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  • In sanguis veritas.
    The neon demon, de Nicolas Winding Refn.

    ¿Cuántos poetas se necesitan para elogiar a una ciudad?
    Paterson, de Jim Jarmusch.

    El castigo de Hedoné.
    La doncella, de Park Chan-wook.

    Especial Oscar Race 2017.

    Epicedio appassionato.
    Solo el fin del mundo, de Xavier Dolan.

    Festival de Karlovy Vary 2016 | Día 6. Críticas: My father's wings / Nightlife / Complete unknown / Exil

    El equipo de Nightlife en Karlovy Vary

    Los límites de la cinefagia

    Crónica de la sexta jornada de la 51ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    En el último día de la pasada edición, ya esperando la resolución del palmarés, que a la postre lideró la norteamericana Bob and the Trees, tres películas engrosaron el programa personal y se convertieron en el broche de la entrega número cincuenta: la rumana El tesoro, de Corneliu Porumboiu; la estadounidense Langosta, de Yorgos Lanthimos; y, la islandesa Rams, el valle de los carneros, de Grímur Hákonarson. Las tres completaban un listado de 36 cintas vistas en el certamen; una media de 4,5 al día. Por supuesto, en esa definitiva jornada el cansancio era ciclópeo, una losa que afectó a su visionado. De hecho, meses después, con su estreno en España, aterró su segunda oportunidad. Y, aunque la primera visión fue positiva, nada tuvo que ver con esa segunda cita. Sobre todo a niveles de disfrute. Un festival no es, quizá, el mejor lugar posible para establecer una opinión ponderada de una creación artística. Pesan muchos condicionantes, entre ellos, el capital, el tiempo. Por otra parte, hay películas que no están hechas para eventos de este calado por mucho que sea su principal parapeto. En la jornada de hoy ha pasado por nuestras miradas Exil, el nuevo documental del camboyano Rithy Panh. Al comienzo de la sesión habría unas 400 personas en el Narodni Dum. Al término, no más de 80. La desbandada fue de tal magnitud que no fue fácil concentrarse ante el bello poema de Panh. Y eso que este duraba solo 75 minutos. La gente se levantaba entre las risas cómplices de los valientes que permanecían impertérritos. Hubo espectadores que huyeron tres minutos antes de acabar, como si desconocieran la extensión del metraje del filme. Esto nos lleva a la última divagación de este prólogo: hay gente que no está preparada para disfrutar el cine de un festival. El KVIFF, por su carácter juvenil, atrae a muchos postadolescentes a sus salas. Y estos acuden con fervor, como un acto social más… hasta que se persona el sobresalto. Antes de todo ello, arriba esa iluminación estrellada tan en boga, apreciable desde un plano cenital. El cine se ha convertido en un acto mágico desde su frontalidad y un planetario desde su cénit. Hay que decir que el uso del teléfono móvil no es exclusivo en la República Checa (y, que conste, de la gente joven), ya el hablábamos de ello hace diez meses en el Festival de San Sebastián. Cuestión de reeducación… y de ojear el programa antes del primer fundido.

    My father's wings

    MY FATHER'S WINGS

    Babamın Kanatları, Kıvanç Sezer, Turquía, 2016 / COMPETICIÓN.

