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    Crítica | Dos buenos tipos

    The nice guys

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    crítica de Dos buenos tipos (The nice guys, Shane Black, Estados Unidos, 2016).

    La conservadora ortodoxia de las películas de acción de los años 70 es, sin lugar a dudas, una de las características más entrañables de este género. El constante mensaje adoctrinador y la poca sutileza con la que se condenaba a todos aquellos personajes que escaparan de los códigos de conducta tolerables por la moral judeo-cristiana, formaba parte del ingenuo romanticismo y del espíritu reaccionario inherente al Hollywood de la decadente era moderna. Este tradicionalismo es, no obstante, asumido de forma paródica, incluso cuando su intención es la profética condena del pecador, por un público que se divierte con argumentos que parecen escritos por Homer Simpson y revisados con tijera implacable por Ned Flanders. Shane Black se aprovecha de esta premisa para sacudir sin piedad los fundamentos dogmáticos de la acción con un descarado similar al que pudimos apreciar en The Guest (2014) aunque con una dosis de humor disparatado tan obvio e hiperbólico que haría saltar de emoción al propio Blake Edwards. Un humor que funciona gracias, en gran medida, a la sensacional alianza de dos actores tan diferentes y consagrados que parecía imposible que pudieran congeniar de la manera que ha quedado reflejada en Dos buenos tipos (The Nice Guys). Ryan Gosling y Russell Crowe encarnan la perfecta pareja de fracasados con suerte y sin vergüenza que, esquivando las leyes a su antojo y moviéndose sibilinamente por los oscuros límites de la negligencia, conforman su propio sindicato criminal contra el crimen.

    La película se construye a partir de esos dos personajes, respetando unos patrones de masculinidad muy recurrentes en este tipo de cine o, al menos, en el género cinematográfico que se trata de parodiar. La mujer es un ser desconocido, de intelectualidad insignificante, por ello Black la reduce a una aparición simple y cosificada sexualmente. Pese a todo, es gracias a la ausencia de una figura femenina responsable por lo que comprendemos mejor el caótico universo por el que deambulan erráticos Jackson y Holland. Ambos protagonistas aparecen cortados por el mismo patrón; la pérdida de sendas mujeres, por motivos diferentes, los ha llevado a asumir una actitud muy negativa frente a la vida, hecho que ha repercutido inexorablemente en su rendimiento profesional y en la escasa rigurosidad de sus códigos deontológicos. Por un lado está Jackson, un expeditivo matón a sueldo sin más amigos que su inseparable puño americano, éste exterioriza la rabia, la impotencia y la vergüenza generadas por el repentino y humillante abandono de su mujer con una actitud hiperviolenta, desligada de cualquier forma de empatía hacia el resto de seres humanos. Sus movimientos responden a iracundos reflejos de cólera que, incontrolada, escapa de sus entrañas para volver a almacenarse con cada pensamiento o recuerdo que surge espontáneamente de su exmujer. Por el otro tenemos a Holland, un lacónico detective fracasado que entró en una espiral autodestructiva tras la muerte de su mujer. Este suceso, del que podemos intuir cierto grado de negligente responsabilidad, lo sumió en un depresivo y doloroso padecimiento auto-infligido que arrastra como una carga a diario, mientras se entrega a los excesos del tabaco y el alcohol, incapaz de responsabilizarse de una hija de 13 años, Holly, quien se ha visto forzada en numerosas ocasiones a conducir a su padre al hospital, o a alguna de sus misiones detectivescas, ya que éste no se encontraba en condiciones de coger el coche. Así se aprecia un claro cambio de los roles familiares, siendo la joven la que asume el papel de madre protectora.

    The nice guys

    «Un inmenso Ryan Gosling, que bien parece salido de la saga detectivesca de Eduardo Mendoza, contagia con su torpeza y holgazanería al avance narrativo de este filme, que se vuelve más displicente y subversivamente indiferente en cuanto a sus mecanismos de cohesión, la brusquedad de los giros de guion y el descaro de las herramientas retóricas».


    Los niños son mostrados de forma grotesca, desprovistos de toda ingenuidad y representados como seres alienados por un contexto pernicioso (el del frenético Hollywood adicto a la fama y al libertinaje de las largas noches llenas de glamour y otras drogas) que los contamina y les arrebata su bien más preciado: la propia infancia. En este aspecto la cinta es tan incorrecta como incómoda, la mezcla que supone el sexo, la pornografía, la violencia, las drogas y los niños no resulta un espectáculo muy agradable, empero, es la presencia de Holly lo que nos permite distinguir más sutilmente esa crítica a la pérdida de valores. Los preadolescentes son sometidos a un proceso de hipersexualización, se acentúan sus facciones y su indumentaria —grosor de los labios, amplitud de los ojos, longitud del pelo, ropa ceñida, accesorios sugerentes…— y se incide en su explicitud dialéctica y descriptiva; esto provoca un sentimiento de suciedad y culpabilidad detestable que, por supuesto, conlleva un rechazo tal que facilita la tarea de condenar a los otros protagonistas de la película, la clase dirigente de la alta sociedad del motor y el espectáculo. Un sentimiento que siempre estará contrastado por la constante carcajada propiciada por el hilarante humor negro con el que el director construye su endemoniado guion, lleno de diálogos desternillantes y de monólogos histriónicos hasta el punto de la parodia absoluta.

