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    Reseña TV | Vinyl (HBO)

    Vinyl (HBO)

    Una película de Martin Scorsese

    crítica del episodio piloto de Vinyl (HBO).

    HBO | EE.UU, 2016. Director: Martin Scorsese. Guión: Terence Winter & George Mastras, basados en una historia de Rich Cohen & Mick Jagger & Martin Scorsese & Terence Winter. Reparto: Bobby Cannavale, Paul Ben-Victor, P. J. Byrne, Max Casella, Ato Essandoh, James Jagger, J. C. MacKenzie, Jack Quaid, Ray Romano, Birgitte Hjort Sørensen, Juno Temple, Olivia Wilde, Emily Tremaine, Griffin Newman, Bo Dietl, Andrew Dice Clay, Adelynn O'Brien, Zebedee Row, Ian Hart. Fotografía: Rodrigo Prieto.

    Existe un tópico bastante irritante para los seriéfilos que normalmente cumplen los no-seriéfilos, y que consiste en llamar a los creadores de las series “directores” o asociar a los productores y/o directores de una serie con la autoría de la misma, algo que sabemos recae en los guionistas. De este modo nos llegan sentencias como “la serie de Fincher”, “la serie de Glenn Close” o “la serie de Spielberg”. Para muchos, la magnífica Boardwalk empire (2010-2014) nació, creció y murió como “la serie de Scorsese”. Vinyl, nueva colaboración entre el oscarizado cineasta y el mulipremiado y prestigioso Terence Winter –tras la serie ya mentada y la gran El lobo de Wall Street (The Wolf of Walt Street, 2013)–, por el contrario, sí se podría llamar (y de hecho, se llama) una serie de Scorsese. Y de Mick Jagger. Y del propio Winter, que empezó a trabajar en ella en 2011 con la intención de ceder el puesto de showrunner a alguien –George Mastra, recién salido de Breaking bad (2008-2013)–, pero que por la pura conjunción de tiempo y carambolas del destino ha acabado finalmente liderando sin problema, tras el fin de su serie anterior y la posibilidad del director de encargarse por fin de este episodio piloto. Y qué piloto, queridos lectores. El primer capítulo de Vinyl, con su duración de 113 minutos (el piloto más largo de la historia) y la libertad que HBO ha dado a sus responsables, es como una película de Martin Scorsese y a la vez un evidente y cariñoso compendio del cine de un realizado ya mítico. El lugar, la música, los diálogos, los temas, hasta las referencias explícitas –se oye hablar de unas “malas calles” en un momento de la acción–, todo remite a la variante más popular y personal de la filmografía del italoamericano.

    La historia nos lleva a 1973, cuando el productor musical Richie Finestra y su equipo directivo están a punto de vender su discográfica American Century a empresarios alemanes, ya que la situación económica de sus excesos y pobres decisiones profesionales les aprieta bastante. Pero el episodio no arranca ahí, sino en la crucial noche en que nuestro protagonista vive una muy traumática experiencia que le lleva a recaer en las drogas, experimentar la música como hacía tiempo que no lo hacía y sobrevivir al derrumbe de un edificio. Todo lo dicho suena extraño, y lo es hasta cierto punto, pero tiene cabida en el universo que han creado los responsables de Vinyl. Moviéndose hacia delante y hacia atrás en el tiempo y con una estructura coral y de flashbacks, la serie avanza sin perder un segundo, porque hay mucho que contar. Personajes que presentar a base de esbozos imprescindibles, un tono donde gana el humor pero está presente el drama y la violencia. Una época turbulenta. Y la música, porque aquí la hay y mucha. Diegética, extradiegética, visualmente representada y escuchada como una melodía omnipresente. De todo hay y siempre de lo mejor. De nuevo, es la época a la que toca dar vida y alma.

    La fotografía del nominado al Óscar Rodrigo Prieto (que también trabajó con Scorsese en El lobo de Wall Street) da luz y oscuridad a un mundo sinuoso, que parece envuelto en humo de cigarrillo y ambiente de fiesta todo el rato, como aguantar una monumental rescaca de alcohol y drogas cada segundo del día. En dicho ecosistema, los personajes se mueven motivados sólo por el interés propio, y unidos en la pasión por la música y el dinero. A pesar de durar casi dos horas, el episodio se las ingenia para guardarse muchas explicaciones y apuntar a múltiples sendas a continuar en las nueve entregas restantes –aunque lo haga de forma pedestre con el reencuentro de Devon e Ingrid– y en la ya confirmada segunda temporada, una de esas jugadas que la cadena hace para demostrar su confianza (la audiencia no fue tan buena como se esperaba) en uno de sus proyectos más caros y ambiciosos. Y es que pocos estrenos de este año tienen más potencial de calidad que éste, así que sólo cabe esperar que las interpretaciones estén a la altura de lo que prometen (ojo a Juno Temple), que el humor persista y que la historia no se diluye en sus muchas ramificaciones. La cosa promete. Y mucho. (95/100)

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