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    D’A 2016 (VIII) | Contrastes & surrealismo

    Sangue del mio sangue

    El antepenúltimo día del Festival, el viernes 29, fue la jornada de los contrastes; dedicada íntegramente la sala 1 del cine Aribau Club a títulos de cineastas reconocidos internacionalmente, sin embargo la única sesión que tuvo un público amplio fue la de Cosmos (2015), de Andrzej Zulawski, quizá por contar con los incondicionales del director polaco, quizá por la presencia de los amantes de la novela que la cinta adapta –entre los que se encuentra una servidora–, o quizá por el “morbo” de ver el primer filme de Zulawski tras quince años de inactividad y que, desgraciadamente, se ha convertido en su involuntaria obra póstuma. Y si digo “desgraciadamente”, no es tan solo por la pérdida de un director de innegable talento, sino porque Cosmos es una pieza que, a nuestro parecer, fracasa en su intento de plasmar en imágenes la inadaptable obra homónima de Witold Gombrowicz. Y es que el realizador se decanta por el elemento surrealista y cómico del texto original pero convierte sus momentos filosóficos y poéticos en una verborrea imposible de aprehender y en unas imágenes de montaje brusco, correctas pero planas, que no transmiten más que una admiración fría, cerebral. Seguramente, cada lector de un clásico concibe en secreto una adaptación fílmica del mismo; quizá por ello el filme estaba condenado a decepcionar. Paradójicamente, la fidelidad de Zulawski a ciertos detalles argumentales de Cosmos redunda en contra del conjunto, incapaz de captar el espíritu del libro de Gombrowicz: la tan admirable como imposible búsqueda del sentido de la vida en un mundo indescifrable, lo que tiñe su prosa de un tono elegíaco y melancólico. Quizá haber optado por un discurso más abstracto y pausado habría sido más adecuado; o quizá el afrancesamiento de la narración le da un toque elitista e impostado que le despoja de la rebosante originalidad de la obra en la que se inspira. En cualquier caso, Cosmos en tanto creación artística independiente, es un ameno divertimento experimental, donde la acelerada sucesión de situaciones surrealistas y el histrionismo de las interpretaciones provocan la risa, el desconcierto y, en su tramo final –el mejor de la cinta–, la conciencia de que los placeres de la vida son tan efímeros como los sufrimientos.

    Si la falta de concurrencia citada en la primera sesión fue de lamentar, fue sobre todo porque Taklub (2015), de Brillante Mendoza, ha sido, hasta el momento, nuestra preferida entre las cintas que he podido visionar en este D’A 2016. Admitida la debilidad por el autor filipino, ya que su filmografía posee la rara capacidad de provocar y de conmover, de mostrarnos historias cotidianas tanto con la sequedad más incómoda y dolorosa como con el lirismo más desbordado. Taklub se centra en día a día de los supervivientes del devastador tifón Haiyan, mediante un discurso de textura documental en el que, sin embargo, abundan los elementos metafóricos y la información elíptica. A medio camino entre la crítica social, el drama intimista y la reflexión metafísica, su brusco principio es desgarrador, y su final está cargado de tanta desesperación contenida que pocas veces el público sale de un pase con tanta pena y congoja. Pero como en la sala, habilitada para unas 400 personas, éramos apenas cuarenta, según comentaron los organizadores, la agridulce experiencia la padecimos/disfrutamos pocos.

    En cuanto a la pieza que cerró el día, Sangue del mio sangue (2015), del veterano Marco Bellocchio, ni estuvo tan desierta como la de Mendoza, ni tan llena como la Zulawski, pero supuso una nueva vuelta de tuerca al surrealismo desplegado por el difunto director polaco. Eso sí, Bellocchio lo hizo desde una óptica plenamente italiana –felliniana, diríamos–, mediante dos historias en apariencia inconexas que, sin embargo, trazan un mapa de la realidad moral de su país. Así, ese relato romántico, casi de terror gótico, ambientado en el pasado de un pueblo de Italia, con el que se abre el metraje, explica la realidad de dicha villa en la actualidad. Y es que una herencia de intolerancia, superstición, ignorancia y privación amorosa y espiritual solo puede dar lugar a un mundo regido por las apariencias y los buenos modales –como la propia curia católica–, pero hipócrita, corrupto y decadente: un cadáver viviente, un vampiro. Como no nos movimos casi de la sala 1 del Aribau Club, ello propició una sensación de déjà vu nietzscheano de “eterno retorno”, al volver a hacer cola delante de las mismas puertas, ir al mismo lavabo, sentarnos en el mismo asiento –en la tercera fila, que suele estar vacía–, ver otra cinta en la misma sala, volver a votar, volver a salir… Estar tantas horas dentro del mismo recinto reverbera en el ánimo del espectador como un recuerdo a punto de emerger, le hace constatar el constante devenir del tiempo y le transmite cierta tristeza. Por fortuna, el estado de ánimo se mudó del todo cuando nos topamos, accidentalmente, con una de las rutas nocturnas por la ciudad que cada viernes organiza la APB (Asociación de Patinadores de Barcelona). Conformando un pelotón con más gente que la que asistió a Taklub, los participantes llevaban atuendos coloristas y protecciones fosforescentes, y las ruedas de sus patines hacían brillar sus leds incorporados, para ser muy visibles en la oscuridad. Así que configuraban, a simple vista, una veloz caravana de luces multicolores, como si fueran la Santa Compaña camino de la discoteca o un grupo de duendes y hadas aquejados de gigantismo. Es decir, que fue un verdadero placer verles.

    Otras críticas:

    Taklub, de Brillante Mendoza. Por Alberto Sáez Villarino (Crítica).
    Sangue del mio sangue, de Marco Bellocchio. Por Adrián González Viña (Crítica).
    Cosmos, de Andrzej Zulawski. Por Luis Enrique Forero Varela (Crítica).
    Feelmakers

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