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    Crítica en serie | American crime (T2)

    American crime

    Una mirada caleidoscópica sobre la desgracia

    crítica de American crime | Segunda temporada.

    ABC / 2ª temporada: 10 capítulos | EE.UU, 2016. Creador: John Ridley. Directores: John Ridley, Clement Virgo, Gregg Araki, Julie Hébert, Rachel Morrison, Jessica Yu, Kimberly Peirce, James Kent, Nicole Kassell. Guionistas: John Ridley, Ernie Pandish, Sonay Hoffman, Kirk A. Moore, Davy Perez, Stacy A. Littlejohn, Keith Huff, Julie Hébert, Diana Son. Reparto: Felicity Huffman, Timothy Hutton, Lili Taylor, Connor Jessup, Joey Pollari, Trevor Jackson, Regina King, Elvis Nolasco, Angelique Rivera, Brent Anderson, André L. Benjamin, Hope Davis, Faran Tahir, Emily Bergl, Richard Cabral, Lynn Blackburn, Sky Azure Van Vliet, Michael Seitz, Ty Doran, Christopher Stanley. Fotografía: Lisa Wiegand. Música: Mark Isham.

    Lo han vuelto a hacer, y en menos tiempo. En un momento donde la innovadora propuesta de las series limitadas (series que renuevan su historia y parte de su reparto cada temporada) está dando tanto frutos cuestionables –True detective (2014-)– como estimulantes mutaciones –American horror story (2011-)–, John Ridley y su equipo se las han ingeniado para facturar otra estupenda temporada de American Crime en menos de un año (la primera se estrenó en marzo y ésta a principios de enero), cambiando la historia por completo y dando a más de diez intérpretes roles completamente opuestos a lo que hicieron en la anterior tanda. Lo que en 2015 fue una exploración de la tensión racial en Estados Unidos, en 2016 se ha convertido en la crónica de un violento encuentro sexual y una contienda de clases, sin dejar de tocar de nuevo el tema racial con personajes negros y latinos en complicada existencia. El mundo que Ridley ha creado y un grupo de guionistas y directores han continuado ejemplarmente es uno de calado social, donde se evidencia la hipocresía imperante y las múltiples diferencias entre los seres humanos. Es un mundo tenso, donde la tragedia parece estar siempre a punto de explorar, pero la sobria y marcadamente personal apuesta visual –con la reivindicable contratación de una directora de fotografía, gremio con muy pocas mujeres, para ayudar a establecerlo– ayuda a que no se cruce al exceso y lo dramático porque sí. Aun con esto en mente, sí es cierto que uno puede acabar hartándose de tanta decisión equivocada de los personajes y tanto estratégico conflicto, pero el que esto firma no lo ve como un problema sino como el resultado de una certera planificación y buenas artes de narrador. Como curiosidad para apuntar, de nuevo el creador y su compañero productor Michael J. McDonald han apostado por la diversidad detrás de la cámara, con directores y guionistas de toda raza, género y condición sexual.

