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  • In sanguis veritas.
    The neon demon, de Nicolas Winding Refn.

    ¿Cuántos poetas se necesitan para elogiar a una ciudad?
    Paterson, de Jim Jarmusch.

    El castigo de Hedoné.
    La doncella, de Park Chan-wook.

    Especial Oscar Race 2017.

    Epicedio appassionato.
    Solo el fin del mundo, de Xavier Dolan.

    Las 10 mejores películas de Akira Kurosawa

    Ran

    De nuevo el juego está en marcha, como diría nuestro adorado Sherlock Holmes: destacar las diez mejores obras de un director de cine. En esta ocasión es el gran Akira Kurosawa el elegido, quizá el autor japonés más popular y con más merecido prestigio de la lejana isla. Y otra vez nos encontramos con la habitual problemática: dejar fuera películas que deberían incluirse en la lista. Así, solo por su primera secuencia, una operación quirúrgica en una tienda de campaña bajo la lluvia en plena guerra mundial, una de las mejores y más brillantes jamás rodadas por Kurosawa, Duelo silencioso (Shizukanaru kettô, 静かなる決闘, 1949) ya estaría dentro. O Ran (, 1985) por sus impresionantes escenas de batallas, Yojimbo (Yôjinbô, 用心棒, 1961) por su modernidad inquebrantable o Barbarroja (Akahige, 赤ひげ, 1965) por su retrato perfecto de un individuo, su filosofía y su época, que deviene un retablo que resume el carácter humanista de su autor en el que el hombre, tanto en su capacidad de hacer el bien como en su debilidad para hacer el mal, está reflejado con una delicadeza y una precisión inigualables. Director riguroso y amante del detalle, minucioso hasta la extenuación y entregado a su obra, es a partir de finales de la década de los 40 cuando comienza a perfeccionar su estilo, llevándolo a su máxima expresión a lo largo de los 50. Kurosawa, lejos ya entonces de las presiones del gobierno japonés que imponía a los cineastas un agobiante control en la inclusión de temáticas nacionalistas en sus películas, desata su imaginación y sus tramas son más personales, permitiéndole esta nueva situación de libertad encauzar su cine hacia tramas que muestran una concepción universal del hombre, ese reconocido humanismo en el que siempre se definirán sus personajes enfrentados a dilemas morales, a sí mismos y a su entorno, mostrando por igual cuándo aciertan en sus decisiones, sin que hacer lo correcto suponga para ellos por fuerza recompensa alguna, o cuándo, cegados por la senda del mal, se precipitan por ella sin que esto implique de forma inamovible que reciban su correspondiente castigo. Con el convencimiento sincero de que nadie compartirá la escogida en último lugar, se considerará esta posición como una casilla vacía en la cual, quien así lo desee, podrá sustituir la seleccionada y añadir la que considere que bajo ningún concepto habría que dejar a un lado. Juguemos pues.

    El perro rabioso

    EL PERRO RABIOSO

    Nora inu, 野良犬, 1949.

    A un agente de policía le roban la pistola y el ladrón la utiliza para diversos atracos y asesinatos. El agente se siente responsable e inicia una búsqueda desesperada contra reloj tanto de su arma como del criminal que va dejando un reguero de delitos a su paso. El perro rabioso no solo es un filme trepidante en el que una persecución bajo un infernal calor impregna de un verismo hiriente cada uno de sus movimientos, sino también una brutal descripción de los bajos fondos del Tokio de la posguerra. Cuerpos sudorosos de bailarinas derrotados por el intenso calor que se nos muestran indolentes intentando descansar en un atestado camerino, el protagonista tomando un refresco con una testigo que se tumba en el suelo de la calle buscando un soplo de aire fresco, pisadas sobre el polvo que marcan la pesadez plomiza de una tarde hirviente o nuestro policía tirado junto a una fuente refrescándose la frente con un pañuelo mojado son detalles magistrales que enmarcan la angustia de un Toshirô Mifune espectacular en su ordalía. Acompañado por un oficial de rango superior interpretado por el otro actor fetiche de Kurosawa, el magnífico Takashi Shimura, experimentado y sabio, a través del cual ofrecerá el obligado contraste con el novato. Ambos recorrerán sin descanso las calles de la ciudad e interrogarán a multitud de testigos intentando localizar al criminal. Una pelea encarnizada cuerpo a cuerpo, rodada con un realismo que ya mostrara de manera semejante en la no menos excelente El ángel ebrio (Yoidore tenshi, 酔いどれ天使, 1948), será el punto culminante de este filme prodigioso en su destreza a la hora de narrar tanto la trama policial como el nacimiento y desarrollo de una amistad forjada en una situación límite, marcas características de su cine.

