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    Crítica | Timecode, cortometraje dirigido por Juanjo Giménez ganador de la Palma de Oro del Festival de Cannes

    Timecode

    Bailad y seréis libres

    crítica de Timecode (Juanjo Giménez, España, 2016).

    Título original: Timecode. España. 2016. Color. Director:Juanjo Giménez. Guión:Pere Altimira, Juanjo Giménez. Productora:Nadir Films, ECIR. Productores:Juanjo Giménez, Daniel Villanueva, Arturo Méndiz. Fotografía: Pere Pueyo. Edición:Silvia Cervantes. Sonido:Xavi Saucedo. Dirección artística: Daniel G. Blanco. Música:Iván Céster. Reparto:Lali Ayguadé, Nicolas Ricchini, Vicente Gil, Pep Domenech.Duración:15 min. Presentación en Cortogenia 2016. Palma de oro al mejor cortometraje en Cannes 2016.

    Si el cortometraje es el reino del que empieza, del que carece de financiación para rodar una obra más ambiciosa; si es el lugar del aprendizaje, de la práctica y del riesgo, estos arquetipos no sirven en el caso de Juanjo Giménez, director de muchos cortos, es verdad, pero también de largos, y coproductor de otros tantos, entre ellos los de Adán Aliaga, uno de esos raros ejemplares de realizador en España dispuesto a hacer cine contracorriente y sin pensar en taquillas. Los premios no atribuyen, ni presuponen, calidad al producto reconocido, ni hacen mejor a la obra ni al festival o certamen que los otorga, pero si son importantes para las personas que están detrás de lo galardonado porque suelen conllevar una asignación económica que facilita la posibilidad de seguir rodando, de seguir creando, de disponer de más medios para plasmar mejor las ideas. Como espectadores, por supuestos, nos conformarmos que se pueda seguir creando, tampoco disponer de más dinero es garantía de mejor resultado, y si no ahí está el corto de Giménez, un compendio de buen hacer, de sentido, de sensibilidad, de exquisitez sensorial al servicio de varias ideas; y todo ello en el breve espacio de tiempo que concede el cuarto de hora de su metraje, y que, adivinamos, no ha necesitado una gran cantidad económica para resultar notable.

    No se haría justicia a la obra si nos ciñeramos a comentar su contenido narrativo. Dos vigilantes de seguridad cuyos turnos son complementarios pero opuestos, Luna hace el turno de día, Diego el de noche. Un breve saludo en el cambio de guardia y doce horas atrapados en la vigilía de un aparcamiento donde nada sucede. ¿Nada? Un desencadenante azaroso, una queja de un cliente por unos daños en su coche, obliga a Luna a revisar la grabación de la noche anterior, el «timecode» del título. Ahí Luna sorprende a Diego rompiendo fortuitamente el faro de un coche mientras se libera bailando. A partir de ese momento comienza el diálogo sin imágenes. Lo que para muchos hubiera sido la ocasión para desempolvar un relato azucarado sobre el origen de una relación amorosa, teñirla de efectos sentimentaloides trufados de imposibilidad laboral, en la cámara del director se transforma en una sutil evolución de un juego de seducción mutua mediante códigos cifrados y grabaciones de vídeo. Si en Sexo, mentiras y cintas de video las mujeres desnudaban sus deseos ante la cámara mediante la palabra, en Timecode son los cuerpos en movimiento los que hablan y se hablan sin más necesidad que la de dejarse unas notas con números. La monotonía de un trabajo ausente de incentivo se transforma, de repente, en el deseo inesperado de querer ir cuanto antes al aparcamiento, llegar con tiempo para calentar los músculos de un cuerpo dispuesto a contar sus emociones, dejando el siguiente mensaje en el servidor del ordenador para que doce horas después el destinatario lo pueda ver.

    Si Pina rendía un merecido y sentido homenaje a la figura de la bailarina y coreógrafa, en Timecode el homenaje se encuentra implícito en la forma de coreografiar esos bailes solitarios, urbanos, físicos, contemporáneos, justo antes de la explosión de esos tres minutos finales grandiosos que empiezan cuando el gerente del aparcamiento enseña el funcionamiento de las cámaras al relevo de esa pareja de vigilantes que han dejado el trabajo. En lo que imaginamos la culminación de la seducción entre ambos, Giménez rueda la exquisitez hecha cuerpo en movimiento y para ello se sirve de unos elementos tan impersonales y fríos como las cámaras de seguridad; en espacios tan poco proclives para la seducción y el deseo como las calles, rampas, muros de hormigón, escaleras, ascensores, propios de un lugar industrial como ese parking que ha dado lugar a un resultado tan convincente, tan lleno de ritmo, sutileza, erotismo y diálogo sin palabras, un logro final que, de manera merecida, ha sido reconocido en el último Festival de Cannes. Y pese a sus escasos 15 minutos, la película permite lecturas por capas y un amplio abanico de temáticas; la evidente, la del juego de seducción que se establece de manera improvisada, pero también la del compañerismo entre trabajadores, la crítica al mercado laboral, la ausencia de salidas para el sector del arte, obligados a aceptar trabajos muy alejados del que los protagonistas dominan, la explotación laboral con jornadas de doce horas, la alienación que explota como un grito de libertad triunfante de la manera más insólita, manteniendo un rigor formal abrumador en la línea emocionante del relato conforme esa relación danzante progresa y nosotros asistimos al «cruce de cartas». El cine español está muy vivo y su capacidad creativa es enorme, lo que a duras penas mantiene sus constantes vitales es su cuerpo financiero y la responsabilidad cultural de apoyarlo y exhibirlo. Dos premios en Cannes, pero noticia fueron Almodóvar y Bardem. Nada nuevo bajo el sol de la prensa y público, pero sí nos aguardan muchos horizontes esperanzadores de la mano de esta nueva ola de cineastas. | ★★★★ ½ |


    Miguel Martín Maestro
    © Revista EAM / Valladolid


    Pueden ver Timecode en Marvin&Wayne.

    El jardín

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