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    Festival de Karlovy Vary 2016 | Día 3. Críticas: Le confessioni / Zoology / Bélgica / The noonday witch / On the other side

    Roberto Àndo

    Turn off the lights

    Crónica de la tercera jornada de la 51ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    La influencia rusa en Karlovy Vary es evidente. Simplemente hay que darse un paseo por el casco antiguo y revisar la carta de los restaurantes. En algunos casos, incluso, figura como primera lengua. De hecho, muchos locales de copas contratan a personal de esta nacionalidad para atender las necesidades de los turistas. En el corto camino de vuelta de un acreditado a su hotel esto se traduce en rostros desencajados por el alcohol y cuerpos que se mueven descompasados con vatios de sonido de fondo. Porque el KVIFF es una gran fiesta que no solo se centra en el cine, extramuros, actuaciones en vivo, aroma y sabor y feria y, cómo no, botellones a pie de río. Distinguir a un ruso es sencillo, siempre está rodeado de mujeres y su color de piel describe una excesiva dilatación de sus vasos sanguíneos. Porque, sí, los rusos que moran esta pequeña villa forman parte de la élite. Coches caros, champán cayendo por sus puertas y ese aire altivo pero a la vez desenfadado que portan. Una tradición ya en Karlovy Vary desde las visitas del Zar Pedro I a sus balnearios. Ya en la Guerra Fría, el régimen pagaba estancias a sus funcionarios como regalo. Una vez quebrado en bloque soviético, la expansión empresarial fue de gran impacto. Hoy en día existen barrios residenciales y aeropuerto propios y son, por supuesto, estrellas en cada noche de fervor. Con ello, no resulta extraño que invadieran el pase de prensa de Zoology, una de las cintas del día en la competición. Sin embargo, su reacción fue menos lúdica. Ivan I. Tverdovsky les aturdió con una extraña dosis de realidad que, con probabilidad subsanarían horas más tarde en la caseta Finlandia. Mucho más tranquilo fue la primera proyección de la mañana, con Toni Servillo como actor principal. Le confessioni no es la mejor obra de Roberto Àndo pero no duele. Una sensación que si generaron dos películas eslavas por diferentes motivos. La primera, una de terror checo, The noonday witch, es una reproducción de mercadillo del género facturado en Estados Unidos, que, una vez más, delata las lagunas prosaicas de la industria local. La segunda, la croata On the other side, hiere. Lo hace por temática y por repetición. Son demasiadas muescas ya sobre las secuelas de la Guerra de los Balcanes. Finalizamos el día con algo de movimiento. Bélgica nos aporrea los oídos con el nacimiento, auge y descenso de un pub en Bruselas regentado por dos hermanos. Un fin de fiesta interesante aunque nada comparado por el frenesí exsoviético 100 metros más abajo. Vecinos.

    Le confessioni

    LE CONFESSIONI

    Roberto Àndo, Italia, 2016 / COMPETICIÓN.

    Roberto Àndo retorna a Karlovy Vary con La confesión, una cinta multigenérica que se mueve entre el drama, la intriga policíaca y el humor. El escenario no puede ser más actual: la convocatoria de los economistas más célebres del mundo, el llamado G8, en un complejo de lujo de la costa báltica. Uno de los asistentes, sorprendentemente, es un monje italiano, Roberto Salus (Toni Servillo), invitado por Daniel Rochè (Daniel Auteil), director del Fondo Monetario Internacional. Allí, en ese complejo contexto, Roché le pide a este ser confesado en la primera noche. A la mañana siguiente, Rochè aparece muerto en lo que pudiera ser un suicidio. Una trama que, como uno de los secundarios recuerda, parece una extensión de Yo confieso (1953) de Alfred Hitchcock. Sin embargo, a diferencia del filme del maestro del género, aquí la tensión juega un aspecto poco relevante y se acota el argumento a cómo esos buitres titulados, miembros del FMI, pueden conseguir que el pequeño pájaro cante. ¿Por qué abandona este mundo el hombre que tenía las claves de la economía mundial? ¿qué secretos le cedió al clérigo? El cineasta transalpino va intercalando a modo de flashbacks fragmentos de la última conversación entre Roché y Salus, ofreciendo algo de luz a una historia que se queda en tierra de nadie y le falta algo de riesgo a la hora de posicionarse. Àndo, como Salus, se parapeta en frases demagógicas resultado de un entorno propicio. Toni Servillo se vuelve a lucir en un papel hecho a medida y en el que la ironía se convierte en una barrera infranqueable para los antagonistas a la vez que en una herramienta del director para romper una narración atonal. Como suele ocurrir en este tipo de producciones corales, los personajes son accesorios sin demasiada profundidad —excepto el caracterizado por Connie Nielsen, bisagra entre el cielo y la tierra—, una tara extrapolada a una obra que logra mantener el interés por la valía de Servillo más que por la trascendencia de las palabras de Rochè. Un Macguffin para hacer un calco a color de este mundo patas arribas. (65 de 100)

    Zoology

    ZOOLOGY

    Zoologiya (Зоология), Ivan I. Tverdovsky, Federación Rusa, 2016 / COMPETICIÓN.

