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    Crítica | Café Society

    Café Society

    Curtain Call

    crítica de Café Society (Woody Allen, EE.UU., 2016).

    El comienzo de Café Society nos avisa de que algo ha cambiado en la dramaturgia de Woody Allen, sin embargo, no conseguimos discernir con claridad de qué se trata exactamente; la presentación de personajes arquetípicos de la escena judía sigue presente en pares antagónicos: soñadores y pesimistas, triunfadores y fracasados, tímidos y decididos; el incesante ritmo dixieland también acompaña imperturbable a cada escena; el cinismo, histérico y nervioso, inherente al carácter del protagonista que representa una nueva versión rejuvenecida del propio director no se hace esperar… entonces ¿qué es lo que no termina de cuadrar en el tradicional molde alleniano? Es como si los planos estuvieran dotados de un espeso filtro que ralentizara y acentuara la gracia de los movimientos de cada personaje, como si la gravedad se reduplicara en el campo de acción de la cámara y el espacio fílmico absorbiera toda la luz a su alcance para irradiar, desde cada elemento de la composición artística, un aura especial dotada de luminosidad propia y majestuosa. Y ahí estaba la clave, en la fotografía, compuesta para la ocasión por todo un maestro del encuadre y la perspectiva como es el tres veces oscarizado, Vittorio Storaro. Una fotografía de la que Allen se aprovecha para acentuar su mapa de contrastes idiosincráticos al tiempo que revela un afortunado cambio posmoderno de óptica y enfoque que, por extensión, afectará al completo del esquema narrativo.

    Con este contraste visual, el realizador neoyorquino expone un planteamiento alegórico de doble intencionalidad, que tiene como principales funciones subrayar las diferencias conceptuales en el comportamiento y la identidad de los integrantes de diferentes clases sociales, y la disparidad geográfica entre dos ciudades opuestas que actúan como un todo demográfico absoluto dentro de este universo hiperreal. De este modo, cuando Bobby decide escapar de Brooklyn —antes de que se convirtiera en el nuevo centro neurálgico de la cultura hipster-cool que es hoy— para irse a vivir a Hollywood, donde se encuentra su exitoso tío Phil, activa de algún modo ese mecanismo comparativo con el que Allen fundamenta la comicidad argumental en la que se sustenta el filme al completo, que no sólo consistente en la diferenciación entre las ciudades de Nueva York y Los Ángeles, sino también en realizar un estudio de antropología concienzudo donde quedan al descubierto los excesos y defectos —también alguna que otra virtud— de dos grupos sociales bañados por el agua de dos océanos diferentes. La narración parte de una estructura muy similar a la de las epopeyas clásicas, donde el héroe es presentado en una posición de frustración al ser incapaz de encajar la magnitud de sus aspiraciones en la estrechez de posibilidades que le ofrece su entorno primigenio. Entonces se procede al viaje: iniciático por naturaleza, instructivo por necesidad, y dolorosamente cómico, por supuesto. Un viaje del que regresará aleccionado y escarmentado, convertido en todo un adulto y dispuesto a afrontar, ahora desde casa y con los de su propia clase, la nueva etapa de su vida, en la que espera cambiar el entorno como la experiencia lo ha cambiado a él mismo. La ironía del guion pronto toma una importancia protagonista al otorgar a la localización geográfica todo el peso de la narración. Allen utiliza la contraposición semántica de los lugares del relato: California y Nueva York, como medio de enfatizar el determinismo del ambiente sobre el individuo. El contexto tiene una importancia mayor que la simple función decorativa, actúa como la unidad que aporta sentido a los hechos ocurridos en él. Brooklyn se presenta como la cuna de la intransigencia artística y liberal, es un lugar donde aferrarse a los códigos familiares de trabajo duro y hereditario, donde las opciones son, o la honrada esclavitud, o la próspera delincuencia. Un ambiente chabacano de incomprensión doctrinal e incongruentes enmiendas. Los Ángeles, por el contrario, evoca el verdadero sueño americano, la tierra de las oportunidades y la desligazón de esa perniciosa herencia tradicional. Un contraste que quedará genialmente plasmado en la primera escena, cuando el protagonista cruza la mencionada frontera física e ideológica, gracias a un encuentro de tintes sacrílegos, con una virginal prostituta judía de hilarante inexperiencia.

