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    Crítica | La ola (Bølgen)

    Bølgen

    Mainstream con acento nórdico

    crítica de La ola (Bølgen) (Roar Uthaug, Noruega, 2015).

    Noruega conoció uno de los desastres naturales más impactantes y dramáticos de toda su historia en 1934, cuando una gigantesca avalancha de dos millones de metros cúbicos de montaña, provocada por un corrimiento de tierra, se precipitó sobre el fiordo de Tafjord, un pequeño pueblo de la costa occidental de la península escandinava, desde una altura de 700 metros. La devastadora consecuencia fue un tsunami local que acabó con la vida de 47 personas que vivían en las cercanías de la orilla del fiordo. Según los expertos en geología, a día de hoy están contabilizadas unas 300 laderas inestables en montañas de aquel país, por lo que las posibilidades de una nueva tragedia de magnitudes similares a la de Tafjord son muy elevadas. Uno de los lugares que mayor riesgo presentan de derrumbamiento por erosión lo tenemos en el paso de montaña de Åkneset, situado sobre el estrecho fiordo de Geiranger, por lo que se encuentra en constante vigilancia por un grupo de geólogos del Centro de detección y aviso de desprendimientos de montaña, que controlan cualquier actividad sospechosa de tan colosal mole de roca. Tan desoladoras estadísticas son las que han servido de base científica para el argumento de La ola (2015), toda una superproducción europea que ha contado con un generoso capital de 50 millones de coronas para reconstruir de manera espectacular una catástrofe de grandes dimensiones que poco tiene que envidiar a otros títulos del género concebidos por los grandes estudios de Hollywood.

    Aprovechando la buena racha de éxitos a nivel internacional de propuestas nórdicas como Headhunters (Morten Tyldum, 2011) o Kon-Tiki (Joachim Rønning, Espen Sandnerg, 2012), poseedoras de una factura impecable capaz de rivalizar con el cine norteamericano, John Kåre Raake y Harald Rosenløw-Eeg fantasean en su guion con la posibilidad de que se cierna sobre Geiranger una desgracia como la de Tafjord, con una ola de 85 metros de alto arrasando la población. La casualidad ha hecho que este filme dirigido por Roar Uthaug –dueño de una filmografía poco relevante, con títulos tan enfocados al entretenimiento ligero como el slasher Cold Prey (2006) o la fantasía infantil La montaña mágica (2009)– se estrene el mismo año que San Andrés (Brad Peyton, 2015), un blockbuster veraniego diseñado para que el musculoso Dwayne Johnson “The Rock” pueda ejercer de héroe a prueba de catástrofes varias, y que ponía en imágenes un hipotético desplazamiento de las fallas que provocarían un terremoto de magnitud 9 en California. Dos historias con puntos de partida similares que, sin embargo, representan la cara y la cruz de lo que define al nuevo cine catastrofista. La ola comienza con una breve introducción en forma de imágenes de archivo y una voz en off que informa al espectador de los peligros a los que están expuestos los preciosos fiordos noruegos, para, acto seguido, presentarnos a los protagonistas. Así, la cámara, elegante en sus encuadres y con una fotografía de gran calidad a cargo de John Christian Rosenlund, que sabe capturar toda la belleza de su espectacular marco natural, sigue al geólogo Kristian Eikjord en su coche hasta el hogar que comparte junto a su esposa e hijos (un chico adolescente y una niña de menor edad). A la manera del cine de Spielberg, una situación cotidiana sirve para dibujarnos unos perfiles bastante aproximados de los dos miembros del matrimonio: en medio de una mudanza (la familia está apunto de dejar su tranquila vida en Geiranger, arrastrados por una nueva oferta de empleo para el patriarca en la ciudad), la decidida y resolutiva esposa trata de arreglar una tubería rota mientras que el marido no es capaz de identificar una llave inglesa dentro de una caja de herramientas. Queda claro, de este modo, que la cinta de Uthaug no va a caer en el tópico de convertir a Kristian en un salvador sobrehumano, optando por enfrentar a personas de carne y hueso, cargadas de miedos e inseguridades, frente a circunstancias extremas de las que les resultará difícil salir.

    Bølgen

    «El excelente Kristoffer Joner, gracias a una interpretación creíble que logra la empatía del espectador, sostiene con su buen hacer un espectáculo tan correcto en sus formas como previsible en su desarrollo, que transita lugares comunes mil veces vistos en productos norteamericanos de similares características, pero con ese acento noruego que se traduce en un ritmo considerablemente menos trepidante».


    La narración transcurre de forma pausada, sin demasiados indicios de lo que está por venir (la consabida calma que precede a la tempestad), deteniéndose en mostrar los lazos de amistad del geólogo protagonista con sus ya excompañeros encargados de velar por la seguridad de Geiranger –si bien los secundarios nunca llegan a estar bien perfilados, actuando de relleno dentro de una historia que gira exclusivamente alrededor del reducido núcleo familiar– y su evidente incapacidad de desconectar de su antiguo trabajo, más aún cuando los ordenadores comienzan a indicar unos alarmantes niveles de actividad en la montaña. En este aspecto, La ola se asemeja más a Lo imposible (Juan Antonio Bayona, 2012) que a las megalómanas destrucciones masivas perpetradas por Michael Bay o Roland Emmerich, ya que estamos ante un relato más preocupado en hacer hincapié en el factor humano y la lucha por la supervivencia que en su faceta más pirotécnica y efectista. De hecho, la esperada ola que da título a la película ocupa muy pocos minutos en pantalla, aunque, todo sea dicho, los excelentes efectos digitales consiguen que ésta sea todo lo impresionante que cabría esperar en una producción de alto presupuesto (y aun así, éste es 25 veces menor al de San Andrés, por poner un ejemplo). Este apoteósico momento de cine catastrófico de primer orden, vibrante y cargado de emoción, sirve de antesala a un último acto mucho más convencional en el que los miembros de la familia, separados por el desastre, luchan por volver a reunirse con vida. El excelente Kristoffer Joner, gracias a una interpretación creíble que logra la empatía del espectador, sostiene con su buen hacer un espectáculo tan correcto en sus formas como previsible en su desarrollo, que transita lugares comunes mil veces vistos en productos norteamericanos de similares características –esas escenas acuáticas, tan deudoras de éxitos como La aventura del Poseidón (Ronald Neame, 1972) o Titanic (James Cameron, 1997)–, pero con ese acento noruego que se traduce en un ritmo considerablemente menos trepidante. Eso sí, se agradece que el guion no caiga en el tópico del matrimonio mal avenido al que la catástrofe consigue reconciliar. La ola no es una gran película ni pretende serlo. Entretiene en todo momento sin abusar de fuegos de artificio ni actos heroicos increíbles, cumpliendo con solvencia como alternativa europea a un subgénero del que, poco a poco, Hollywood está dejando de tener el monopolio exclusivo. | ★★ ½ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Noruega. 2015. Título original: Bølgen (The Wave). Director: Roar Uthaug. Guion: John Kåre Raake, Harald Rosenløw-Eeg. Productores: Are Heidenstrom, Martin Sundland. Productora: Fantefilm. Fotografía: John Christian Rosenlund. Música: Magnus Beite. Montaje: Christian Siebenherz. Dirección artística: Adrian Curelea, Astrid Strøm Astrup. Reparto: Kristoffer Joner, Ane Dahl Torp, Eili Harboe, Jonas Hoff Oftebro, Herman Bernhoft, Edith Haagenrud-Sande.

    Póster: Bølgen
    Feelmakers

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