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    Crítica | L'astragale

    L'Astragale

    Historia de mis putas tristes

    crítica de L'astragale (Brigitte Sy, Francia, 2015).

    «Robar es como el amor, expresiones que nos deslumbran».

    Una nimiedad, un incidente menor, un hueso minúsculo puede marcarte de por vida. Cuando Albertine (personaje real, como todos los de la película, lo que no significa que todo lo que vemos sea verídico o deba serlo) huye de la cárcel de mujeres en la que debe cumplir una pena de prisión de 7 años, se rompe el astrágalo, un pequeño hueso del pie; y a partir de entonces su vida cojeará de manera permanente. Igual que un simple robo, de manera accidental o refleja, termina transformándose en una tentativa de homicidio, un pequeño hueso te hace perder el control de tu cuerpo para siempre. Son heridas de pequeño tamaño que se transforman en enormes cicatrices vitales. Albertine, con apenas 18 años, ve definitivamente marcado su camino en la vida. Bien o mal, sus facultades para salir de un mundo de marginalidad, desaparecen. Es la vida de un proscrito, triplemente castigado, por delincuente, por mujer y por su origen argelino. Estamos en la Francia de 1957. El uso actual del blanco y negro, muy relacionado con óperas prima, contiene más una cierta pose estética, retro en unos casos, o “indie” en otros, que un verdadero tratamiento de la luz; limitándose, la inmensa mayoría de las veces, a borrar los colores de una grabación que se ha planificado sin tener en cuenta la posterior transformación de la imagen. En esta ocasión lo que vemos está dotado de la suficiente gama de grises como para engañar al ojo, quizás falten las sombras necesarias para creernos, a pie juntillas, que estamos ante un relato rodado en los 50, porque siempre termina habiendo en la imagen un toque de “modernidad” poco compatible con un original en blanco y negro; pero el tono cromático si puede semejarse al de un verdadero celuloide sin color. Negro y criminal, la trama deriva hacia una historia de mis putas tristes. No engaña el desarrollo porque no pretende hacer acopio y narración de los golpes que va dando, o suponemos que da, la banda de Julien, el accidental rescatador. Asistimos a la espera, cada vez más impaciente, de una mujer que, progresivamente, se enamora de quien la ayudó en la dificultad.

    La película es el ambiente, pero el ambiente no es la película. Robos, estafas, prostitución, juego, drogas, circulan permanentemente alrededor de la trama, y, sin embargo, Albertine/Sophie (convincentemente interpretada por un rostro que atrae y llena la pantalla como el de Leila Bekhti), protagonista casi absoluta de la historia, absorbe la misma para introducir un creciente elemento pasional que, aparentando dirigirse hacia una nueva pareja a lo Bonnie and Clyde, termina conjugándose en una solvente relación amorosa de encuentros y desencuentros, en los que el personaje de Julien, interpretado por Reda Kateb, asiste impávido y distante, al constante desmoronamiento psicológico y emocional de la mujer, asediada por los celos, los silencios, las presumidas infidelidades de quien desaparece durante semanas; semanas en las que Albertine se ve obligada a permanecer en la clandestinidad porque, no en vano, es una fugitiva de la justicia que debe construirse una nueva identidad. Como la peluca rubia que no oculta sus rasgos magrebíes, la vida de Albertine se convierte en ocultación y desdoblamiento, Sophie para los demás, y Albertine para la intimidad con Julien. A la par que ella retoma su actividad de prostituta como medio de vida, pero también como forma de revelarse contra la indefinición amorosa de Julien, la directora aprovecha, y muy bien, para definirnos una sociedad idealizada como producto de marketing, pero que encierra tantas miserias como sean imaginables. Si París era una fiesta, París también era el centro de la corrupción y del terror de estado. A mediados de los 50 empezaron a cobrar gran fuerza los movimientos independentistas argelinos, al tiempo que la reacción de la metrópoli y de los argelinos que sólo se sentían franceses, tampoco se ciñó al estado de derecho. No hubiera tenido cabida, o razón de ser, que en el cuento personal e íntimo de Albertine, el racismo, el crimen legalizado, las detenciones aleatorias, los cacheos preventivos por motivos raciales, hubieran copado el núcleo narrativo. En Albertine nada identifica su identidad ni sus rasgos con una cultura diferente a la francesa, pero en sus miradas, en su desamparo, se advierte su rechazo a esos comportamientos que denotan la existencia de una diferencia de trato de las autoridades a los que parecen diferentes. Delincuente, puta y de origen argelino, Albertine siente esa asfixia de una manera más acusada que sus compañeras, una asfixia que, como vía de escape, usa la escritura a modo de psicoanálisis; porque detrás de esta joven sin aparente formación, abandonada y adoptada por una familia extraña, una mujer de la calle antes de tiempo, asombra su control de la palabra escrita, su facilidad para plasmar en poesía sus propios sentimientos y exorcizar parte de sus fantasmas (rehabilitada y reinsertada, Albertine se convirtió en escritora, publicó libros y murió demasiado joven, víctima, otra vez, de un error de los demás).

