personal que demasiadas veces confluye con otra muy próxima: la del ridículo, y el consiguiente rechazo del espectador. Y todo, quizá, por tomarse la historia demasiado en serio. Burton rehúye los accesos de solemnidad, la épica forzada, el posible giro hacia un espectáculo que intente disfrazar con golosinas visuales lo que no son más que carencias narrativas de bulto. Muy pronto, el protagonista (Asa Butterfield, el Hugo Cabret de Martin Scorsese) toma el ferry junto a su padre camino de una geografía perenne en la que, según el abuelo de Jake, hay una residencia, una mansión para niños especiales que se esconde a la vista del mundo ordinario, por así decirlo. Dirigido con iguales dosis de afecto, compasión y autoridad por Miss Peregrine, tutora y protectora (no sé sabe muy bien por qué o ante qué, o sí, aunque es un secreto del abuelo Abraham Portman, cuyo testigo recogerá su nieto Jake, con la misteriosa y sorpresiva aparición de un Samuel L. Jackson con el pelo gris eléctrico y unos ojos blanquísimos) de aquel grupo singular, el caserón refugia a un niña con una boca extra de piraña en la nuca, a un chico hecho de avispas, a un renacuajo invisible, a dos gemelos con sendos sacos en la cabeza, que, intuye uno, ocultan su virtud para evitar desgracias ajenas; otra niña con la fuerza de veinte hombres y una casi adolescente que acelera el crecimiento de las plantas, toda clase de plantas, y otra, esta más talluda, que es un mechero humano, y también un chico muy celoso que construye artilugios a los que inserta un corazón mecánico transformándolos así en marionetas a merced de sí mismo. Y por último, una chica tan leve como la pluma de Forrest Gump, sujeta al mundo con unas botas especiales, y un rubicundo con percha de administrativo alemán que proyecta sus sueños con la mirada como si fuera, exactamente, un proyector de cine Super 8. Por eso de tanto en tanto utiliza un pequeño objetivo que se pega al ojo, como un cachivache steampunk, a través del cual sus amigos contemplan la-película-de-sus-sueños.

    Hay un punto de inflexión que marca el sugerente devenir de la película. Una de las niñas conduce a Jake hasta la puerta de la mansión, a la que llaman un par de veces. A continuación la puerta se abre y vemos a una mujer fumando pipa, y que saluda con un fuerte acento del Norte. Es la versión heavy, pero chic, de Mary Poppins. Una prima no tan lejana de Willy Wonka, a la que sin duda hubiera asentido el mismo Roald Dahl. De alguna manera, la presencia de Eva Green aporta un grado de autoridad impensable en cualquier otra intérprete de su generación. Burton ha encontrado en Green un filón que otros directores, por motivos —supongo— que trascienden lo cinematográfico, prefieren desechar sin pensárselo. Cuestiones físicas aparte, quizá sea una de las actrices más infrautilizadas de la actualidad. Su filmografía, que abunda en blockbusters de medio pelo, tiene en su haber una joya como Soñadores, pero ni tan siquiera esta dulce melé consigue mostrar la verdadera dimensión de una actriz marcada, de nuevo, por su singularidad. Así, la historia filtra varios kilos de referencias que Burton se dispone a matizar sin prisa ni pausa. A Jake le sobran dos excursiones y le falta sangre para habitar con garantías el loop. Pero ni su asfixiante candidez frente al histrionismo de Samuel L. Jackson (sé que es una sobreactuación buscada, made in Tarantino, pero me parece insufrible), ni un final lioso (¿en qué año vive este chaval?, ¿durante cuántos años viaja los últimos cinco minutos del filme?) impiden que disfrutemos la andadura, divisando acantilados por los que trepan unos finos monstruos zancudos, descendientes de las mágicas aberraciones de Guillermo del Toro. | ★★★ |


    Juan José Ontiveros
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2016. Miss Peregrine's Home for Peculiar Children. Director: Tim Burton. Guión: jane Goldman (Novela Ramson Riggs). Fotografía: Bruno Delbonnel. Música: Matthew Margeson, Mike Higham. Reparto: Eva Green, Asa Butterfield, Samuel L. Jackson, Judi Dench, Ella Purnell, Allison Janney, Rupert Everett, Terence Stamp, Kim Dickens, Chris O'Dowd, Finlay MacMillan, Cameron Greco, O-Lan Jones, Justin Davies, Bomber Hurley-Smith,George Vricos, Andrew Fibkins, Bryson Powers, Jack Fibkins, Hayden Keeler-Stone, Lauren McCrostie. Productora: Chernin Entertainment / Tim Burton Productions. Distribuidora: 20th Century Fox. PÓSTER OFICIAL de EL HOGAR DE MISS PEREGRINE PARA NIÑOS PECULIARES: LINK.

    Feelmakers

    0 comentarios:

    Publicar un comentario

    "Sueñen. Vean cine."

    Críticas

    Festivales

    • El cine de Olivier Assayas. Una mirada a su filmografía

      Por Ignacio Navarro / «Todo lo que se necesita para hacer una película es una mujer y una pistola. Esta frase un tanto discutible (por lo sexista) la pronunció Jean-Luc Godard, nada menos que el estandarte de esa corriente tan identificable del cine como fue la Nouvelle Vague...».
    • Las 10 mejores películas de Luis Buñuel

      Por Alberto Sáez Villarino. «A pesar de lo que pudiéramos imaginar, movidos por la falta de preocupación de unos medios de comunicación con cierta tendencia a la holgazanería a la hora de catalogar los estilos y movimientos artísticos, el período surrealista de Buñuel fue considerablemente breve. En realidad, sólo dos películas entran dentro de los esquemas político-estéticos propuestos por André Breton: Un perro andaluz y La edad de oro...».
    • Monstruos que huyen, monstruos que persiguen, monstruos que observan: M, el vampiro de Düsseldorf

      Por Elisenda N. Frisach. «Fue a mediados del siglo pasado, cuando Europa se recuperaba de la Segunda Guerra Mundial mientras se encaminaba a una tercera contienda de alcance planetario –aunque esta vez marcada por un equilibrio del terror conocido como «Guerra Fría»–, que el historiador francés Daniel Halévy publicó su libro Ensayo sobre la aceleración de la historia (1948), donde, entre otras cosas, determinaba el espíritu de nuestra época; un zeitgeist marcado por la constante transitoriedad tecnológica y científica...».

    Classics

    [12][Trailers][slider3top]