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    Crítica | Capitán Kóblic

    Kóblic

    La deserción en tiempos de Videla

    crítica de Capitán Kóblic (Kóblic, Sebastián Borensztein, Argentina, 2016).

    Lo que descubre el capitán Kóblic al mirar por el retrovisor de cabina es a unos cuantos presos políticos semidesnudos, visiblemente drogados y a pocos instantes de convertirse en alimento para los tiburones. Alguien le dice que abra las compuertas. Que abras, le repiten. Kóblic parece absorto, como si estuviera sopesando la posibilidad de iniciar una maniobra kamikaze: el "no" a los sicarios del general Videla e incluso el "no" a su propio embrutecimiento, pues desde ese avión que él pilota son despedidos a envites, como se arrastra a una res con el estoque de la droga en sangre, hombres y mujeres no ya golpeados sino desprovistos por completo de su humanidad. Que abras, le insisten a punta de pistola. «¿Estás sordo, o qué, pelotudo?». Y así, con la mediación de un interruptor sin luz, el viento comienza a mover el flequillo de una chica y tumba a otro chaval anestesiado. No mucho después comprobamos que aquel retrovisor en 1977 es en realidad una forma de asomarse al trauma que sufre el tal Kóblic, un desertor que huye a sabiendas de que, allá donde esté, siempre habrá algún chivato que lo regrese al ignominioso camino de la Junta Militar. Tal vez alguien con facilidad para urdir conspiraciones de silencio y, más aún, para invitar a rondas que nunca pagará. Concretamente un comisario de provincias con los dientes podridos y cuyo peluquín, risible y tétrico a un tiempo, viene a ser un inapelable atuendo con el que sufragar la escasez de todo en aquella Argentina no tan remota. Una manera de hacer estilo de su ausencia, por así decir, y contrarrestar la magia insondable de un actor devenido institución cognoscible. Y es que Ricardo Darín (Kóblic) dejó vacante hace mucho la categoría de estrella instruyéndose en género viviente, si bien uno que retransmite sus personajes amagando titubeos que desembocan en certezas imprecisas. «No quisiera molestar», nos dice él con una media sonrisa. «(...) No, no, está bien; (...) buen día, ¿cuánto le debo?». Se insinúa burgués tranquilo. Aunque tal escrúpulo puede borrarse de un plumazo, en un abrir y cerrar de ojos, y convertirse en la antimateria de un (anti)héroe con reminiscencias noir y western, titular de un cierto donaire romancero del sur; todo ello hilvanado no sin estilo por Sebastián Borensztein, un director bonaerense que en su manía de trascender el dúctil y simpatético costumbrismo de su anterior filme —Un cuento chino—, arrastra tanto referencias (visuales y narrativas) como arquetipos reconocibles hacia un hangar junto a una carretera apenas transitada por algunos coches que más adelante aminoran y frenan, si acaso, para repostar y seguir viaje sin haber comprado regaliz ni ese casete con «los mejores tangos porteños».

    A Kóblic lo acoge un viejo amigo, también piloto, que está allí no sabemos muy bien por qué. O sí: tiene un pequeño terruño y se gana el pan fumigando con su avioneta los trigales de sus vecinos. En su rostro, con los surcos propios de quien ha vivido siempre al ritmo que marca la contemplación nerviosa, se adivina una película de Carl Theodor Dreyer. Es de esos hombres a los que uno le confiaría sus espaldas en una pelea perdida de antemano. Y a él acude Kóblic buscando un techo y un trabajillo, que diría mi abuela, con la intención de sacudirse los demonios que lo acosan en sueños. No así en la vida real, donde Kóblic descubre muy pronto el encanto sutil de la mujer (Inma Cuesta impostando meritoriamente el habla y acento argentinos) que regenta la pedanía de una gasolinera. También ella calla, aunque en diferente grado, un secreto que la carcome tan lentamente, tan de a poco, ya tan suyo, que hasta le ha puesto nombre y cara. Así, Kóblic es escrutado con lupa por el comisario mientras aquel retrovisor del comienzo vuelve a él para mostrarle su obra en colaboración: el crimen que él mismo perpetró durante largo tiempo, sin decir ni mu. Los tristemente conocidos como "vuelos de la muerte". Es este punto escalofriante el que Borensztein reitera con poca fortuna. Insiste el director en mostrarnos aquellas caras pálidas como figuras mortuorias; el pinchazo eléctrico que de pronto parece sentir el capitán a mil pies de altura, o los que fueran; la pretendida redención a través de una violencia reiterada, cuya potencia elíptica sólo alcanza hueso cuando la película impone su forma y su voz, gracias en parte a su eficaz planificación de cámara y a ese no decir más que lo justo tan dariniano. Pues en Capitán Kóblic uno escucha el tictac de Bombita, que ya advertimos entre subterfugios más bien paradigmáticos, a punto de volarlo todo por los aires y aterrizar, sospechosamente íntegro, como la vaca de otro «cuento argentino» sin humor apreciable pero con la dosis necesaria de estilo y unas óptimas interpretaciones. | ★★★ |


    Juan José Ontiveros
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Argentina, 2016. Capitán Kóblic. Director: Sebastián Borensztein. Guión: Sebastián Borensztein, Alejandro Ocón. Fotografía: Rodrigo Pulpeiro. Productoras: Pampa Films / Gloriamundi Producciones / Telefe / DirecTV / Endemol Shine Argentina / Atresmedia Cine / Palermo Films / INCAA. Fotografía: Rodrigo Pulpeiro. Música: Juan Federico Jusid. Reparto: Ricardo Darín, Inma Cuesta, Óscar Martínez. Distribuidora: DeAPlaneta.

    Póster: Kóblic
    El fulgor efímero

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