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    Crítica | Theo y Hugo, París 5:59

    Theo y Hugo, París 5:58

    Y después, ¿qué?

    crítica de Theo y Hugo, París 5:59 (Théo et Hugo dans l'même bateau, Olivier Ducastel, Jacques Martineau, Francia, 2015).

    Desde que fueran nominados al César a la Mejor Ópera Prima por Jeanne y el chico formidable (1998), aquel encantador drama romántico con toques musicales que, en cierto modo, recuperaba la esencia de Jacques Demy, la pareja de directores formada por Olivier Ducastel y Jacques Martineau se ha caracterizado por un cine fresco y con acentuado afán normalizador, sobre todo en sus incursiones en la temática LGBT, con obras tan distinguidas como Drôle de Félix (2000), Mi verdadera vida en Rouen (2002) o Nés en 68 (2008). Si en su debut los cineastas sorprendieron con el idilio entre una enamoradiza joven y un chico seropositivo al que le queda poco tiempo de vida, el tema del VIH se convertiría en una constante a lo largo de su obra posterior, volviendo a estar muy presente en su último filme, Theo y Hugo, París 5:59 (2015), que reincide al hablar de esta enfermedad dentro de un contexto de drama romántico que, tanto por su elegante realización como por la catarata de sensaciones que consigue despertar a lo largo de unos 97 minutos de metraje en los que ni sobra ni falta un fotograma, merece ser considerado el trabajo más maduro y complejo de los directores hasta la fecha.

    La historia que se plantea es bien sencilla, ya que se limita a mostrar el romance incipiente de dos jóvenes homosexuales que se acaban de conocer manteniendo relaciones sexuales en el interior de un cuarto oscuro. Las primeras imágenes nos sitúan a las 4:27 de una madrugada cualquiera en los interiores del conocido bar y sala de cruising parisina L'Impact. La cámara sigue a un hombre de mediana edad que, despojado de vestimenta, baja la escalinata que lleva al sótano del local, en un ambiente dominado por neones rojos y azules y música electrónica. Allí abajo, el panorama que encuentra es excitante: decenas de cuerpos masculinos desnudos y sudorosos, entregados al placer de la carne, amparados en el anonimato que la oscuridad del lugar les ofrece. La nota discordante parece ponerla un inseguro muchacho que, apartado en una esquina, trata de esquivar a quienes se le acercan insinuándose. Sus ojos se han posado en un hermoso chico que mantiene desenfrenadas relaciones con su ocasional amante en el centro del habitáculo y, desde ese momento, nadie más le importa. Poco a poco, como si una fuerza les empujara al uno contra al otro, sus cuerpos se van acercando hasta fundirse en un apasionado beso que será la antesala de una relación sexual en la que florecen sentimientos poco habituales en esas circunstancias. Ducastel y Martineau ponen, en sentido literal, toda la carne en el asador en esta brillante secuencia inicial de veinte minutos de duración, magníficamente coreografiada y con un altísimo voltaje erótico –el sexo es presentado de modo tan crudo y explícito (o más) como en las polémicas La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013) y El desconocido del lago (Alain Guiraudie, 2013)– que puede echar atrás al espectador que no se enfrente a la experiencia con la mente bien abierta y libre de prejuicios.

    Theo y Hugo, París 5:58

    «El espectador no sabrá si Theo y Hugo seguirán juntos mucho tiempo más o si su enamoramiento se esfumará cuando la magia de la noche llegue a su fin, pero lo cierto es que habremos asistido a una de las historias de amor más arrebatadoras de los últimos años, toda una lección de cine atrevido, actual y comprometido».