    Café Society

    «El director, con un tono cómico incomparable, presenta un mensaje pesimista que incide en el hecho de la dificultad del ser humano para romper las cadenas que lo atan a sus raíces. El terrible inmovilismo del hombre y su conformismo son las claves de la infelicidad de la mayoría de la población irrealizada».


    Ya adaptado a la pompa hollywoodiense, Bobby comienza a trabajar como asistente de su tío en una empresa cinematográfica de gran importancia. Sus expectativas pronto serán superadas al encontrarse a sí mismo rodeado de las grandes estrellas del espectáculo y con unos cuantiosos incentivos. Como era de esperar, en el excitante ambiente californiano, Bobby no tarda en sentirse víctima del amor, un flechazo que lo asaltará en el mismo trabajo al caer enamorado de su amiga y compañera, Vonnie quien, además, es la amante secreta de su tío. Aquí comienza el triángulo amoroso que da inicio a la típica teoría del caos que tanto ha obsesionado a Allen en todos sus años de carrera, donde el sexo ha sido siempre el detonante de todos los conflictos sociales del mundo moderno. La parodia romántica se entrelaza de manera sutil con la pasión más poética gracias al inmenso talento de Storaro, que no deja de regalarnos momentos de belleza antológica, jugando con luces directas, indirectas y la combinación perfecta y estratégica de la iluminación artificial y natural para facilitar la transición entre escenas y la aclimatación idónea a determinados instantes de intensidad amorosa. Por desgracia no le durará mucho a Bobby su ensimismamiento y, cuando por fin se creía dueño de su destino y cumplidor de todos sus sueños, se encontrará de vuelta en Nueva York con el corazón roto aunque, eso sí, convertido en todo un empresario capaz de llevar adelante el glamuroso club que su hermano Ben, un notorio mafioso local, ha montado.

    El título del filme hace referencia precisamente a este tipo de locales donde los artistas y gente de la alta sociedad se reunían para dar rienda suelta a su imaginación creativa o erótico-festiva en la frenética Nueva York post “Ley Seca”. El director, con un tono cómico incomparable, presenta un mensaje desesperanzador que incide en el hecho de la dificultad del ser humano para romper las cadenas que lo atan a sus raíces. El terrible inmovilismo del hombre y su conformismo son las claves de la infelicidad de la mayoría de la población irrealizada. Esto se aprecia perfectamente en el pesimismo provinciano familiar de Bobby, donde ha crecido educado por una madre con la certeza absoluta de que con un marido diferente su vida hubiera sido mucho mejor y, a pesar de ello, es incapaz de abandonarlo. Y como el protagonista parece vencido por la cruel firmeza de esas ligaduras espaciales, serán sus sueños los que tengan que acudir a él para perseguirlo y atormentarlo por su falta de iniciativa. Su pasado reciente aparece en escena con la crueldad de un amor platónico y un tío millonario viviendo la que debería ser su propia vida. El protagonista, ahora rehecho, afronta de nuevo ese triángulo, que parece más bien un cuadrado, con el que Allen empieza a perfilar la entrada al desenlace. Un final sublime en el que, con una maravillosa panorámica circular y un montaje en paralelo, el realizador ofrece una visión duplicada de un mismo punto de vista. Dos miradas que se encontrarán sin esperanza en la intangible e inalcanzable frontera que los separa, con la única intención de realzar lo verdaderamente importante en este filme: la tristeza del solitario, porque Café Society es un divertidísimo, bello y emocionante canto a la soledad. | ★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / 69º Festival de Cannes


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2016. Título original: Café Society. Director: Woody Allen. Guion: Woody Allen. Fotografía: Vittorio Storaro. Duración: 96 minutos. Productoras: Amazon Studios / Gravier Productions / Perdido production. Música: Varios. Montaje: Alisa Lepselter. Diseño de vestuario: Suzy Benzinger. Diseño de producción: Santo Loquasto. Intérpretes: Jesse Eisenberg, Kristen Stewart, Steve Carell, Blake Lively, Parker Posey, Corey Stoll, Jeannie Berlin, Ken Stott, Anna Camp, Gregg Binkley, Paul Schneider, Sari Lennick, Stephen Kunken. Presentación oficial: Festival de Cannes 2016.

    Póster: Café Society
    Feelmakers

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