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    Crítica | Solo el fin del mundo

    Juste la fin du monde

    Epicedio appassionato

    crítica de Solo el fin del mundo (Juste la fin du monde, Xavier Dolan, Canadá, 2016).

    Si analizamos las consecuencias de ser un adolescente rebelde dentro de una familia con un importante déficit comunicativo y un deteriorado modelo educacional o, por emplear un término muy popularizado en estos días: disfuncional; la estadística cinematográfica plantea un dicotómico escenario: el primer supuesto, y el más pesimista de ambos, sería el caso de la autodestrucción. El joven, una vez agotados los recursos con los que escapó del hogar en busca de una utópica libertad con la que construir su propio yo, se vería abocado a deambular erráticamente solicitando la caridad del desconocido y, tras un período de frustración y descubrimiento del egoísmo hegemónico del ser humano, incapaz de aceptar la derrota por culpa de su arrogancia, terminaría por acercarse a una vida de prostitución y drogadicción con la que se iniciaría su espiral de sufrimiento y devastación —Réquiem por un sueño (Requiem for a Dream, 2000); Oscura inocencia (Mysterious Skin, 2004)—. En el segundo caso, correspondiente a lo mostrado en la última película de Xavier Dolan, Solo el fin del mundo, el joven, sin unos principios liberales ni un orgullo tan marcado como el caso anteriormente expuesto, regresaría a casa tras el primer (o segundo) escarmiento, inhabilitado para desligarse de la perniciosa pero protectora presencia familiar. Con esta premisa, Dolan realiza una adaptación de La parábola del hijo pródigo, intertextualidad que sólo se verá reflejada en las formas, ya que el contenido revela un mensaje muy diferente al mostrado por las sagradas escrituras.

    Las madres siempre serán madres y, entre sus brazos, siempre habrá lugar para un hijo desconsolado. Empero, resulta mucho más fácil para ellas —y aquí ya nos referimos a la representación de la madre en la familia cinematográfica disfuncional— perdonar que escuchar. La madre de Louis no quiere oír lo que su hijo tiene que decir, y es muy posible que nunca se haya mostrado predispuesta a esta tarea. Su actitud es tan egoísta como cariñosa; no hay duda del amor que siente hacia su hijo, pero es un amor idealizado. Su visión de la realidad y del mundo es completamente subjetiva, de ahí se infiere su propia inmadurez e incapacidad para dejar que su hijo se exprese, que le cuente lo que pasa por su mente, puesto que en el fondo y desde el momento que cruzó el umbral de la puerta, tras doce años de ausencia, supo que las noticias que traía no le iban a gustar. El protagonista se está muriendo, padece una grave enfermedad de la que el director no ha querido dar detalles, aunque sí alguna que otra pista. Su madre es conocedora de esta situación, del mismo modo que los animales saben que se acerca un terremoto, incluso antes de que los detectores de ondas sísmicas puedan recoger actividad alguna, es un sexto sentido. Pese a ello, piensa que si las malas noticias no se pronuncian, no habrá consecuencias, nada podrá afectarla; no se da cuenta de que en realidad la propia ausencia de su hijo fue la consecuencia en sí misma de esta estrategia protectora. Su actual postura se asemeja mucho a la que mantuvo —especulativamente hablando— antes de su marcha, cuando cerraba las puertas de la comunicación a un desorientado adolescente en pleno proceso de descubrimiento personal al enfrentarse a una sexualidad “defectuosa”.

    Juste la fin du monde

    «Solo el fin del mundo incide en la dislocación dialéctica cotidiana. El director lleva la perversión del lenguaje familiar hasta términos de absoluta intransigencia y mediocridad mediante la incapacidad de acceso a los mecanismos de argumentación y razonamiento».


    Siguiendo con las ciegas idolatrías familiares, aparece la hermana pequeña, Suzanne, una joven impresionable que no conoce a su hermano más que por los artículos que ha escrito para diferentes revistas y que decoran con orgullo las paredes de su habitación. Suzanne encuentra en la figura de Louis una esperanzadora posibilidad de escapar de los arraigados tradicionalismos rurales, una ventana a la gran ciudad europea que le dé la oportunidad de encontrar su sitio y abandonar la inadaptabilidad opresiva que siente a diario. En el extremo opuesto está Antoine, el mayor de los tres hermanos que esconde, en un cínico humor pesado y en exageradas muestras de indiferencia, el gran amor que siente hacia Louis. Incapaz de contener un exorbitado sentimiento de envidia, Antoine ataca incesantemente a su hermano pequeño satirizando todo lo que éste dice y convirtiéndolo en una absurda pantomima pseudopoética y caricaturesca. En sus hirientes palabras hallamos un desesperado ruego de afecto y de cercanía, no puede soportar otra despedida de Louis y, pese a ello, por su orgullo y vanidad, es él quien le abre la puerta y le apremia a marchar con presteza. También es admiración lo que extraemos de sus constantes ataques, pero una admiración insana, envidiosa, pues en el fondo le encantaría ser capaz de desviarse de una vida trazada en línea recta y vivir la emoción de un episodio improvisado. Su falta de valentía lo lleva a martirizar psicológicamente a su esposa, una bondadosa, casi pusilánime, mujer que se compadece del protagonista con extrema condescendencia, pues en su sufrimiento encuentra un reflejo de su vida sometida a un amor despótico.

