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    Cineclub | Matango (1963)

    Matango (1963)

    La isla de los hongos

    Matango (マタンゴ, Ishirô Honda, 1963).

    Un barco varado en calma chicha, no hay quizá mayor angustia que verse anclado en un lugar en el que lo más antinatural es la falta de movimiento, recibe la imposible visita en lo más profundo de la noche de un hombre en una chalupa que aborda el navío solicitando ayuda a la sorprendida tripulación. Pide alimentos para él y para su ausente esposa, sin consentir que los marineros acerquen luz alguna. Desea permanecer a oscuras, lo cual provoca aún mayor estupefacción en esos hombres que han sido despertados de un intranquilo dormitar por la solitaria voz. Es como si el más extraño de sus sueños se tornara realidad. El comportamiento del visitante es difícil de comprender, pero su agradecimiento al recibir las vituallas es sincero y emotivo. Por esto accederá a contar su desgraciada historia a la tripulación, la cual acodada en la borda escuchará aterrada desde la distancia llegar hasta ellos la voz tras la muralla de negrura. Y narrará sus desventuras por deferencia hacia el favor recibido, pero más aún como aviso, como advertencia ante el horror que se oculta en aquellas recónditas aguas y que tanto él como su compañera están sufriendo. Y nosotros, como si fuéramos también navegantes de esos mares lejanos, seremos partícipes de un entrecortado y terrorífico relato en el cual unos náufragos van a parar a una isla dominada por un desconocido y virulento hongo de dulce sabor que consume a quien lo prueba acuciado por el hambre. Este sería el absorbente punto de partida de Una voz en la noche (A Voice in the Night, 1907), un cuento del genial William Hope Hodgson (1877-1918), el maestro indiscutible de las historias de terror ambientadas en el mar, que nos dejó aquí uno de los relatos más angustiosos y terroríficos que ha dado la literatura fantástica, y al tiempo uno de los más desoladores y tristes que pueda concebirse. Sin duda la melancolía y la desesperación del hombre al enfrentarse a la vasta soledad y crueldad del mar se pueden encontrar reflejadas con una fuerza inigualable y única en su obra.

    Nada haría pensar que tan magnífico y terrible relato sería llevado a la pantalla por Ishirô Honda en el año 1963 para la compañía Toho bajo el título de Matango (マタンゴ). Honda era sobre todo conocido por haber rodado la primera película del hoy mítico monstruo Godzilla (Gojira para el público japonés), pionera de los filmes de kaiju o monstruos japoneses en los que se dejaba de lado el sistema de stop motion (rodaje fotograma a fotograma para dar la sensación de movimiento de los monstruos, en realidad figuras o muñecos articulados) popularizado en King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933), su modelo, para pasar al más barato y rápido de enfundar a un señor en un traje y que este interpretara a la aberración monstruosa de rigor. Japón bajo el terror del monstruo (ゴジラ, Gojira, 1954) supuso un éxito absoluto en la cual Honda supo transmitir una densa atmósfera de destrucción. La gigantesca criatura radioactiva asolaba las playas de Japón cual metáfora poco disimulada del horror nuclear recién padecido por los japoneses en la Segunda Guerra Mundial, sumado al ancestral temor a los terremotos y maremotos que se han abatido sobre la isla a lo largo de su historia. Una cinta oscura que reflejaba a la perfección todos los miedos de la época en que se gestó, pero que pronto pasó a ser absorbida y dulcificada gracias a su popularidad. Las pantallas fueron invadidas por toda una pléyade de monstruos posteriores tales como Rodan, Gorgo, Gamera, King Ghidora o Mothra, la polilla gigante, que protagonizaría una de las más hermosas películas de kaiju: Mothra (モスラ, Mosura, Ishirô Honda, 1961). Según se rodaban más películas de monstruos, más infantiles, sin que esto devenga por fuerza un demérito, resultaban sus guiones buscando y consiguiendo la aceptación del público familiar. Así Godzilla, que de representar el terror de una era acabó convirtiéndose en el amigo de todos los niños y héroe de filmes cada vez más inocentes, más blancos, donde el sentido de la maravilla y la diversión brillaban por encima de cualquier otra apreciación. Un cine ágil, directo, de personajes esquemáticos definidos con rapidez porque lo que de verdad importaba eran las escenas con los monstruos campando a sus anchas por el encuadre sembrando el caos. Quizá el punto culminante fuera Invasión extraterrestre (怪獣総進撃, Kaijû sôshingeki, Ishirô Honda, 1968), mucho más bonito y explícito su título en inglés, Destroy All Monsters, donde todos los monstruos eran reunidos en una isla para darse de mamporros sin cuartel ni piedad. A partir de aquí solo podía devenir la decadencia del género, tan explotado y agotado que ni el aliento radioactivo de Godzilla se vería capaz de sostenerlo. Honda había dejado grandes títulos, alternando estas cintas de monstruos con otras de ciencia ficción y fantasía. Quizá por eso nos sorprenda que emprendiera el rodaje de Matango: no por su condición de filme fantástico, sino por la profunda oscuridad y amargo mensaje que desprende.

