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    Crítica en serie | House of cards (T4)

    House of cards

    Aparcar la credibilidad

    crítica de House of cards / Cuarta temporada.

    Netflix / 4ª temporada: 13 capítulos | EE.UU, 2016. Creador: Beau Willimon. Directores: Robin Wright, Tom Shankland, Tucker Gates, Jakob Verbruggen, Alex Graves, Kari Skogland. Guionistas: Beau Willimon, Melissa James Gibson, Frank Pugliese, John Mankiewicz, Laura Eason, Bill Kennedy, Kenneth Lin, Tian Jun Gu. Reparto: Kevin Spacey, Robin Wright, Michael Kelly, Jayne Atkinson, Neve Campbell, Derek Cecil, Elizabeth Marvel, Mahershala Ali, Reed Birney, Eisa Davis, Paul Sparks, Boris McGiver, Joel Kinnaman, Dominique McElligott, Molly Parker, Damian Young, Colm Feore, Nathan Darrow, Ellen Burstyn, Wendy Moniz. Fotografía: Peter Konczal, David M. Dunlap, Paul Elliott. Música: Jeff Beal.

    Por primera vez, la irregularidad ha reinado en una temporada de House of cards, que si podía presumir de algo era de acabar cada año revelando una planificación meticulosa, plantando piezas por el camino que germinaban en momentos climáticos estupendos. Beau Willimon, que se ha despedido del proyecto tras esta tanda, y de qué manera lo hace, ha hecho junto a sus guionistas un grupo de episodios que quiere tocar demasiadas cosas para los 13 capítulos de los que dispone, cuando curiosamente los capítulos en sí han sido más cortos que nunca (45/50 minutos frente a los habituales 55/60 por temporada anterior), pero quizá se haya debido a que cerró la tercera con una decisión demasiado rotunda como para poder mantenerla, o habrá hecho caso de las múltiples quejas de los espectadores, que no querían ver al matrimonio Underwood en crisis. Quizá hasta Netflix haya tenido algo que ver, aunque presumen de dejar a sus empleados trabajar sin intervención alguna. Sea como fuere, se pueden ver dos claros bloques temáticos en la temporada que nos ocupa, marcados por la entrada y salida definitiva de varios personajes y un intento de asesinato que le da la vuelta a la realidad de todos los personajes. El átomo político, el matrimonio perfecto en su despiadada manera de ver el mundo, empezaba el capítulo 40 en crisis, en plena huida de ella hacia el hogar materno, habitado por un dragón enfermo (extraordinaria Ellen Burstyn) que no le da tregua. Y decir que está enfermo no es hacer un spoiler ni dar información baladí, sino una muestra del pequeño bajón en la escritura que esta temporada ha demostrado. Es pura conveniencia que Elisabeth Hale se esté muriendo, o que Viktor Petrov vuelva a apretar las tuercas del conflicto internacional cuando lo hace, o que Lucas Goodwin se reúna con Heather Dunbar de la manera en que lo muestran, y algunas cosas más. Es hacer encaje de bolillos, no planear las cosas con meticulosidad. Y es más vistoso en una serie como ésta.

    Una debilidad de guion que también ha afectado otros frentes, como la regulación de los personajes de esta coral apuesta, especialmente un Doug que sin saltarse un episodio no le ha dado al estupendo Michael Kelly mucho material de calidad con el que trabajar. Lo mismo puede decirse de la subtrama de Jackie y Remy, aunque esto quizá tenga más que ver con los compromisos profesionales de ambos intérpretes con otras series. Algo similar le sucede a uno de los nuevos fichajes, una excelente Neve Campbell, cuyo personaje pierde bastante una vez Frank regresa al poder. En contraposición a esto, y menos mal, está la inteligente decisión de Willimon de sacar a Lucas de la cárcel y hacer que sus acciones lleven a Tom (¿el único personaje con integridad de este universo?) a investigar las acusaciones contra Frank. La manera en que dicha investigación y la vida en la Casa Blanca corren paralelas es de lo más emocionante, y se une en un enfrentamiento en Capítulo 52 (4.13) de los que no se olvidan. Los regresos del pasado de varios personajes que hemos podido ver este año han sido un placer y una sorpresa, ya sea en formato onírico o en la vida de pesadilla que tienen como consecuencia de haber estado en el camino de Frank y Claire.