    The nice guys

    «Una comedia que se sustenta en su gran cinismo y en la sátira académica de la gran industria; algo que resulta cada vez menos trasgresor en los últimos tiempos, donde todo el mundo parece tener algo que decir en contra de Hollywood y del estilo aburguesado de las productoras de cine. Sin embargo, pocas de esas cintas contienen una dosis tan elevada de carisma, mala leche y procacidad humorística como Dos buenos tipos; una cinta irreverente que combina de manera eficaz el dinamismo paródico de los hermanos Coen y la sátira despiadada de Todd Solondz».


    La evidente gravedad argumental, apreciable en el contexto histórico que envuelve a los personajes, queda desmantelada por completo a causa de estas estrategias de caricaturización que, en su intento de derribar los pilares canónicos del cine negro, establece Black por medio de su protagonista. Un inmenso Ryan Gosling, que bien parece salido de la saga detectivesca de Eduardo Mendoza, contagia con su torpeza y holgazanería al avance narrativo de este filme, que se vuelve más displicente y subversivamente indiferente en cuanto a sus mecanismos de cohesión, la brusquedad de los giros de guion y el descaro de las herramientas retóricas. Prestamos atención a la pérdida de la rigidez textual desde que el director prologara pornográficamente la cinta, hasta que nos vamos acercando al final y esa explicitud sexual deviene en una contundente crítica al capitalismo corrupto de las empresas automovilísticas y a Detroit como centro neurálgico del mal endémico del siglo XX —son observables, en ciertos chascarrillos irónicos, las referencias a la crisis del automóvil como un merecido y despiadado karma: «Detroit es invencible»—. Abonado a la estética setentera californiana, el director representa a Gosling como un antagonismo de aquel Driver que conducía, preciso, inapelable y letal, su deportivo sobre el asfalto de Los Ángeles en Drive (2011). Ridículo, cobarde y sin ningún tipo de responsabilidad o sentido protector, el protagonista es arrastrado de un lado para otro por su hija o por su socio, mientras tropieza con las pruebas y choca de bruces contra algunas de las pistas más importantes para resolver la desaparición de una chica y su relación con la muerte de una estrella del porno. Desde los chistes sin gracia de la pareja protagonista, hasta las sobre —o infra— actuaciones de algún secundario, resulta muy difícil establecer qué se ha realizado de manera deliberada y qué es un fallo del propio filme, por lo que tendemos a asumir que todo está puesto con el fin de desconcertarnos y parodiar tanto el continente como el contenido, haciendo muy fácil que el espectador deje de prestar atención a elementos secundarios y se centre en el propósito principal del realizador: disfrutar la película. Una comedia que se sustenta en su gran cinismo y en la sátira académica de la gran industria; algo que resulta cada vez menos trasgresor en los últimos tiempos, donde todo el mundo parece tener algo que decir en contra de Hollywood y del estilo aburguesado de las productoras de cine. Sin embargo, pocas de esas cintas contienen una dosis tan elevada de carisma, mala leche y procacidad humorística como Dos buenos tipos; una cinta irreverente que combina con eficacia el dinamismo paródico de los hermanos Coen y la sátira despiadada de Todd Solondz. | ★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Alicante-Dublín


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2016. Título original: The Nice Guys. Director: Shane Black. Guion: Shane Black, Anthony Bagarozzi. Fotografía: Philippe Rousselot. Duración: 116 minutos. Música: David Buckley, John Ottman. Productora: WB / Silver Pictures / Waypoint Entertainment / Misty Mountains. Montaje: Joel Negron. Diseño de producción: Richard Bridgland. Diseño de vestuario: Kym Barrett. Intérpretes: Ryan Gosling, Russell Crowe, Matt Bomer, Kim Basinger, Yvonne Zima, Keith David, Margaret Qualley, Beau Knapp, Angourie Rice, Daisy Tahan, Abbie Dunn, Michael Beasley, Joanne Spracklen, Dale Ritchey, Terence Rosemore, Chace Beck, Kahallyn Summer Cain, Cayla Brady, Murielle Telio, Lexi Johnson, Gary Wolf, Maddie Compton, Michelle Rivera, Joshua Hoover, Charles Green, Scott Ledbetter, Amy Goddard, Brian Gonzalez, Ty Simpkins. Presentación oficial: Festival de Cannes 2016 (Palma de Oro).

    Póster: The nice guys
    Feelmakers

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