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    Crítica | Todos queremos algo

    Everybody wants some

    Red cups and cheap philosophy

    crítica de Todos queremos algo (Everybody wants some!, Richard Linklater, Estados Unidos, 2016).

    Al igual que Albert Camus, Richard Linklater parte de una temática ontológica concreta: la de la vaguedad perniciosa y obsesiva del mayestático concepto del Sentido de la Vida como la pregunta perentoria de su obra y, por extensión, la de las vidas de millones de personas que deambulan desorientadas y algo confusas por la Norteamérica de las grandes esperanzas. Ambos autores valoran la creación artística como forma de sobrellevar la carga del absurdo y encuentran en la literatura el vehículo ideal para transmitir sus reflexiones filosóficas. Así, del mismo modo que Camus refleja con sus ensayos tanto las cuestiones metafísicas existenciales como los problemas de su tiempo, Linklater se sirve de la experiencia vital pasajera para la enunciación de sus principales obsesiones que, al mismo tiempo, considera atemporales. Todos queremos algo (Everybody Wants Some) se muestra como otro capítulo de la ineludible cotidianidad del ciudadano que define su propia condición humana como una incesante elección. Sartre subrayaba en El existencialismo es un humanismo la importancia del libre albedrío y del derecho de elección para alcanzar la libertad. Mediante esta posibilidad de decisión, el hombre sería responsable, tanto de su existencia, como de la de aquellos que lo rodean “El hombre está condenado a ser libre”. En este mismo escenario, el director estadounidense revela la principal meta del sujeto anclado a las costumbres del conservadurismo y la contaminación platónica de los medios de comunicación y la ficción televisiva: el éxito. Los jóvenes crecen con la idea de que el mundo les debe algo por el simple hecho de existir y, este pensamiento, es la principal causa de la mayoría de fracasos escolares y laborales.

    Resulta pues conveniente no hablar de autoreferencias, ni conexiones con sus obras anteriores; además de ser evidentes, parece que toda la filmografía de este director está destinada a discurrir por esa única línea argumental heterogénea que compone la propia vida del norteamericano de clase media. Una visión estereotipada sobre la importancia del tiempo y el espacio y nuestra percepción de los mismos; sus personajes no sólo quieren encontrar el sentido de la vida, su misión en este caos de identidades, sino también conocer qué parte de su experiencia mundana forma parte de la realidad y qué otra no es más que un espejismo, un decorado transitorio situado con una clara función disuasoria y desconcertante. Y aquí es donde podemos encontrar uno de los pocos elementos censurables de esta película que, pese a denunciar el fariseísmo encorsetado de la sociedad, se deja arrastrar, con la excusa del romanticismo, a través de la falaz teoría de la idílica vida del estudiante universitario y la recreación de un campus donde se refleja un concepto de utopía emancipadora estudiantil que poco tiene que ver con la decepcionante y sobria estampa que los universitarios encuentran a su llegada. Esto les provoca un sentimiento irreprochable de desencanto que, posiblemente, los acompañará durante el resto de su etapa adulta. Sin embargo, para contrarrestar esta licencia poética, el director acierta a hacer uso de su particular estilo narrativo cercano, siempre tendente a los diálogos empáticos, con los que consigue que el espectador no pueda evitar sentirse identificado en numerosas escenas, otorgando así a su obra un aire de inmediatez que antepone la improvisación y la plasmación instantánea de imágenes a una elaborada composición de cada plano, ofreciendo una perspectiva tan realista como natural.

    Everybody wants some

    «Momentos de efímera felicidad y placer que quedarán enmarcados dentro de un montaje muy dinámico y atractivo que combinará a la perfección la ordinaria rutina del personaje con constantes situaciones cómicas de gran efectividad; esto permite a la cinta mantener un elevado ritmo argumental y, por ende, lograr la atención del espectador».


