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    Crítica | Chevalier

    Chevalier

    «Épater le patriarche»

    crítica de Chevalier (Athina Rachel Tsangari, Grecia, 2015).

    En sus Confesiones, Agustín de Hipona trata de remachar su concepción del pecado como enfermedad vírica a partir de la historia de Alipio, uno de sus discípulos. Alipio, convertido al cristianismo, emprendió una feroz campaña en contra de los juegos circenses romanos, a los que consideraba un espectáculo de salvajismo degradante. Pero un buen día, sus amigos (ay, las malas compañías) arrastraron al bueno de Alipio a una localidad en el Coliseo, obligándolo a presenciar junto a ellos las luchas de gladiadores. El susodicho decidió sentarse y mantener los ojos cerrados en todo momento, pero el sonido del fragor del público enardecido ante un punto álgido de los combates fue demasiado para su curiosidad. Alipio abrió los ojos y miró a la arena durante unos pocos segundos que fueron su perdición. «Tan pronto como contempló aquella sangre, ya no pudo apartar ya sus ojos de ella», escribe el de Hipona: «Bebió de aquella violencia y sintió el placer de la lucha. Ya no era aquel mismo hombre que acababa de llegar. Era uno del montón, uno más del populacho con que se había mezclado. Se entusiasmó, se desgañitó, y de allí se llevó consigo la locura que le hizo volver al anfiteatro, y arrastrar consigo a otros». ¿La moraleja? Que ante un sistema social con la corrupción moral instalada en su base, poco puede hacer la débil voluntad de un solo hombre. Que todos, dicho en corto, somos Alipio.

    No se pretende aquí juzgar lo atinado de la conclusión del doctor eclesiástico. Sino apuntar a que, en el fondo, en Chevalier puede rastrearse un afán ejemplarizante similar. Observemos la trama que plantea la griega Athina Rachel Tsangari: seis hombres que navegan en un pequeño yate por el mar Egeo en un viaje de pesca deportiva, y que para matar el aburrimiento organizan una disparatada competición (aunque rigurosamente seria para los contendientes) que dictaminará cuál de ellos es «el mejor hombre». Cada uno de sus gestos, comportamientos o características (desde sus ronquidos al dormir hasta su forma de cocinar el pescado) serán minuciosamente puntuados por el resto. El ganador obtendrá su anillo de campeón. El relato tiene un deje de mito etiológico: el primitivismo que puede asociarse a lo remoto del escenario en el que se sitúa (el vasto y profundo mar que navegó Ulises), el aislamiento contextual al que son sometidos los personajes y que recalca su condición de arquetipos, o la dirección final de su viaje: vuelven de la naturaleza a la civilización, en la que desembarcan infectados por la «enfermedad» de la competición que han contraído en el camino. Una enfermedad tan inevitable de contagiar (una vez desafiada su hombría, ninguno de los seis protagonistas es capaz de esquivar la disputa) como angustiosa para cada una de sus víctimas (por lo que tiene de corrosiva para la autoestima la continua exposición a la comparación con los otros). Subyace aquí una crítica al capitalismo extremo y sus dispositivos, pero en el origen de la enfermedad aún puede colegirse un sistema más amplio. Ese ente al que se ha dado en llamar el patriarcado.

    Chevalier

    «Si bien tiene ciertos toques de humor seco en su forma desapasionada de observar a los seis machos en liza, su ironía no vuela demasiado alto. Y, sobre todo, la voluntad de señalar de forma inequívoca al fondo pulveriza cualquier matiz en sus formas».


    Que Tsangari pretenda elaborar una fábula esópica sobre los mecanismos sustentadores de la falocracia parece claro. Obsérvese, por ejemplo, el cartel de la película. Un timón (símbolo del poder conductor) formado por seis astas con acabados inequívocamente masculinos. La contienda de virilidades como germen del pecado original patriarcal. Seis hombres que disfrutan de sus vacaciones en libertad (¿una versión distendida del paraíso del Génesis, quizá?) sucumben a la presión de la competitividad extrema, dejan anular sus identidades por ella y contagian el mal a las clases inferiores, como se constata en la escena final donde los criados del barco terminan imitando el juego. No es difícil intuir la lectura alegórica sobre una Grecia atrapada por los resortes de un capitalismo feroz que no parece beneficiar a nadie en particular. Pero también se puede reducir a algo más abstracto, y en esto volvemos al bueno de Alipio. Si se aísla al individuo y se le somete a la influencia de una situación donde los comportamientos civilizados ceden ante lo visceral, parece decirnos la directora en su estudio microscópico, poco puede hacer el individuo para mantener sus convicciones. Todos somos el patriarcado. Conviene, por tanto, tratar de ser precisos en los términos. Se ha calificado a Chevalier como «estudio de personajes», cuando es más bien lo contrario. Las diferencias de carácter entre los seis hombres, remarcadas por el guion en sus primeras exposiciones, no se desarrollan como forma de indagar en sus psicologías, sino de reforzar la moraleja conductista cuando todos ellos terminan por ceder ante la lógica de la contienda fálica. Sería más correcto, por tanto, el término estudio discursivo. Tsangari trabaja desde una tesis y utiliza seis paradigmas insertos en un diseño de campo experimental, presentando los resultados desde una óptica objetivista (la sequedad de una elección de planos que diseccionan la escenografía desde todas las distancias y ángulos). ¿Trasciende algo más allá de esta voluntad de ilustrar? Al menos en la opinión del que suscribe, no. Si bien tiene ciertos toques de humor seco en su forma desapasionada de observar a los seis machos en liza, su ironía no vuela demasiado alto. Y, sobre todo, la voluntad de señalar de forma inequívoca al fondo pulveriza cualquier matiz en sus formas. Al igual que nuestro Alipio, a ratos cristiano devoto y a ratos parte del populacho ávido de casquería (según la conveniencia del discurso), en sus seis navegantes hay poco espacio para los matices. | ★★ |


    Miguel Muñoz Garnica
    © Revista EAM / Atlántida Film Fest


    Ficha técnica
    Grecia, 2015. Chevalier. Directora: Athina Rachel Tsangari. Guión: Efthymis Filippou, Athina Rachel Tsangari. Productora: Faliro House Productions, Greek Film Center, Haos Film. Presentación oficial: Festival de Locarno 2015 (sección oficial). Premios: Hellenic Film Academy Awards (mejor película, director y guión); Festival de Londres (mejor película). Productores: Maria Hatzakou, Christos V. Konstantakopoulos. Fotografía: Christos Karamanis. Montaje: Matthew Johnson, Yorgos Mavropsaridis. Diseño de producción: Anna Georgiadou. Vestuario: Vasileia Rozana. Reparto: Giannis Drakopoulos, Kostas Filippoglou, Yiorgos Kendros, Panos Koronis, Vangelis Mourikis, Nikos Orphanos, Efthymis Papadimitriou, Giorgos Pyrpassopoulos, Sakis Rouvas. Duración: 105 minutos. PÓSTER OFICIAL de CHEVALIER: LINK.

    Chevalier se estrenará en España el 18 de noviembre distribuida por Noucinemart.

    El fulgor efímero

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