    House of Cards

    «Al frente, unos Kevin Spacey y Robin Wright (directora además de cuatro episodios y nueva productora ejecutiva) memorables, dando inescrutable vida a unos personajes que se pasean todo el rato entre la frontera que separa lo hermético de lo enigmático».


    En medio de estos puntos está uno de los elementos que se está convirtiendo en lugar común para las cada vez más frecuentes series políticas. A lo que El ala oeste de la Casa Blanca (1999-2006) dedicó una temporada y media, Veep (2012-) una decena de episodios y House of cards un mínimo ya de 26 entregas: la campaña por la presidencia. Es un asunto arenoso desde el punto de vista narrativo, porque en Estados Unidos el proceso es muy largo, y es difícil que no acabe resultando algo farragoso para el espectador, de ahí los rítmicos montajes musicales que la serie ofrece para resumir algunos puntos clave, y la diversificación de la carrera por la presidencia con la entrada del matrimonio Conway en la contienda, un estimulante y evidente contraste con nuestro dúo protagonista y en pique que proporciona momentos estupendos, sobre todo cuando son los Underwood los que ganan el envite de turno. Serán seres despreciables y corruptos, pero nos encanta verlos salirse con la suya. Y también observar cómo peligra cada vez más su posición. Todo esto no sería posible por supuesto sin el impecable trabajo interpretativo del elenco de House of cards, una colección de intérpretes de altura. Al frente, unos Kevin Spacey y Robin Wright (directora además de cuatro episodios y nueva productora ejecutiva) memorables, dando inescrutable vida a unos personajes que se pasean todo el rato entre la frontera que separa lo hermético de lo enigmático, sobre todo ella. La descripción que hacen los guionistas de sus personalidades pasa por superar las barreras de género y describirlos a ambos como personas con un ansia de poder gigantesca, que les lleva a manipular todo su entorno a placer, casi sin importar las consecuencias. El matiz de género viene si acaso con la idea de darle a Claire un romance con Tom –aunque quizá sea una estrategia para evitar que éste cuente lo mucho que sabe– y describir a Frank como un titán impasible a cualquier tipo de sentimentalismos. Si acaso.

    El problema viene cuando el argumento central ha devenido en un thriller tan folletinesco que uno tiene que aparcar la credibilidad en segunda para poder seguir disfrutando de la serie. Y eso es lo que hace de esta temporada la peor, que los giros de guion empiezan a ser demasiado locos como para creerse nada. Puede que nunca fuera la intención de Willimon que nos creyéramos nada, que en realidad todo haya sido un sofisticado entretenimiento y las quejas sean infundadas, pero su manera de abordar las relaciones con Rusia, el tráfico de datos digitales o el problema con los extremistas islámicos parecen inclinar la balanza al favor del fundamento de las críticas. Lo que no se ha perdido, y menos mal, es el socarrón sentido del humor y el cinismo que todo lo inunda, capaz de reutilizar la ya emblemática frase «Yes We Can» de la campaña de 2008 de Barack Obama en un contexto envenenado. Y cínico y escalofriante y una auténtica maravilla es el díptico de capítulos que cierra la temporada. Está claro que el talentoso Beau Willimon quería irse a lo grande de cara a la quinta, de ahí que se invente una situación en la que varios personajes digan adiós y, con la soga al cuello en varios frentes, los Underwood le den a la vuelta a las tornas y por el camino hielen la sangre a la audiencia con un significativo gesto en plano fijo de cierre. «Nosotros creamos el terror». Y tanto que sí. | ★★★ |


    Adrián González Viña
    © Revista EAM / Sevilla



    El fulgor efímero

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