    Japón, 1949. Título original: Nora inu, 野良犬. Director: Akira Kurosawa. Director auxiliar: Ishirô Honda. Guion: Akira Kurosawa y Ryûzô Kikushima. Productoras: Toho Company, Film Art Association y Shintoho Film Distribution Committee. Productor: Sôjirô Motoki. Estreno: 17 de octubre de 1949. Fotografía: Asakazu Nakai. Música: Fumio Hayasaka. Diseño de producción: Takashi Matsuyama. Montaje: Toshio Gotô y Yoshi Sugihara. Intérpretes: Toshirô Mifune, Takashi Shimura, Keiko Awaji, Eiko Miyoshi, Noriko Honma, Reikichi Kawamura, Isao Kimura, Ishirô Honda.

    Rashomon

    RASHOMON

    Rashômon, 羅生門, 1950.

    Quizá la película donde la maestría técnica de Akira Kurosawa se despliegue en su abanico más deslumbrante sea esta, la genial Rashomon. La secuencia del leñador caminando por el bosque es magistral por cómo nos introduce en el entorno natural en el que se desarrollará la acción: un prodigio de realización y montaje que sirve para que el espectador penetre, como sus protagonistas, en el corazón más profundo de la naturaleza, en este caso no solo la conformada por los árboles y la maleza sino también la humana. Con un epílogo y conclusión que sirven de marco narrativo y moral de la historia, esta se desarrolla en cuatro partes que son otros tantos puntos de vista diferentes del mismo acontecimiento: el asalto de un bandido a una pareja que viaja atravesando la fronda. Cada uno de ellos ofrecerá una versión distinta de lo sucedido por lo que será imposible conocer qué aconteció en realidad. No hay mejor manera de resumir en qué consiste la vida: nada tiene una sola explicación y la verdad se dibuja con una línea imposible de definir. Todo hombre posee una razón para justificar sus elecciones, aunque estas conlleven la mentira o incluso el engaño a nosotros mismos. Cinta clave en la obra de Kurosawa pues no solo abrió su carrera al mercado internacional al ganar en 1951 el Óscar a la mejor película extranjera y el León de Oro del Festival de Venecia, sino que marcó la apertura del toda una industria cinematografía, la japonesa, a los ojos del mundo. Unos ojos que jamás, desde entonces, han dejado de mirar hacia su cine con fascinación.

    Japón, 1950. Título original: Rashômon, 羅生門. Director: Akira Kurosawa. Guion: Akira Kurosawa y Shinobu Hashimoto, según la adaptación de Sôjirô Motoki de dos relatos de Ryûnosuke Akutagawa. Productora: Daiei Motion Pictura Company. Productor: Minoru Jingo. Estreno: 26 de agosto de 1950. Fotografía: Kazuo Miyagawa. Música: Fumio Hayasaka. Diseño de producción: Takashi Matsuyama. Montaje: Akira Kurosawa. Intérpretes: Toshirô Mifune, Machiko Kyô, Masayuki Mori, Takashi Shimura, Minoru Chiaki, Kichijirô Ueda, Noriko Honma, Daisuke Katô.

    Vivir

    VIVIR

    Ikiru, 生きる, 1952.

    El que con toda seguridad sea el canto más hermoso al sentido de la vida realizado por Kurosawa es también, y no deja de ser chocante en extremo, una de sus obras más tristes y melancólicas. La historia de un gris funcionario de vida inútil y desperdiciada entre la rutina y la dejadez que decide, al descubrir que padece una enfermedad mortal, cambiar su sino y luchar por la construcción de un parque en una zona pobre de la ciudad enfrentándose a los poderes económicos que planean otro destino para ese trozo de terreno, se convierte en una delicada y al tiempo poderosa metáfora sobre las razones por las que merece la pena vivir. O aquellas que en verdad deberían serlo. Un más que nunca minúsculo David enfrentado a un gigantesco Goliat corporativo en un enfrentamiento que parece perdido nada más empezar. Takashi Shimura está soberbio en su interpretación de este hombre aburrido y acabado que se alza de su postración para lanzar al viento una última pelea, un acto de heroicidad que se llevará a la tumba su postrer aliento. La secuencia en la cual Shimura, sentado por la noche en un columpio de un solitario parque mientras cae la nieve a su alrededor, susurra para sí una canción al tiempo que las lágrimas desbordan sus ojos es una de las más bellas, delicadas y profundas de las rodadas por Kurosawa.

