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    Crítica | Sutak, nómadas del viento

    Sutak

    No es posible descender dos veces el mismo río

    crítica de Sutak, nómadas del viento (Sutak, Mirlan Abdykalykov, Kirguistán, 2015).

    Debut tras las cámaras del actor Mirlan Abdykalykov, hijo de Aktan Arym Kubat –uno de los pocos autores con cierta proyección internacional de una cinematografía tan ignota como la de Kirguistán, y coguionista de la obra–, Sutak, nómadas del viento (2015) es un delicado poema panteísta que, merced a su sencillez argumental y a su exuberancia visual, ofrece una mirada llena de ternura y melancolía sobre un estilo de vida, el de los nómadas de Asia Central, irremisiblemente condenado a la extinción. Sin duda, solo por el hecho de ser una de las pocas películas con distribución en España de un país tan desconocido en nuestros lares, el cinéfilo más engagé debería verla “obligatoriamente”. Pero es que, además, se trata de un filme que, sin lograr –ni pretender–, pasar a la historia del séptimo arte, consigue llevar a cabo con elegancia e inteligencia la difícil pirueta de mezclar un drama intimista y familiar con un documental antropológico y con una reflexión sobre el sentido de la vida que conmueve hondamente al espectador sin alardes melodramáticos ni giros sorpresivos. De hecho, Abdykalykov hace buena la máxima de “menos es más”, pues gran parte del acierto de la cinta radica en el empleo de una anécdota mínima para extraer, a partir de ella, toda la carga sociológica y existencial que atesora.

    Varios son los recursos discursivos que el realizador emplea con este propósito. De un lado, está su condensación espacial, puesto que la pieza transcurre íntegramente en el majestuoso valle que cobija la yurta de una familia kirguís compuesta por el patriarca del clan, Tabyldy (Tabyldy Aktanov), su esposa Umsunai (Jibek Baktybekova), su nuera Shaiyr (Taalaikan Abazova), y sus dos nietos: el veinteañero Ulan (Myrza Subanbekov), que está estudiando en la gran ciudad, y la pequeña Karachach (Anar Nazarkulova), verdadera cómplice de su abuelo, y cuya mirada inocente y pura es la que adopta el director para transmitirnos la visión del mundo emanantista, o incluso animista, que posee la etnia a la que se adscriben. También, y siguiendo con dicha idea de mínimos, solo hay un único personaje adicional a lo largo del metraje, Ermek (Jenish Kangeldiev), sintomáticamente encargado de la estación meteorológica que se asienta en el valle, y del todo ajeno a las costumbres de la familia protagonista; lo que no impide su enamoramiento de la viuda Shaiyr. En este sentido, la trama no es especialmente sorprendente ni original, lo que puede resultar un lastre para algunos espectadores, pero demuestra, no obstante, el deseo de su creador de ser honesto y llano. Así, la contraposición de dos estilos de vida, en el que uno está absorbiendo al otro, se produce no solo con la latente atracción entre Shaiyr y Ermek –explicitada en una secuencia nocturna de sensual fotografía, lo que le confiere un aire prácticamente pecaminoso–, sino con la visita por las vacaciones de Ulan, que casi ha olvidado las habilidades con las que creció (montar a caballo, cazar…). De esta manera, y mientras se nos narra el verano de este pequeño núcleo familiar y del “intruso” que parece destinado a perturbar su idílica existencia –pues también es portador de la decisión gubernamental de hacer obras en el valle–, inadvertidamente se nos van mostrando los distintos rituales kirguís: su forma de preparar comida, de ofrecer hospitalidad, de cazar, de proveerse de energía, de dar sepultura a los muertos, etc.

    Sutak

    «El filme navega mayores pretensiones que recordarnos, con llaneza y emotividad, en qué consiste realmente “ser” humanos –y, por ende, en qué consiste realmente “vivir”–, Sutak, nómadas del viento se encuentra a caballo entre el mejor Spielberg “para todos los públicos” y el documentalismo etnográfico».