    El conflicto comienza cuando los jóvenes Taylor y Eric tienen sexo en la fiesta del equipo de baloncesto de una prestigiosa academia para los adinerados de la ciudad. Una fiesta donde alcohol y drogas fluían con facilidad. Días después, y tras salir a la luz en redes sociales fotografías sobre su deplorable estado en dicha fiesta tras algunas consumiciones, Taylor le dice a su madre que Eric le violó. Esta confesión, que la madre del joven (estupenda Lili Taylor, todo vulnerabilidad) convierte en oficial al comprobar que la escuela no va a hacer nada para ayudar a su hijo, será el desencadenante de varias tramas paralelas que, una vez expuestas y desarrolladas en su totalidad, crearán una perspectiva poliédrica en torno a una dura realidad, que a su vez está compuesta de varias duras realidades. Diferencias de clase, homofobia latente y explícita, racismo, hipersensibilidad, los peligros de internet, el daño que puede hacer la corrección política llevada al extremo... todo esto y más entra a examen por parte del equipo creativo de esta portentosa propuesta, que como en la primera tanda tiene un elenco absolutamente extraordinario, y eso que los intérpretes adolescentes pueden ser un problema en televisión, y más con un material tan sensible entre sus manos. Los jóvenes Connor Jessup, Joey Pollari y –en menor medida porque su rol es menos lucido– Trevor Jackson cumplen con nota, y son capaces de dar la réplica a grandes como Taylor, Felicity Hufmann, el oscarizado Timothy Hutton o Regina King. La resolución de ese conflicto principal es quizá uno de los puntos más cuestionables, si no el que más del conjunto, porque es una no-resolución. Ridley decide convertir toda la peripecia en un relato de “él dice, él dice”, lo cual se puede entender al comprender que la ambigüedad de un cierre así conforma un mensaje más fuerte, pero que quizá haya sido una decisión errónea por refleja a la juventud –LGTB y heterosexual– como cultura que pueda disculpar una sesión de sexo agresivo en el límite del consentimiento. Es un tema peliagudo, y que durante buena parte de la tanda los responsables han llevado estupendamente, pero la guinda final no es lo suficientemente firme. Hasta llegar a ese punto, la trama recorre lugares, núcleos familiares y distintos escenarios con la habitual tendencia de American Crime por el plano-secuencia y los primerísimos primeros planos, no sólo signo de distinción sino que además ayuda mucho como herramienta narrativa. La fuerza de varios momentos (la prueba de violación, la agresión en la furgoneta, la última llegada de Taylor a la cafetería donde trabaja su madre) reside también en el fuera de campo o la distancia del objetivo respecto a la acción.

    American crime

    «American Crime ha vuelto a plantear un tema candente de manera ejemplar, convocando múltiples perspectivas alrededor de una tragedia que habla muy mal de la sociedad actual, no solo la americana».


    A lo largo de los diez capítulos y 42 minutos de rigor, los responsables han tocado muchos temas y generalmente lo han hecho muy bien. Casi todos los personajes con peso son presentados en los primeros episodios (la excepción sería Sebastian, que entra en el sexto) y nuestra atención como espectador irá pasando de lugar a lugar, quedando finalmente solo los personajes de Anne, Taylor, Eric, Leslie y Dan como figuras centrales de todo el asunto. Los Lacroix y Evy pierden protagonismo, que no importancia, a medida que la ficción ahonda en otros recovecos, y la problemática racial en la escuela pública se siente como una adición a veces forzada a la historia, aunque es importante para establecer el contraste entre escuelas y clases. Al final es un encaje de piezas y temas importantes que se quieren tocar, y la mejor noticia es que casi nunca lo parece. Y para más inri, en lo que se profundiza se hace a conciencia, con conocimiento de causa, de manera que nada –desde las interpretaciones hasta las composiciones de encuadre– tiene una nota de falsedad. Esas citas con desconocidos, esas charlas acusadoras, esas miradas cargadas de odio, la hipocresía camuflada de buenas intenciones... todo retratado con verismo y en su carga justa de crudeza. Los cuatro primeros capítulos resultan perfectos, pero su carga dramática alcanza el extremo. Quizá por eso el resto de la temporada, sin dejar de ser intensa, sea algo más distendida cuando las tramas se desarrollan hacia diferentes direcciones y la conclusión más inmediata se va perfilando en el horizonte. A diferencia de la primera, aquí no hay salto temporal sino un evento traumático al final del séptimo capítulo que lleva las cosas hacia otro lugar, y que precipita la conclusión de la que ya hemos hablado. American Crime ha vuelto a plantear un tema candente de manera ejemplar, convocando múltiples perspectivas alrededor de una tragedia que habla muy mal de la sociedad actual, no solo la americana. Su renovación es cuestionable en este momento, pero debería darse si el creador y su equipo son capaces de mantener el tono y el nivel de calidad, ya que es necesario que se toma así la temperatura al sistema, y se evidencien todas las cosas negativas con este rigor y capacidad narrativa. | ★★★★ |


    Adrián González Viña
    © Revista EAM / Sevilla



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