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    Crítica | The Beatles: Eight Days a Week - The Touring Years

    The Beatles: Eight days a week

    Complaciente 'beatlemanía'

    crítica de The Beatles: Eight Days a Week - The Touring Years (Ron Howard, Reino Unido, 2016).

    Siempre hay que empezar por algo llamativo que despeje a duras penas las incógnitas sobrevenidas. Esta vez, el detalle es un nombre crucial: George Martin. A él, productor con el sello oficioso de «quinto Beatle», está dedicado este documental sobre un grupo que fue, por este orden, música y religión a pesar del propio Jesucristo, al que John Lennon le disputó no sin ironía en una entrevista el título de ¿personaje? más famoso del mundo. Declaración que, pronunciada desde Liverpool, no tardó en alcanzar tierras estadounidenses poco antes de que los Beatles aterrizasen por segunda vez en el mismo país donde ya habían alcanzado el número uno con I Want To Hold Your Hand. La inofensiva boutade de Lennon abrió un debate extemporáneo entre los sectores progresista y conservador de una sociedad cuyos reaccionarios voceros invitaron a la chavalería a quemar los álbumes de unos melenudos que se atrevían a disputarle, si bien satíricamente, el opio al otro gran melenudo de la Historia Universal. Cosas del rock 'n' roll: a falta de nuevos estímulos, un poco de ruido mediático y bilis celestial es la excusa perfecta para reeditar un triunfo y ganarse, en el entretanto, a los dos o tres escépticos de la bautizada como «beatlemanía». Y es que nadie como los Beatles supo entender la importancia de la provocación sutil en el pop: vestuario a medida, corte de pelo suntuoso pero subversivo, simétrico a lo Playmobil, y demostraciones de una camaradería casi fraternal que se presumen, aún hoy, claves en la cristalización de lo que Ringo Starr llama —en parte por algunos de los aspectos estéticos ya mencionados— el «monstruo de una sola cabeza». Una banda con el bagaje académico que brindaban entonces, en 1963, los clásicos del rock: Elvis Presley, Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, Little Richard y demás capataces salidos de una veta indestructible de músicos que revolucionaron, en distintos niveles y formas, no ya el sonido incandescente que irradiaban las guitarras eléctricas y los pianos sino la manera de entender la música como un catalizador social y cultural, un acicate del instinto amoroso puramente festivo y, también, un código con el que estrechar lazos entre opuestos que, vaya, nunca habían sido tales.

    Dirigida por el ínclito Ron Howard, The Beatles: Eight Days a Week - The Touring Years muestra, a través de imágenes de archivo, entrevistas con Paul McCartney, Ringo Starr y el muy beatlemaníaco Elvis Costello (entre otras voces autorizadas), más el añadido de una actuación de treinta minutos celebrada el 15 de agosto de 1965 en el Shea Stadium de Nueva York, la erosiva relación de los fans con sus ídolos durante la irrepetible gira que llevó al cuarteto de Brian Epstein, mánager y pensador en la sombra, por diversas latitudes hasta erigirse en el mejor instrumento de cohesión sexual, o quizá tan solo como esa arma del imperio británico que, cantando aquello de «Please Please Me» o «Help! I need somebody / Help! Not just anybody» o «A Hard Days Night» (sabrosa canción hecha película, y viceversa) logró concitar al público y parte de la crítica especializada en la certidumbre no de que ellos eran el futuro, sino más bien de que el futuro —llamémoslo pop intemporal— empezaba con ellos alejándose de la turba para componer tres obras maestras consecutivas, esto es: Rubber Soul (1965), Revolver (1966) y St. Peppers Lonely Hearts Club Band (1967). La Santísima Trinidad. Y de nuevo, por alusiones, llegamos a Jesús. A la religión. A Liverpool. O sea al fútbol, y por ende al estadio donde cada jornada se les recuerda a los jugadores del equipo local que nunca caminarán solos. He aquí otro mecanismo de cohesión, esta vez, menos sexual que cinematográfica. Sesenta mil gargantas coreando, mal que bien, al unísono los versos de Lennon y McCartney aquella sofocante tarde de agosto en el Shea Stadium, un recinto multiusos que bien hubiera podido acoger, además del concierto, una competición de tiro al plato.

    The Beatles: Eight days a week

    «Ron Howard interpreta a la perfección su papel de cronista en diferido, un guardián que ajusta la maquinaria observando por la cerradura del tiempo al niño que fue y su baile pituso merced a unos señores que, urgidos por John Lennon, acabarían grabando una canción —A Day In The Life— al revés, literalmente; o mejor aún, reproduciendo hacia atrás parte de lo grabado. Diabluras de un genio que apenas son mostradas en un filme que escribe el punto final cuando lo mejor está a punto de ocurrir; cuando la irrealidad del póster on the road deviene efervescencia descreída».


    Ninguno de los músicos oía nada. Starr seguía el ritmo fijándose en el metrónomo corporal de sus colegas. El concierto se escuchaba crepitante a través de la megafonía del estadio, «como mil transistores encendidos al mismo tiempo», dice el batería. Y sin embargo, ni Lennon ni McCartney ni George Harrison parecían desafinar un ápice. ¿Qué restaba entonces de aquellos jovencitos rockeros asiduos del Cavern, regresados de Hamburgo a la espera de su Big Bang? En apenas dos años (1962-1964), la banda pasó del acomodadizo reconocimiento tribal al abrumador éxito de un fenómeno que trascendía el orden artístico, e incluso el puramente mercadotécnico, para situarse en una posición hegemónica; si bien dentro de un negocio salpicado de minas antipersona y en una tesitura de guerra fría y ensayos nucleares y lucha por los derechos civiles, subordinada al espionaje post-Kennedy. Los Beatles, no sin méritos ni himnos, alcanzaron muy pronto la categoría de iconos del siglo XX. Y Ron Howard interpreta a la perfección su papel de cronista en diferido, un guardián que ajusta la maquinaria (discurro yo ahora) observando por la cerradura del tiempo al niño que fue y su baile pituso merced a unos señores que, urgidos por John Lennon, acabarían grabando una canción —A Day In The Life— al revés, literalmente; o mejor aún, reproduciendo hacia atrás parte de lo grabado. Diabluras de un genio que apenas son mostradas en un filme que escribe el punto final cuando lo mejor está a punto de ocurrir; cuando la irrealidad del póster on the road deviene efervescencia descreída y los titanes se recluyen bajo la famosa azotea de los estudios Apple Corps, sitos en Londres, y se animan incluso con las sugerencias de un George Harrison cada vez más experimental —ideólogo también de la implantación del sitar en algunas grabaciones señeras del grupo. Son los años en que Ringo se atrevía a imitar los espasmos chulescos de Elvis. Los años en que McCartney aún sabía sonreír. Los años en que John buscaba respuestas (sin preguntas) en diamantes. Los años en que George no levantaba suspicacias. O sí. Los años del póster, tan solo, pero qué años. | ★★★ |


    Juan José Ontiveros
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Reino Unido, 2016. Director: Ron Howard. Guión: Mark Monroe, P.G. Morgan. Fotografía: Michael Wood. Música: Rick Markmann, Dan Pinnella, Chris Wagner. Reparto: Paul McCartney, John Lennon, George Harrison, Ringo Starr, Elvis Costello, Whoopi Goldberg, Sigourney Weaver, Richard Lester, Larry Kane.

    Póster: The Beatles: Eight days a week
    Feelmakers

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