    Con la crisis inmobiliaria en los países del Mediterráneo en su punto más álgido, los inversores pusieron su punto de mira en otros territorios cuyo equilibrio entre corrupción burocrática y mano de obra dilataran un mercado que en Europa vive horas bajas. Rusia (con una clara transferencia en Karlovy Vary) y Turquía son el nuevo paradigma de la tiranía del ladrillo. Grandes extensiones de territorio, dinero que blanquear gracias a la oligarquía de los hidrocarburos, y muchos estratos étnicos a los que explotar. La ópera prima de Kıvanç Sezer, My father wings, nos ofrece el backstage de un mundo despojado de justicia, donde las palabras son fieles acompañantes de un viento que visita las azoteas de los auténticos gigantes que nacen y crecen en la antigua Constantinopla. Sobre un plano estructural en tres dimensiones aparece Ibrahim, un encofrador cuyas arrugas en el rostro revelan una larga vida de esfuerzos. Pese a que su cuerpo parezca doblarle la edad, Ibrahim solo tiene 54 años. Es un kurdo más que ha viajado a Occidente deseando una vida mejor para los suyos. En la otra punta del país le esperan una familia que se aferra a su recuerdo y al rédito que este genere en tierras del oeste. Sin embargo, una piedra se va a cruzar en el camino de este ángel que sigue sin alas. En la primera escena, Ibrahim aparece en la consulta de un oncólogo. Allí, recibirá las nuevas y, de su infierno terrenal, pasará a un purgatorio donde tendrá que elegir cuál es el sendero apropiado para el futuro de su mujer e hija. En la siguiente escena, Ibrahim descubre que el callejón está sellado; su seguro laboral es una mera formalidad: deberá seguir trabajando y cuando muera nada llegará a su linaje. Ibrahim, interpretado por un soberbio Menderes Samancılar, es el protagonista y también el motor del filme incluso cuando el foco se bifurca. Por un lado, en la figura del sobrino de este, un joven que aspira a lo que su tío nunca se atrevió: promocionar y escalar. Por otro, en los antagonistas de esta historia: el capataz y el mecenas de la futura edificación, reflejo estereotipado reyes sin corona. El relato se mueve en estas tres tramas pero siempre con un Ibrahim etéreo para mostrarnos una realidad cruel, que nos devuelve a los tiempos de las construcciones mesopotámicas, donde los esclavos morían por las aspiraciones de sus amos. El retrato Kıvanç Sezer está construido desde la honestidad y un envoltorio visual que resalta el carácter lírico de una cinta destinada a ser protagonista en el palmarés el próximo sábado. (70 de 100)

    Nightlife

    NIGHTLIFE

    Nočno življenje, Damjan Kozole, Eslovenia, 2016 / COMPETICIÓN.

    Si hace unos días nuestro compañero Víctor Blanes hablaba de la reformulación del thriller identitario en una de las aspirantes al Globo de Cristal, la catalana La propera pell, el veterano cineasta esloveno Damjan Kozole prosigue ese mismo sendero en la competición con Nightlife, una cinta de intriga a la que se le han sustraído todos los elementos del género. El metraje se inicia con una despedida, la de un abogado a su esposa, Lea. La cámara se mueve escudriñando, no estamos ante un domicilio cualquiera de Ljubliana. Una circunstancia que supondrá un detalle más en el intrincado de perversidad que emergerá unos minutos más tarde. En la secuencia posterior, acompañamos al letrado en su coche, en lo que parece una reunión con un amigo. Jamás lo volveremos a ver erguido. La próxima vez que aparezca en pantalla será en la compañía forzada de tres jóvenes ciclistas que lo han encontrado postrado en el carril bici de una arteria de la capital. Con el cuerpo cubierto de sangre y laceraciones, respira con timidez, agoniza ante el gesto desesperado de sus salvadores. La policía y la ambulancia tardan en comparecer a lo que parece la escena de un crimen. Mientras su marido se debate entre la vida y muerte, Lea es notificada del suceso. Una vez en el hospital, y ante la parsimonia del cuerpo médico, ella se topa con la primera prueba. Un objeto que puede cambiar la percepción de lo ocurrido, también su etiqueta. De este modo, comienza un carrusel de preguntas. La primera y más relevante: ¿Quién es realmente su marido? Una cuestión que jamás alcanzará réplica alguna. Al menos ante nuestro ojos. Kozole, como indicábamos al comienzo, ofrece un hilo de investigación escuálido, que articula el vía crucis de una mujer que pasa de querer saber a querer proteger. Al final, la verdad no es relevante, solo prevalecer, y, si es posible, de una pieza. Kozole, en su noveno largometraje, firma un thriller de tensión soterrada y emociones ocultas que tiene en la interpretación de Pia Zemljič su gran baza. Pese a que demandaba  algo más de profundidad, Nightlife es un interesante ejercicio de un género que busca nuevas vías. (70 de 100).