    Acompañados de la proverbial Rapper’s Delight, hace su puesta en escena un grupo de cinco de los principales protagonistas, pertenecientes al equipo de béisbol de la universidad, que dejarán que la cámara los persiga a lo largo del fin de semana previo al inicio de las clases. Una escena magnífica que consigue recoger y sintetizar los principales preceptos que rodeaban a la idiosincrasia juvenil de los años 80: la música, la fiesta, la obsesión por el sexo y la camaradería. De entre todos ellos destaca Jake, uno de los lanzadores del equipo y estudiante de primer año que, como el resto de sus compañeros, paga la vanidad de su existencia con un entorno de extrema subjetividad, una subjetividad idealista que se aprecia en las elocuentes conversaciones que éste mantiene con el resto de estudiantes, compañeros de piso y de equipo con los que vagabundea de fiesta en fiesta para completar la imagen perceptiva que tenía del recinto universitario. Momentos de efímera felicidad y placer que quedarán enmarcados dentro de un montaje muy dinámico y atractivo que combinará a la perfección la ordinaria rutina del personaje con constantes situaciones cómicas de gran efectividad; esto permite a la cinta mantener un elevado ritmo argumental y, por ende, lograr la atención del espectador. Son los integrantes anónimos de la Generación X, hermanos ideológicos de los icónicos escritores que, como David Foster Wallace, añadieron lógica literaria a los cambios sufridos en las postrimerías del siglo XX con las grandes desilusiones políticas y la entrada de la revolución tecnológica. Por ello se aprecia un aire de solipsismo en el carácter de Jake y compañía quienes, del mismo modo que los personajes del erudito escritor, habitan en un espacio mental plagado de estereotipos absurdos que poco tienen que ver con el universo que les espera allende la facultad.

    Todos queremos algo

    «El director nos introduce en un ensayo acerca de la vida, la ética, los sueños, la política y la humanidad; todo un recital de autoría narrativa con el que el realizador propone un viaje a la conciencia colectiva desde la experiencia vital más íntima».


    Linklater, al contrario que Wallace, propone que el pensamiento es la liberación del ser humano, su única forma de autodescubrimiento e identificación personal frente al mundo productivo. Empero, mediante este pensamiento, los personajes se trasladan cada vez más hacia ese ámbito subjetivado e idealizado que los separa de su verdadera y ansiada identidad, estableciendo de este modo la devastadora premisa de que el proceso de realización personal es la condena del joven. Mientras ellos sacan sus propias conclusiones sobre lo importante y lo urgente en sus propias vidas y las del resto del grupo, las reuniones colectivas quedan monopolizadas con charlas de una única temática: el béisbol. Pese a que las referencias a este deporte son continuas, y el espíritu competitivo que mueve a los protagonistas en cada acción de sus rutinas diarias es patente en cada escena, no será hasta pasada una hora y cuarto de metraje cuando comprobemos visualmente que, en efecto, estos chicos son realmente atletas semiprofesionales. Hasta ese instante no habíamos sido capaces de observar ningún elemento que así lo corroborara, como un bate o el clásico guante de receptor que forma hoy parte de la iconografía estadounidense. Pero no es la competición profesional lo que preocupa a Linklater, sino la que evidencian los personajes en su forma de ser, en sus masculinidades imperantes y definitorias que les impiden aceptar la derrota como una posibilidad viable. El director nos introduce en un ensayo acerca de la vida, la ética, los sueños, la política y la humanidad; todo un recital de autoría narrativa con el que el realizador propone un viaje a la conciencia colectiva desde la experiencia vital más íntima, a través de reflexiones de distintos personajes cuyas conversaciones sobre el existencialismo, la poesía, la reencarnación, los lazos familiares, el feminismo, la música y el sexo son presentadas consecutivamente y de manera interrelacionada para definir la lógica pragmática y primordial del indeciso adolescente, el mismo que se desespera tratando de adaptarse al frenético avance cultural y alcanzar las desorbitadas expectativas creadas en torno a su figura, como representante de la élite cultural americana, en el ocaso del curso académico. | ★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Murcia-Dublín


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2016. Título original: Everybody Wants Some. Director: Richard Linklater. Guion: Richard Linklater. Fotografía: Shane F. Kelly. Duración: 116 minutos. Productora: Annapurna Pictures. Música: The Cars, Blondie, Dire Straits, Frak Zappa, Van Halen, Kool and the Gang, The Knack, Cheap Trick, Pat Benatar. Montaje: Sandra Adair. Diseño de producción: Bruce Curtis. Diseño de vestuario: Kari Perkins. Intérpretes: Ryan Guzman, Zoey Deutch, Tyler Hoechlin, Wyatt Russell, Adriene Mishler, Blake Jenner, Jonathan Breck, Jessi Mechler, Glen Powell, Will Brittain, Taylor Murphy, Lizzy Pop, Vanessa Amaya, Sophia Taylor Ali, Tory Taranova. Presentación oficial: Festival South by Southwest 2016.

    Póster: Everybody wants some
    Feelmakers

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