    Sobra decir que, para la mirada occidental, todo ello ya deviene fascinante de por sí; pero el hecho de que el realizador incida, sobre todo, en la cultura oral de la tribu de nómadas, a través de la plasmación visual de los relatos tradicionales que Tabyldy le cuenta a Karachach, le confiere suaves pinceladas líricas, casi preternaturales, a la narración. O dicho de otra forma: la febril imaginación de la niña adapta a su propia experiencia personal los cuentos populares que su abuelo le transmite, incidiendo en el topos de la Edad de Oro o propiciando que, por ejemplo, el águila que aparece de forma recurrente se convierta en otro de los personajes de la intriga. En realidad, y en coherencia con la voluntad de hacer partícipe al espectador de esa existencia a punto de desaparecer, Abdykalykov emplea los elementos de la flora y la fauna que rodean la humilde casa de los protagonistas con carácter simbólico, de ahí el contraste entre el caballo joven y el viejo; la (aparente) inmutabilidad de las montañas; el “intrusismo” de los bloques de hormigón traídos por las autoridades, o, sobre todo, el perpetuo fluir del agua del río, proveniente de las altas cimas desheladas y que funciona como una metáfora heracliana sobre el eterno fluir de la vida. No en vano, el hijo muerto, destinado a suceder a Tabyldy al frente del clan, murió ahogado; y es que la imparable corriente de los tiempos no se detiene ante nada. O como dice el clásico verso de Jorge Manrique: «Nuestras vidas son los ríos/que van a dar en la mar,/qu'es el morir». Ante ello, se oponen las actitudes de Umsunai, de miedo al cambio y por tanto censura continua de todo aquello que lo anuncia; de su marido, muy mayor y enfermo, que observa con la triste serenidad de los sabios el fin de una era, y de su nuera, presa de remordimientos por anhelar para ella y sus hijos la vida, el futuro, la modernidad.

    En un alarde de sutileza y buen gusto, el autor refleja la importancia de los ciclos naturales para los nómadas mediante los gestos repetitivos de su cotidianeidad y un montaje donde abunda la repetición; baste citar los continuos planos generales que recogen el cielo, las montañas o el río, o los planos medios que describen el interior de la yurta. Estamos, por tanto, ante una cinta que cumple con creces su propósito, que no es otro que el de entonar un sincero canto elegíaco hacia una forma de vida que ha definido Kazajistán durante siglos; un memento que hace extensivo a la experiencia colectiva del planeta, pues, por desgracia, la humanidad se ha alejado tan del entorno que la creó, que ahora es tan ajena a él como si de una especie extraterrestre se tratara. Sin mayores pretensiones que recordarnos, con llaneza y emotividad, en qué consiste realmente “ser” humanos –y, por ende, en qué consiste realmente “vivir”–, Sutak, nómadas del viento se encuentra a caballo entre el mejor Spielberg “para todos los públicos” y el documentalismo etnográfico o la denominada etnoficción, que abarca películas como Nanuk, el esquimal (1922), de Robert J. Flaherty; Dersu Uzala (1975), de Akira Kurosawa; El árbol de los zuecos (1979), de Ermanno Olmi; Cannibal Tours (1988), de Dennis O'Rourke, o Tulpan (2008), de Sergei Dvortsevoy, por citar largometrajes muy diferentes entre sí. En definitiva, un filme tan sencillo como bello, tan entrañable como triste, tan honesto como poético, tan digno de invertir en él sus escasos 80 minutos de duración. | ★★★ |


    Elisenda N. Frisach
    © Revista EAM / Barcelona


    Ficha técnica
    Kirguistán, 2015. Título original: Sutak. Director: Mirlan Abdykalykov. Guion: Aktan Arym Kubat y Ernest Abdyjaparov. Producción: Aitysh Film/Oy Art Film Producing Company. Fotografía: Talant Akynbekov. Música: Murzali Jeenbaev. Intérpretes: Tabyldy Aktanov, Jibek Baktybekova, Taalaikan Abazova, Anar Nazarkulova, Jenish Kangeldiev, Myrza Subanbekov. 81 min.

    Póster: Sutak
    Feelmakers

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