    Japón, 1952. Título original: Ikiru, 生きる. Director: Akira Kurosawa. Guion: Akira Kurosawa, Hideo Oguni y Shinobu Hashimoto. Productora: Toho Company. Productor: Sôjirô Motoki. Estreno: 9 de octubre de 1952. Fotografía: Asakazu Nakai. Música: Fumio Hayasaka. Diseño de producción: Takashi Matsuyama. Montaje: Kôichi Iwashita. Intérpretes: Takashi Shimura, Shin’ichi Himori, Haruo Tanaka, Minoru Chiaki, Miki Odagiri, Bozuken Hidari, Minosuke Yamada.

    Los siete samuráis

    LOS SIETE SAMURÁIS

    Shichinin no samurai, 七人の侍, 1954.

    La historia de los campesinos que deciden buscar y contratar a unos samuráis para que los defiendan del anunciado saqueo que sobre su poblado efectuarán unos despiadados bandidos es quizá la más famosa de Kurosawa. Leyenda y realismo se hermanan en esta película que sabe mezclar a la perfección la épica con lo cotidiano, la entrega de unos héroes que se saben vencidos aun en la victoria con la brutalidad y la suciedad de un combate a muerte bajo la lluvia y entre el fango. Las escenas de batallas rodadas con el sistema habitual utilizado por Kurosawa, teleobjetivos más varias cámaras para captar las distintas acciones y movimientos, resultan de una veracidad sobrecogedora. Uno de sus filmes más trepidantes que deviene perfecto en su modulación del ritmo conveniente a cada tramo del relato. Y todo un caudal de personajes presentados y definidos con inabarcable cuidado: es sobrecogedora la aparente facilidad con la que el director describe a cada uno de ellos con una breve frase, con un gesto que los identifica y distingue de los demás, cómo se sientan, cómo se miran unos a otros dejando claras las relaciones que se establecen nada más conocerse, una forma de sonreír o de pasarse la mano por la cabeza en señal de asentimiento y comprensión, los gestos desbocados de un samurái que no lo es en verdad y busca aparentarlo y la tranquilidad infinita de quien lleva siéndolo desde que tiene conciencia y no conoce un modelo de vida distinto… De cómo la maestría técnica deviene pura emoción para el espectador. [Comentario de Los siete samuráis, 1954]

    Japón, 1954. Título original: Shichinin no samurai, 七人の侍. Director: Akira Kurosawa. Guion: Akira Kurosawa, Hideo Oguni y Shinobu Hashimoto. Productora: Toho Company. Productor: Sôjirô Motoki. Estreno: 26 de abril de 1954. Fotografía: Asakazu Nakai. Música: Fumio Hayasaka. Dirección artística: Sô Matsuyama. Diseño de producción: Takashi Matsuyama. Montaje: Akira Kurosawa. Intérpretes: Toshirô Mifune, Takashi Shimura, Keiko Tsushima, Yukiko Shimazaki, Kamatari Fujiwara, Daisuke Katô, Isao Kimura, Minoru Chiaki, Seiji Miyaguchi, Yoshio Kosugi, Bozuken Hidari, Yoshio Inaba, Yoshio Tsuchiya, Kuninori Kôdô, Eijirô Tôno, Isao Yamagata.

    Trono de sangre

    TRONO DE SANGRE

    Kumonosu-jô, 蜘蛛巣城, 1957.

    Kurosawa adapta la obra teatral Macbeth (1606) de William Shakespeare junto a Hideo Oguni, Shinobu Hashimoto y Ryûzô Kikushima, sus tres guionistas más recurrentes y que es obligado mencionar pues también a ellos se deben los aciertos narrativos del director, dando a luz una película de oscuridad moral abrumadora y demostrando una vez más que la condición de la naturaleza humana es universal. Desde la terrorífica aparición inicial del trío de brujas que vaticinarán el futuro del atribulado y ambicioso Taketoki Washizu (Macbeth) hasta su despiadado final ensartado por infinitas flechas en los muros de su castillo. Insuperable versión que nos enloquecerá, como a Lady Asaji Washizu (Lady Macbeth), ante la visión de tantos y horribles crímenes, de tanta bajeza y traición. De ritmo trepidante en las escenas de acción y con la morosidad necesaria en las secuencias más íntimas, así el sobrecogedor momento en que Lady Asaji lava sus manos aterrorizada al ver en ellas la sangre de los crímenes a los que ha incitado, Kurosawa realiza la que quizá sea la mejor adaptación de una obra de Shakespeare al cine, incluida su propia y también magistral Ran, tal vez menos compensada en su conjunto. Lo más detestable del corazón humano tomará forma espectral en esta película cuyo hálito trasciende sus propias imágenes.