    Hace un par de ediciones, Ivan I. Tverdovsky obtenía el máximo galardón de la sección East of the West, segundo apartado en importancia del festival, con el debut Corrections class, un insólito cuento sobre el bullying ambientado en un colegio del extrarradio moscovita. Pese a que su impacto fuera del KVIFF fue muy limitado, le sirvió al joven director ruso para obtener la financiación del largometraje que nos ocupa –tiene un tercero en la ciudad checa demandando subvención—. Si en su ópera prima Tverdovsky nos hablaba de la soledad y la indefensión a través de la mirada de Mariya Poezzhaeva, que daba vida a Lena, una adolescente en silla de ruedas, en Zoology se aproxima a Natasha, una mujer que ha sobrepasado la cuarentena y que digiere la vida apartada por la sociedad. Su físico descuidado y su comportamiento errático es motivo de burla por parte de sus compañeras en el zoológico que trabaja y de preocupación para una madre octogenaria. Además, Natasha guarda un secreto, y llega aquí el quid: de su trasero germina un rabo demoníaco que mina su confianza y que buscará eliminar en unas constantes chequeos médicos. Allí, conocerá a Piotr, un joven y comprensivo radiólogo culpable del reestablecimiento de su autoestima. Tverdovsky, una vez más, vuelve a atizar a la clase media rusa, paralizada ideológicamente, representando un paisaje grotesco, con roles deformados en todas sus dimensiones (personalizado en las figuras de las compañeras de empleo o en el propio interés de los galenos); un país apoderado de la ignorancia y la superstición que ha dejado su destino en las manos de la Iglesia ortodoxa. Como sus coetáneos, Tverdovsky crítica también el sistema público ruso, desvinculado del progreso, entregado a políticos corruptos y al cuarto poder. La alegoría que propone Zoology ratifica a Tverdosky como uno de los grandes valores del cine ruso. También que su proceso de formación todavía le restan algunas etapas por finalizar. El filme demuestra valentía pero también inmadurez y cierta tendencia a la postal estereotipada. Seguiremos sus pasos. (65 de 100)

    Bélgica

    BÉLGICA

    Felix van Groeningen, Bélgica, 2016 / HORIZONS.

    Alabama Monroe (The broken circle breakdown, 2013) puso sobre el mapa a Felix van Groeningen, joven director belga que, con su cuarto largometraje, se convirtió en una de las grandes sorpresas de su año. En este filme de supervivencia familiar, la música (bluegrass) era el propulsor de sus protagonistas. Algo que se vuelve a repetir en su nuevo trabajo, Bélgica. Eso sí, hay que recalcar de antemano que los decibelios aumentan tanto en volumen como en relieve, ya que gran parte del metraje está trufado de actuaciones en el local (como Turn off the lights) que da nombre a la película. Van Groeningen se adentra en la relación de dos hermanos que se reencuentran: Jo (un soberbio Stef Aerts), el más joven, que tiene la propiedad de un pequeño local de éxito y al que le falta un ojo tras una enfermedad infantil; y Frank (Tom Vermeir), el mayor, un díscolo vendedor de coches de segunda mano vencido a los vicios. Ante el impacto del Belgica, Frank le sugiere a Jo una ampliación del local y la apertura de una sociedad que les permita vivir del negocio familiar. Bélgica continúa la línea de Eden (2014) de Mia Hansen-Løve, retratando la noche juvenil belga a base de sintetizadores y música experimental, con el grupo Soulwax como cabeza de playlist. Desde ella, retratará todos los triunfos y fracasos de este dúo que tendrán resonancia en su vida personal y laboral. Van Groeningen ofrece un lienzo desenfadado de la escena nocturna de Bruselas y también de las preocupaciones del país centroeuropeo como el racismo, la xenofobia, el descontrol policial y el consumo de drogas. Pese a que no decae en ningún solo instante, su propuesta se queda, al igual que sus protagonistas, en la superficie. Personajes incapaces de vivir un presente condicionado por las sustancias a los que solo la cercanía de la tragedia les abre un horizonte hasta entonces inexistente. Con ello, Bélgica tiene la capacidad magnética de mantenernos apegados al sillón y de que sus personajes principales, tópicos pero bien definidos, resulten empáticos. (70 de 100)

    The noonday witch

    THE NOONDAY WITCH

    Polednice, Jiří Sádek, República Checa, 2016 / EAST OF THE WEST.

