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    Crítica | Pozoamargo

    Pozoamargo

    La sombra de la culpa

    crítica de Pozoamargo (Enrique Rivero, España, 2015).

    Pozoamargo es una localidad, un espacio físico ubicado en un mapa, pero también es el lugar metafórico en el que se encuentra el papel protagónico del relato, un Jesús en absoluta caída libre devorado por un sentimiento de culpa de raíz sexual. A lo largo de la historia, este personaje irá deslizándose poco a poco hacia el más bajo de los escalones vitales posibles, abandonando cualquier posesión material y afectiva; recreándose en una especie de purgatorio doloroso más parecido a una antesala del infierno que a una vida, a un vegetar sufriente a la espera del fin sin esperanza de conocer a su propia sombra. Desde la primera escena, de una fisicidad que atraganta, donde un hombre folla desesperadamente con su mujer embarazada, mientras su sombra se proyecta en las paredes de la habitación haciendo dudar sobre quién está disfrutando o accionando en ese momento, hasta la conclusión en una cama de hospital, superado el estigma que marca al personaje de manera absoluta, Rivero plantea la dicotomía de un hombre y su sombra, la falta de unión entre ellos, como si la sombra no dejara de ser ese reverso oscuro que todos llevamos dentro y del que el personaje de Jesús quiere renegar sin atrever a conocerse interiormente.

    Portador de una enfermedad sexual sin nombre, para la que no quiere cura ni tratamiento, sino castigo y penitencia, Jesús pone tierra de por medio convencido de haberla transmitido a su mujer y al bebé que está a punto de nacer. Es cuando empiezan los años de peregrinaje de un hombre dispuesto a abandonar todo para sumirse en el recuerdo permanente del daño causado, introduciendo el elemento masoquista del dolor sin pensar en el remedio, no aceptando la posibilidad de salvación más que desde la huida vacía. No es difícil imaginar que en esa renuncia hay un origen culpable, esa enfermedad no se ha adquirido de manera espontánea. Es esa marca del pecado la que provoca la marcha y el abandono de todo lo que se tenía y se quería. Deambulando por áridos paisajes, secarrales del campo que no dejan de ser los del alma del penitente, Jesús termina asentándose en una localidad de nombre Pozoamargo. Un extraño, un inmigrante en territorio desconocido, mendigando un trabajo físico en el campo que endurezca y curta su piel, y al mismo tiempo, que el dolor de sus fibras se haga más insoportable por el esfuerzo, con lo que se sentirá más reconfortado por sufrir en sus propias carnes la medida del daño que presume haber causado. Pero en toda renuncia existe la tentación, en todo arrepentimiento la posibilidad de recaer. Antes de establecerse en ese nuevo espacio, las imágenes ya preludian dónde está el punto débil del caminante. Por más que intente rehuir a las mujeres, en su cuerpo seco, consumido, hay algo que las atrae, en este caso el objeto de deseo y perdición es la impresionante (en todos los sentidos) Natalia de Molina, incluida su primera aparición en bicicleta, objeto de deseo inmediato, tentación absorbente que proporciona a la película el color que el personaje de Jesús va apagando a su paso, actriz intérprete de una de las escenas eróticas más conseguidas del reciente cine español, y que supone otro punto de inflexión en la cinta, que evoluciona, precisamente, marcada por dos instantes de sexo que transforman el placer en dolor en apenas un instante, y siempre desde la soledad poscoital de Jesús.


    «Pozoamargo es un compendio espléndido de lo que el nuevo cine puede hacer alejándose del uso del lenguaje convencional, del costumbrismo rancio de interior, de episodios unidos por el mero afán recaudador, alejado de etiquetas comerciales pero demostrando una intensidad narrativa encomiable».



    Abierto el último tramo de la historia, nos encontramos en la antesala del infierno. Si la huida a un espacio asfixiante como el de un pequeño pueblo no ha permitido a Jesús limpiar su mancha, sólo cabe el aislamiento total y definitivo; encerrarse en un rincón perdido y abandonado, de construcciones arruinadas y donde sólo puede relacionarse con otros desadaptados como él y con los animales que cuidan. Un paisaje tenebroso y hostil, sometido a los rigores del clima, sin comodidad ni lujo alguno, donde este personaje asume esta fase como la definitiva, el preámbulo de una muerte que anticipa y que desea, la muerte como liberación de una carga insoportable que no puede eliminar porque forma parte de su condición humana, de la sombra que le acompaña por más que intente eliminarla. Para Jesús la mancha está en el sexo como en otros puede estar en la codicia, en la maldad, en la envidia. No obstante, llegado el momento que parece definitivo, nadie espera a la muerte de manera plácida. Esa resistencia a morir, esa necesidad íntima de sentirse perdonado por años de renuncia y absentismo, se resuelven de manera paradójica y mediante el humor negro en el tramo final. Cuando Jesús se enfrente, recuperado, a su sombra, descubrirá, entre inquieto y retador, que ésta se ha multiplicado, que lo que parecía una única duda en su interior, se ha transformado en un ser con personalidad poliédrica. Las sombras de cada uno o se controlan o te destruyen, pero primero hay que conocerlas. Rivero sabe mucho de cómo plasmarlas porque ya lo hizo muy bien en Parque vía, y ayudado por una fotografía excelente que da a las texturas de la imagen y de los espacios la suficiente aridez que precisa el personaje, derivando progresivamente hacia el blanco y negro, como si ese alma de Jesús se fuera apagando poco a poco. Y tampoco puede descartarse, en esa carga animal de los encuentros sexuales, en la representación dolorosa de la culpa, la influencia de Carlos Reygadas, con el que Rivero ha colaborado anteriormente. En definitiva, el dispositivo funciona a la perfección en esa ausencia de diálogos, en ese camino explícito de un ser arruinado por la culpa que se encuentra, a mitad del viaje, con otro que vive libre y voluntariamente, su juventud y su cuerpo. Con una puesta en escena diseñada para comprometer al espectador ante la radiografía del dolor interno, y que se transporta a cualquier acto del protagonista, por mínimo que sea éste, Pozoamargo es un compendio espléndido de lo que el nuevo cine puede hacer alejándose del uso del lenguaje convencional, del costumbrismo rancio de interior, de episodios unidos por el mero afán recaudador, alejado de etiquetas comerciales pero demostrando una intensidad narrativa encomiable. Sea en México, en España, o entre ambas, bienvenido sea Rivero a los campos de Castilla y deseemos que obtenga financiación para nuevas películas tras esta y las precedentes Parque vía y Mai morire. | ★★★★ |


    Miguel Martín Maestro
    © Revista EAM / Valladolid


    Ficha técnica
    España, 2015. Título original: Pozoamargo. Distribuidora: Márgenes Distribución. Productora: Una Comunión, Zeitun Films, Zamora Films. Dirección: Enrique Rivero. Guión: Enrique Rivero. Fotografía: Gris Jordana. Reparto: Jesús Gallego, Natalia de Molina, Xuaco Carballido, Elsa Ruiz, Sophie Gómez. Duración: 99 minutos. Presentación: Festival Europeo de cine de Sevilla.

    Póster: Pozoamargo
    El fulgor efímero

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