    Japón, 1957. Título original: Kumonosu-jô, 蜘蛛巣城. Director: Akira Kurosawa. Guion: Akira Kurosawa, Hideo Oguni, Shinobu Hashimoto y Ryûzô Kikushima, basado en la obra de William Shakespeare. Productoras: Toho Company y Kurosawa Production Co. Productores: Akira Kurosawa y Sôjirô Motoki. Estreno: 17 de enero de 1957. Fotografía: Asakazu Nakai. Música: Masaru Satô. Diseño de producción: Yoshirô Muraki. Intérpretes: Toshirô Mifune, Isuzu Yamada, Takashi Shimura, Akira kubo, Hiroshi Tachikawa, Minoru Chiaki, Takamaru Sasaki, Gen Shimizu, Eiko Miyoshi, Chieko Naniwa.

    La fortaleza escondida

    LA FORTALEZA ESCONDIDA

    Kakushi-toride no san-akunin, 隠し砦の三悪人, 1958.

    Dos adorables truhanes se verán embarcados en la aventura de acompañar a una destronada y perseguida princesa, y al aguerrido general samurái que la escolta y protege, hacia su salvación. La fortaleza escondida es una de las películas más divertidas y luminosas de Kurosawa, sobre todo gracias a esa pareja de campesinos andrajosos que solo sabrán actuar movidos por el apetito de oro y el egoísmo más descarado, fruto de su condición de vivir en la más absoluta de las miserias y perteneciendo a la más baja de las clases sociales. Esto mismo es lo que los hará simpáticos y entrañables al espectador: el saber que sus malas acciones no son dictadas por una maldad natural, sino por la terrible situación en la que están abocados a vivir, donde los golpes de suerte, tanto buena como mala, se suceden sin descanso llevándolos de la más opulenta riqueza a la pobreza más extrema casi de un plano a otro. Dibujando el carácter de cada uno de sus personajes con una maestría mareante Kurosawa nos arrastra en este maravilloso cuento con los ojos fascinados y emocionados de amor puro hacia todos ellos. El general esforzado que esconde en su dureza un corazón noble, la princesa orgullosa que al verse obligada a vivir en la pobreza comprenderá y admirará a su pueblo, la hija del granjero salvada de los esclavistas que responderá con la más entregada y admirable lealtad, y los dos desharrapados tramposos que se enfadan y se traicionan el uno al otro sin descanso, pero que al final solo entre ellos encontrarán sustento. Inolvidables caracteres en un maravilloso filme que capta la esencia del más emocionante relato de aventuras y el corazón de la condición humana con la misma y arrolladora fuerza.

    Japón, 1958. Título original: Kakushi-toride no san-akunin, 隠し砦の三悪人. Director: Akira Kurosawa. Guion: Akira Kurosawa, Hideo Oguni, Shinobu Hashimoto y Ryûzô Kikushima. Productora: Toho Company. Productores: Sanezumi Fujimoto y Akira Kurosawa. Estreno: 28 de diciembre de 1958. Fotografía: Kazuo Yamasaki. Música: Masaru Satô. Diseño de producción: Yoshirô Muraki. Montaje: Akira Kurosawa. Intérpretes: Toshirô Mifune, Misa Uehara, Minoru Chiaki, Kamatari Fujiwara, Susumu Fujita, Takashi Shimura, Eiko Miyoshi, Toshiko Higuchi.

    Los canallas duermen en paz

    LOS CANALLAS DUERMEN EN PAZ

    Warui yatsu hodo yoku nemuru, 悪い奴ほどよく眠る, 1960.