    Justo hace un año, en la sección Midnight Screenings, se exhibía por primera vez en Europa uno de los hits de Sundance, La bruja (The witch). La ópera prima de Robert Eggers, con un presupuesto muy reducido, lograba embriagar al público con una historia de folclore cuya ambientación subyugante era la gran baza. Idéntico sendero trata de seguir el jovencísimo realizador checo Jiří Sádek (1989) con The noonday witch, libre adaptación de una balada local creada por Karel Jaromír Erben. La película nos traslada al interior de la Bohemia para contarnos el retorno de Eliska y Aneska, madre e hija, al hogar del marido y padre de estas tras su muerte. Sin seguro, ni medios económicos, deben instalarse en una granja junto al cementerio del pueblo. Como pueden apreciar, los clichés no tardan demasiado en emerger. Al igual que la utilización de efectos extradiégeticos que buscan sugestionar de la forma más primaria posible. Todo chirría en el filme; también su dirección y guion. Sorprende que con una orografía con tantas posibilidades, pese a que la mayor parte del metraje se desarrolla con luz diurna, toda la tensión se condense en una casa destartalada sin significancia alguna salvo atraer a sus extravagantes vecinos. Expeliendo los mentados medios sonoros, podríamos pensar que estamos ante una nueva fábula costumbrista tan habitual por estos lares. De hecho, encontramos todos los ingredientes de esta: diálogos forzados al límite, roles caricaturescos y, ante todo, la carestía presupuestaria para abordar una producción de estas medidas. Aňa Geislerová (de los pocos elementos positivos de la inaugural Anthropoid), una vez más, poco puede hacer en este drama tan ingenuo como manipulador que no pasará de las salas circunscritas y cuya vida florecerá únicamente en la pantalla pequeña. (00 de 100)

    On the other side

    ON THE OTHER SIDE

    S one strane, Zrinko Ogresta, Croacia, 2015 / HORIZONS.

    Zrinko Ogresta, habitual de la Berlinale y el Festival de Sarajevo, prosigue el discurso de sus dos últimas creaciones, Projections (Projekcije, 2013) y Behind the glass (Iza stakla, 2008): las heridas aún abiertas en Croacia tras la Guerra de los Balcanes. El filme narra las vivencias de Vesna, una enfermera itinerante que lleva en Zagreb, a la que huyó en el conflicto, 20 años. Allí convive sin sobresaltos con sus hijos y sus respectivas parejas. Un día, recibe por sorpresa la llamada de su marido, del que llevaba separada 20 años, un antiguo capitán del Ejército de Yugoslavia que fue trasladado y condenado en La Haya por sus crímenes. Un hecho que, junto a la petición de una víctima de la guerra que busca conocer el paradero de los cuerpos de sus familiares, desatará un torrente de recuerdos y provocará una disyuntiva de difícil salida. Es muy interesante como Ogresta, en su séptimo largometraje, juega con la ambigüedad del leitmotiv real de la trama. Zarko, el marido de marras, no aparece en pantalla hasta llegado el ecuador. Antes, solo conocemos su voz y sus airadas acometidas ante las dudas y acusaciones de Vesna –una fantástica Ksenija Marinković—. Ella, siempre es plasmada en pantalla a través de un vano (un cristal, una luna, un espejo o una cortina), poniendo esa barrera sobre el espectador, remarcando su soledad. Empero pese a estos detalles que rompe con la habitual monotonía sensorial del cine balcánico y que la acerca más al estilo de cinematografías nórdicas, On the other side se cimenta sobre demasiada información no bien gestionada, suscitando una serie de lagunas argumentales y caídas del tempo narrativo que acaban por tumbar un relato contado con honestidad y donde los diálogos telefónicos entre el matrimonio roto son capaces de transmitir dolor y esperanza (en especial en la escena de la revelación). Su final, al menos, deja la puerta abierta a una felicidad que siempre les fue esquiva. (55 de 100)


    Emilio M. Luna
    © Revista EAM / 51º Festival de Karlovy Vary



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