    Los títulos de crédito iniciales despistan por completo, hay que advertir: parecen los de cualquier comedia juvenil sesentera con música bailonga de la época. Es el único momento en el que se ofrecerá un respiro y la oportunidad de sonreír al espectador. Pronto estaremos en la celda de un manicomio en la que un interno, con voz agónica, exclamará: “Soy el único que está muerto. Los demás están vivos.” Y de aquí viajaremos en flashback a la cubierta de un barco de vela de lujo, el que hemos apreciado en los créditos, en el que un grupo feliz de amigos pasan unos días de vacaciones. Con una sencillez desarmante Honda y sus guionistas nos presentan con rapidez a todos los integrantes de ese viaje de placer, a qué dedican sus vidas y un apunte de sus personalidades, que quedarán perfiladas al detalle cuando poco después una brutal tormenta se desate sobre el barco. Un par de cruces de miradas y ya sabremos quiénes son y qué relaciones se han establecido entre ellos. Algo esencial para comprender cómo se desarrollará la trama. El yate naufraga y nuestros protagonistas son arrastrados a la solitaria playa de una ignota isla. Encuentran asilo en un barco de investigación abandonado, encallado en la arena, que se halla cubierto totalmente de un extraño musgo, devorado por unos hongos que adoptan colores diferentes en cada habitación que inspeccionan del muerto navío. La densidad cromática en esta secuencia de exploración marca el tono de ensoñación mefítica que más tarde se apoderará de la película, adelantando los horrores que esconde la isla. Este uso del color, que resulta irreal en el musgo y sus reflejos irisados en la niebla lo tiñen todo de una tonalidad fantástica envolvente y asfixiante, lo cual sumado a pequeños detalles como la inexplicable falta de espejos en el barco o que las aves evitan la isla irán formando una espesa capa de misterio que casi no desearemos traspasar.



    «Matango resulta una película oscura y pesimista sobre la condición humana, demoledora en su forma de demostrar que el hombre es el peor enemigo de sí mismo». 


    La angustia por la falta de comida irá hundiendo moralmente a los náufragos, las tensiones crecerán entre ellos, las dos mujeres del grupo empezarán a temer estar solas ante los cinco hombres… La inhumanidad los va así venciendo y actuarán de manera cada vez más egoísta. Lo peor de la naturaleza humana hará su aparición y la lucha por el alimento y las mujeres los doblegará deshaciendo el grupo, dominados por el miedo y por saberse encaminados a la perdición. Solo algunos mantendrán su entereza, pero la lucha se tornará imposible cuando descubran que los hongos que dominan la flora de la isla son comestibles… ¡y adictivos! La salvación que suponen conlleva también la destrucción: no solo por su carácter psicotrópico y alucinatorio, sino porque de manera inevitable consume a quien los prueba. La equiparación con las drogas es evidente (Honda recurrirá en una secuencia a mostrar con la alteración del sonido y las imágenes los efectos lisérgicos de los hongos), si bien los náufragos han demostrado ya ser monstruos humanos antes de que la monstruosidad física se apodere de ellos. La isla es un cementerio de barcos y de hombres en la cual el terror deviene horror moral. Matango es un excelente filme que respira lo mejor del género fantástico casi en cada plano. Bien es cierto que se aparta bastante de la obra de Hodgson en la que se inspira: el relato de este se centra en la soledad, el abandono y la resignación ante el destino fatal y sin esperanza de los que acaban perdidos en la isla. Pero Honda y su equipo sí mantendrán su profunda ironía: lo que permite alimentarse y sobrevivir al grupo es lo que finalmente los transformará en monstruos. Matango resulta una película oscura y pesimista sobre la condición humana, demoledora en su forma de demostrar que el hombre es el peor enemigo de sí mismo.


    José Luis Forte
    © Revista EAM / Cáceres


    Ficha técnica
    Japón, 1963. Título original: Matango (マタンゴ). Director: Ishirô Honda. Guion: Takeshi Shimura y Sakyo Komatsu, según una adaptación de Shinichi Hoshi y Masami Fukushima de un relato de William Hope Hodgson. Productora: Toho Company. Productor: Tomoyuki Tanaka. Estreno: 11 de agosto de 1963. Fotografía: Hajime Koizumi. Música: Sadao Bekku. Montaje: Reiko Kaneko. Diseño de producción: Shigekazu Ikuno. Director de efectos especiales: Eiji Tsuburaya. Dirección artística de efectos especiales y decorados: Akira Watanabe. Intérpretes: Akira Kubo, Kumi Mizuno, Hiroshi Koizumi, Kenji Sahara, Hiroshi Tachikawa, Yoshio Tsuchiya, Miki Yashiro.

    Póster: Matango
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