    Los veinte minutos iniciales de Los canallas duermen en paz son otra diáfana demostración de la maestría de la puesta en escena de Kurosawa: una boda en la que se nos presenta un caudal de personajes con sus motivaciones y su implicación en una turbia trama de corrupción en la que políticos y empresarios ofrecerán todo un muestrario de bajeza y falsedad moral. Kurosawa se valdrá de un grupo de periodistas que cubren el evento para que nos expliquen, a modo de coro griego, todo el infernal entramado social y personal de los protagonistas. Depuración formal además en su tratamiento de un gran número de actores en el encuadre: todos reaccionan, se mueven y se desplazan en el plano en atención a lo narrado. Igualmente cuando se trata de identificarlos individualmente de forma visual: la cojera de una joven tímida, la engañosa sumisión de un joven con la cabeza inclinada y las manos cruzadas ante sí en su regazo, el susto constante en el que parece vivir un tercero… Historia de una venganza planificada con fatal determinación en la que pronto comprobaremos que los afectos humanos de quien intenta actuar con nobleza no podrán decantarse nunca por el mal. Delicada cuando es preciso, brutal cuando se desata el odio y amarga en un desenlace en el cual los malvados duermen tranquilos mientras otros pagan por sus crímenes, quizá en su conjunto no sea un filme que mantenga en todo su metraje el mismo ritmo, pero es que resulta del todo imposible tras tan apabullante inicio. Magistral también a la hora de describir a un modélico padre de familia que a la vez es un estafador y asesino de salón sin sentimiento alguno, un carácter copiado hasta la saciedad en películas posteriores.

    Japón, 1960. Título original: Warui yatsu hodo yoku nemuru, 悪い奴ほどよく眠る. Director: Akira Kurosawa. Guion: Akira Kurosawa, Hideo Oguni, Shinobu Hashimoto, Eijirô Hisaita y Ryûzô Kikushima. Productoras: Toho Company y Kurosawa Production Co. Productores: Akira Kurosawa y Tomoyuki Tanaka. Estreno: 15 de septiembre de 1960. Fotografía: Yuzuru Aizawa. Música: Masaru Satô. Diseño de producción: Yoshirô Muraki. Montaje: Akira Kurosawa. Intérpretes: Toshirô Mifune, Masayuki Mori, Kyôko Kagawa, Tatsuya Mihashi, Takashi Shimura, Kô Nishimura, Takeshi Katô, Kamatari Fujiwara, Chishû Ryû, Seiji Miyaguchi.

    El infierno del odio

    EL INFIERNO DEL ODIO

    Tengoku to jigoku, 天国と地獄, 1963.

    Un poderoso empresario, el señor Gondo, recibe la llamada de un secuestrador anunciándole que su hijo ha sido raptado. Pero la realidad es otra: el criminal se ha equivocado de víctima y está pidiendo un desmesurado rescate por el hijo del chófer del mentado empresario. Este es el punto de partida de un dilema moral que llevará al adinerado Gondo a plantearse si debe pagar lo exigido por el raptor y así arruinarse o rechazarlo siendo entonces el hijo de su conductor el que sufra las consecuencias de su negativa. Toda la primera parte de El infierno del odio se desarrolla en el salón del amplio y moderno apartamento de Gondo donde él mismo, su esposa, su hombre de confianza en los negocios y sus socios en la empresa, la policía y el desconsolado chófer ofrecerán y discutirán todas las alternativas posibles al conflicto. De nuevo, Kurosawa revela un espejo de la condición humana, de lo más elevado a lo más bajo de lo que es capaz el hombre, en un escenario donde moverá sus piezas con una precisión que quita el aliento. En su segunda parte nos mostrará un despliegue policial en busca del malhechor con una minuciosidad y un detalle dignos de esa otra gran obra maestra que es M, el vampiro de Düsseldorf (M, Fritz Lang, 1931). Y Gondo deberá otra vez tomar posición sobre su responsabilidad ante el criminal en un descenso a los infiernos del que solo lo mantendrá a salvo su integridad. Una película magnífica tanto en su desarrollo como relato de género negro como en el cuestionamiento social y moral de la sociedad que propone desde su inicio.

    Japón, 1963. Título original: Tengoku to jigoku, 天国と地獄. Director: Akira Kurosawa. Guion: Akira Kurosawa, Hideo Oguni, Ryûzô Kikushima y Eijirô Hisaita, basado en la novela de Evan Hunter. Productora: Toho Company y Kurosawa Production Co. Productores: Ryûzô Kikushima y Tomoyuki Tanaka. Estreno: 1 de marzo de 1963. Fotografía: Asakazu Nakai y Takao Saitô. Música: Masaru Satô. Diseño de producción: Yoshirô Murakia. Intérpretes: Toshirô Mifune, Tatsuya Nakadai, Kyôko Kagawa, Tatsuya Mihashi, Isao Kimura, Tsutomu Yamazaki, Kenjirô Ishiyama, Takeshi Shatô, Takashi Shimura, Jun Tazaki Yutaka Sada.