    Complete unknown

    COMPLETE UNKNOWN

    Joshua Marston, Estados Unidos, 2016 / FUERA DE COMPETICIÓN.

    Desvela pronto sus bazas el tercer trabajo en solitario de Joshua Marston (María llena de eres de gracia). Aun con ello, Complete Unknown provoca la hipnosis durante sus dos horas de duración. Mucho tienen que ver las excelentes interpretaciones de Rachel Weisz y Michael Shannon, dos colosos que cimentan una química basada en el lenguaje no verbal y que está apoyada en la composición de planos de Marston y su director de fotografía, Christos Voudouris. Definir el argumento no resulta sencillo. Comienza como una versión de suspense de ¡Olvídate de mí! (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Michel Gondry, 2004) aderezada por el subtexto de El truco final (The prestige, Christopher Nolan, 2006), y concluye como romántico muy al uso, eso sí, con la indefinición de identidad, una vez más, como leitmotiv. Weisz y Shannon dan vida a Alice y Tom, respectivamente, dos personas que se (re)encuentran en la fiesta de cumpleaños de este último. El cruce de miradas de ambos es revelador. Previo a ello, el cineasta estadounidense en el prólogo nos presentaba las diferentes versiones de Alice, un caleidoscopio que tendrá una explicación argumental y que apuesta por la obviedad: las mil caras del ser humano esta vez personificadas y adaptadas al medio del rol principal. Complete unknown se mueve entre ambigüedades y contradicciones, también mediante ideas bastante azarosas y peregrinas. Pero, por otra parte, son calificativos que casan a la perfección con la idea del amor. Marston en realidad indaga con todos los tics del romance indie sobre la idea del true love como sentimiento invariable y perenne. Un concepto demasiado amplio para una simple noche de acción cinematográfica. Pese a su aura prefabricada, tan propia de Sundance, Complete unknown deja un sabor de boca agradable. Principalmente cuando lo convencional se impone a la pretensión. Y siempre es un placer tener en pantalla a Weisz y Shannon. (65 de 100).

    Exil

    EXIL

    Rithy Panh, Camboya, 2016 / ANOTHER VIEW.

    Ya avisábamos al comienzo de esta crónica que valorar una obra como Exil dentro del marco de un festival es injusto. El documental de Rithy Panh abarca un periodo limitado de la historia de Camboya, así como propulsa una serie de reflexiones y conceptos que parten de la universalidad pero que adopta como propios. Panh habla de la revolución, el exilio, la libertad y la imagen para dibujar la huida y vuelta a Camboya tras la dictadura de Pol Pot y los Jemeres Rojos y la entrada en el poder de Hun Sen. Para ello, invoca a Robespierre, a Mao e incluso a Resnais. Panh mezcla la alegoría, representada en una pequeña choza de bambú, con imágenes archivadas y una colección de reliquias como cadáveres de un conflicto, como esa señal del pasado que sigue en el presente. Panh se erige como un narrador omnisciente y omnipotente, como ha hiciera Anca Damian en la pasada The magic mountains, para reflejar una visión sincera y melancólica sobre el segmento cronológico más duro de su nación. Y decimos melancólica porque Panh descubre que el término de revolución, sea violenta o no, es contradictoria y que al final es el pueblo el que lo sufre. Exil es una elegía que va más allá de la imagen –ya lo avisa el propio Panh: «no siempre prevalece»–, y que funciona como extensión emocional de lo ya descrito en La imagen perdida. Una película tan poderosa como inasumible. Al menos, en unas pocas líneas. (SC)


    Emilio M. Luna
    © Revista EAM / 51º Festival de Karlovy Vary


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