    Esa introducción tan arriesgada como valiente, lejos de ser tomada como un golpe de efecto gratuito o transgresor, sirve para dotar al filme de un realismo extraordinario, siendo las pulsiones que experimentan los personajes de Theo y Hugo totalmente creíbles, algo a lo que no son ajenos los formidables trabajos de Geoffrey Couët y François Nambot, dos actores que solventan su inexperiencia ante las cámaras con una naturalidad aplastante, logrando una química romántica como pocas. Otro aspecto interesante de la película es la decisión de sus responsables en contar la historia en tiempo real, siguiendo a los dos amantes por las calles de un París nocturno y despoblado, en un peregrinar que va desde la sala de emergencias del Hospital Sant Louis a la estación de metro de Stalingrado, pasando por el canal Saint-Martin. Durante hora y media, los jóvenes se van conociendo –vestidos, es hora de desnudar sus almas–, hablan de sus ilusiones –mientras Hugo aspira a ser notario, Theo sueña con desempeñar algún trabajo humanitario– y miedos –ese temor al contagio del SIDA que se convierte en la sombra que amenaza con enturbiar tan idílica sintonía– mientras se mueven por la ciudad a bordo de unas bicicletas de alquiler, a pie o en metro. En su camino, breves historias mínimas de habitantes noctámbulos como ellos, sirven para dibujar un microcosmos maravilloso –el dependiente sirio de la tienda de kebab, que les habla de la libertad que ha encontrado lejos de un país que le prohibía ser él mismo; la anciana del metro a la que una pensión insuficiente empuja a trabajar como limpiadora de un hotel– que recuerda, en cierto modo, al cine social de los hermanos Dardenne de Dos días, una noche (2014).

    Theo y Hugo, París 5:59 comienza mostrando los instintos más primarios del ser humano, esos que le hacen dejarse llevar por el deseo sin tomar las debidas precauciones, propiciando una didáctica fábula que advierte sobre los peligros de las enfermedades de transmisión sexual y fomenta el uso del preservativo. A pesar de la relevancia de tan espinoso ingrediente, la cinta evita caer en los terrenos del fatalismo o el exceso de dramatismo. De hecho, la embriagadora atmósfera que envuelve a las calles de la ciudad del amor –la puesta en escena y el trabajo de fotografía de Manuel Marmier son, desde luego, deslumbrantes–, el talante positivo de sus personajes (unos románticos empedernidos, convencidos de que lo que surgió entre ellos en el cuarto oscuro estuvo más cerca de la chispa del amor que del frenesí puramente carnal) y una fascinante combinación de diálogos cargados de autenticidad y miradas que traspasan la pantalla, dotan a la cinta de un sabor agridulce que deja el suficiente espacio a la esperanza como para ser disfrutada con más sonrisas que lágrimas. Estamos ante una pequeña gran película, alumna aventajada de Antes del amanecer (Richard Linklater, 1994) en esto de hablar de cuán intenso puede llegar a ser un amor fugaz, ese que se disfruta al máximo sin saber cuánto va a durar. Weekend (Andrew Haigh, 2011), título con el que Theo y Hugo, París 5:59 guarda evidentes paralelismos en su tono, ya había plasmado un apasionado breve encuentro, con fecha de caducidad, entre dos hombres durante un fin de semana. Sin embargo, Ducastel y Martineau han optado por cerrar su viaje cuando el reloj marca las 6 de la mañana, con el comienzo de un nuevo día y, tal vez, una nueva vida para sus protagonistas. El espectador no sabrá si Theo y Hugo seguirán juntos mucho tiempo más o si su enamoramiento se esfumará cuando la magia de la noche llegue a su fin, pero lo cierto es que habremos asistido a una de las historias de amor más arrebatadoras de los últimos años, toda una lección de cine atrevido, actual y comprometido. | ★★★★★ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Francia. 2015. Título original: Théo et Hugo dans même bateau. Directores: Olivier Ducastel, Jacques Martineau. Guion: Olivier Ducastel, Jacques Martineau. Productores: Emmanuel Chaumet. Productoras: Ecce Films / Epicentre Films. Fotografía: Manuel Marmier. Música: Gaël Blondet, Pierre Desprats, Kuntur, Karelle Kuntur, Victor Praud. Montaje: Pierre Deschamps. Reparto: Geoffrey Couët, François Nambot, Mario Fanfani, Miguel Ferreira, Marief Guittier, Georges Daaboul, Claire Deschamps.

    Póster: Theo y Hugo, París 5:58
    El fulgor efímero

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