    Derzu Uzala

    DERSU UZALA

    Dersu Uzala, Дерсу Узала, デルス·ウザーラ, 1975.

    Dos hombres caminan perdidos en la inmensidad de los hielos. Llegará la noche y no tendrán donde refugiarse. Una horrible muerte por congelación los acecha. Pero aún podrán luchar usando su ingenio y las pocas fuerzas que les quedan. Hermanados en su deseo de sobrevivir en un entorno hostil y mortal se enfrentarán a lo más crudo de la naturaleza peleando codo con codo contra la más gélida de las ventiscas. Esta secuencia inolvidable de Dersu Uzala, donde el peligro y la supervivencia forjarán la amistad de dos hombres para siempre, es el epítome de una película que narra en sus bellas imágenes la relación entre un capitán del ejército soviético que se encuentra topografiando la Siberia con un grupo de soldados y su guía de la etnia nanai (o hezhen, en China). A lo largo de diversos lapsos de tiempo Dersu, el cazador, y el capitán Arsenev se irán reencontrando y viviendo nuevas aventuras. Un relato apasionante que nos llevará del nacimiento de esta amistad hasta su culminación, pero que también es una reflexión sobre el paso de los años y la consecuente decadencia física, de cómo el hombre puede desenvolverse en la naturaleza como su hogar natural y ancestral y del respeto y cariño inmensos que pueden nacer y cultivarse entre personas culturalmente diferentes.

    Japón, Unión Soviética, 1975. Título original: Dersu Uzala, Дерсу Узала, デルス·ウザーラ. Director: Akira Kurosawa. Guion: Akira Kurosawa y Yuriy Nagibin, basado en la novela de Vladimir Arsenev. Productoras: Atelier 41, Daiei Studios y Mosfilm. Productores: Yoichi Matsue y Nikolay Sizov. Estreno: julio de 1975. Fotografía: Asakazu Nakai, Fyodor Dobronravov y Yuriy Gantman. Música: Isaak Shvarts. Diseño de producción: Yuriy Raksha. Montaje: Valentina Stepanova. Intérpretes: Yuriy Solomin, Maksim Munzuk, Mikhail Bychkov, Vladimir Khrulev, V. Lastochkin, Vladimir Kremena, Aleksandr Pyatkov, Svetlana Danilchenko, Dmitriy Korshikov.

    Yume

    LOS SUEÑOS DE AKIRA KUROSAWA

    Yume, , 1990.

    No tiene sentido realizar una selección de este tipo, y menos aún tratándose de Kurosawa, si no nos dejamos llevar por el corazón antes que por la razón. Y es este palpitante músculo el que nos obliga a elegir Los sueños de Akira Kurosawa por encima de otras películas suyas sin discusión mucho mejores. Pero también sin duda es esta una de las más personales, valientes y extrañas de sus obras. Kurosawa da rienda suelta a su subconsciente para escribir el guion y a su imaginación para ponerlo en escena y nos ofrece un poderoso resumen, un destellante paseo por su universo, su visión del mundo y su pensamiento. Desde la pesadilla más atroz y angustiosa al espectáculo más vistoso y colorista, desde la reflexión de por qué estamos destruyendo nuestro planeta a la recreación de la utopía más brillante. Excesiva y de ritmo irregular, debido esto último sobre todo al tratarse de una película conformada por ocho episodios que se corresponden a otros tantos sueños, pero también de una belleza compulsiva y arrebatadora, Kurosawa trazó su legado final en sus apenas dos horas de duración.

    Japón, USA, 1990. Título original: Yume, . Director: Akira Kurosawa. Director auxiliar: Ishirô Honda. Guion: Akira Kurosawa. Productoras: Warner Bros. y Akira Kurosawa USA. Productores: Hisao Kurosawa y Mike Y. Inoue. Estreno: 25 de mayo de 1990. Fotografía: Takao Saitô y Shôji Ueda. Música: Shinichirô Ikebe. Dirección artística y diseño de producción: Yoshirô Muraki y Akira Sakuragi. Montaje: Tome Minami. Intérpretes: Akira Terao, Mitsuko Baishô, Toshie Negishi, Mieko Harada, Mitsunori Isaki, Toshihiko Nakano, Yoshitaka Zushi, Hisashi Igawa, Chôsuke Ikariya, Chisû Ryû, Martin Scorsese.


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