    Juste la fin du monde

    «Xavier Dolan reincide en sus obsesiones y las eleva exponencialmente hasta el punto del histerismo incontrolado. El empacho emocional tendrá su punto culminante al alcanzar un desenlace que, narrado en forma de diatriba implacable, cerrará el filme de la única forma posible...»


    Con este panorama, resulta evidente que el principal dilema que plantea Dolan no es la enfermedad en sí del protagonista, sino la falla comunicativa que impide que ese problema sea enunciado. Solo el fin del mundo incide en la dislocación dialéctica cotidiana. El director lleva la perversión del lenguaje familiar hasta términos de absoluta intransigencia y mediocridad mediante la incapacidad de acceso a los mecanismos de argumentación y razonamiento. El protagonista se ve involucrado en una corrupción grotesca del modelo afectivo de la que él mismo es el principal responsable de manera involuntaria; con su inevitable aire de superioridad y sutil arrogancia, inherente a todo aquél que ha viajado frente a quien no conoce más mundo que las adoquinadas calles de su ciudad, Louis subyuga la seguridad de los receptores y les obliga a adoptar una posición defensiva en clara posición de subordinación. La actitud del recién llegado, respondiendo con calma a la histeria colectiva y a los enfrentamientos de familia es, precisamente, lo que más irrita a su hermano, que observa con exasperación la falta de compromiso con los valores patriarcales establecidos. Su falta de implicación, su rol de observador externo, silencioso, juzgando todo cuanto ocurre a su alrededor, son asumidos por Antoine como una provocación, como un manifiesto de aislamiento porque a él ya no le importa nada. Sin embargo, en esta nada se encuentra su aceptación de la muerte, su duelo anticipado y no, como piensa su hermano, la renuncia a su familia y su indiferencia a los asuntos que la rodean, porque Antoine no está dotado de este sexto sentido materno, sino de un rencor que lo ciega y sólo le permite ver displicencia donde se encuentra, asfixiado, un grito de socorro y la necesidad de ser amparado. Xavier Dolan reincide en sus obsesiones y las eleva exponencialmente hasta el punto del histerismo incontrolado. El empacho emocional tendrá su punto culminante al alcanzar un desenlace que, narrado en forma de diatriba implacable, cerrará el filme de la única forma posible: con un epílogo que deja abierta una puerta que, alegórica, permite entrever el horizonte por el que las verdades se ocultan a medias y se difuminan, casi imperceptibles, el rencor y el dolor por la pérdida como un arcoíris bicolor que se enfrenta a los últimos rayos de sol. | ★★★★ |

    «Mas yo soy por su muerte (tal palabra la injuria)
    el elixir de la primera nada.
    Fuera yo un hombre y, si lo fuera,
    sin duda lo sabría; sin duda prefiriera,
    de ser alguna bestia,
    ciertos fines y medios; pues incluso las plantas y las piedras odian
    y aman; todas las cosas, todo de algunas propiedades se reviste;
    si una nada ordinaria sólo fuera,
    como lo es una sombra, un cuerpo y una luz tendría al menos».

    Nocturno sobre la festividad de Santa Lucía, en el día más breve del año,
    John Donne, circa 1624.


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / 69º Festival de Cannes


    Ficha técnica
    Canadá, 2016. Título original: Juste la fin du monde. Director: Xavier Dolan. Guion: Xavier Dolan (Obra: Jean-Luc Lagarce). Fotografía: André Turpin. Duración: 95 minutos. Productoras: Sons of Manual / MK2 / Telefilm Canada. Música: Gabriel Yared. Montaje: Xavier Dolan. Diseño de producción: Colombe Raby. Intérpretes: Léa Seydoux, Nathalie Baye, Gaspard Ulliel, Vincent Cassel, Marion Cotillard. Presentación oficial: Festival de Cannes 2016. Duración: 97 minutos.

    Póster: Juste la fin du monde
    Feelmakers

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