    L'Astragale

    «Un noir que adquiere otra dimensión cuando se convierte en cine social, y que, además, consigue el doble objetivo de delinear al personaje femenino muy cuidadosamente, y no olvidar el entorno en el que esta mujer se desenvuelve».


    Si el cine negro precisa aristas para convencernos, L’astragale las presenta, y muy puntiagudas. Ni se excede en lo melodramático ni en lo criminal, siendo éste un género de cine eminentemente masculino, el punto de vista se traslada al de una mujer a la que no se deja ingresar en la banda y a la que se mantiene al margen, como la mujer del harén que espera la visita de su señor. Albertine vende su cuerpo por dinero, pero en los hombres a los que abraza imagina al que no está, ya que para ella todo lo que sucede en la vida es accidental, todo es asumible si le conduce al hombre del que no quería enamorarse, pero del que lo termina estando como nunca. Esas aristas que introducen el conflicto de fidelidades entre amores con la reaparición de su compañera de atracos, o las posibles traiciones que llevan, de nuevo, a la joven a prisión como ser sacrificado para evitar la nueva caída de Julien. Si no hablas como escribes, algo tienes que ocultar, y eso lo demuestra Albertine sincerándose en sus cuadernos para no demostrar su debilidad amorosa, pero cuando decide hablar como escribe es cuando desvela su verdadera identidad, ante Marie, su amante pero no su enamorada, y ante el propio Julien, a quien advierte que es más fácil matar un cuerpo que una memoria, manifestando la diferencia entre ser y sentir. Albertine es la película porque todo gira a su alrededor, apenas poco más de un año entre esa noche inicial, lluviosa, con una carretera desierta en la que es ayudada para escapar de la prisión, y esa otra carretera casi al final, en el preámbulo del verano, donde la joven espera sentada en una maleta, el reencuentro, el nuevo rescate, por parte de Julien. L’astragale es el mapa de un mundo con el que nos separan 60 años y que, probablemente ya no existe, o no existe con tanta visibilidad. Como en las buenas novelas del género, en el cine negro lo importante no es tanto el relato central, como el retrato de la sociedad que alberga esa historia. Es en el retrato de compras de cuerpos, de violencia criminal desde los que tienen que perseguirla, de discriminación racial y social, donde la película alcanza su verdadero valor suplementario. Un noir que adquiere otra dimensión cuando se convierte en cine social, y que, además, consigue el doble objetivo de delinear al personaje femenino muy cuidadosamente, y no olvidar el entorno en el que esta mujer se desenvuelve. Lo particular como planteamiento y lo general como consecuencia, de un personaje bien dibujado a una sociedad desnudada en imágenes. | ★★★ ½ |


    Miguel Martín Maestro
    © Revista EAM / Valladolid


    Ficha técnica
    Francia, 2015. Título original: L'astragale. Director: Brigitte Sy. Guion: Serge Le Péron, Brigitte Sy (Novela: Albertine Sarrazin). Música: Béatrice Thiriet. Fotografía: Frédéric Serve. Reparto: Leïla Bekhti, Reda Kateb, Esther Garrel, Jocelyne Desverchère, India Hair, Jean-Charles Dumay, Jean-Benoît Ugeux, Delphine Chuillot, Zimsky, Billie Blain, Stéphane Roquet, Philippe Frécon. Productoras: Alfama Films / France 3 Cinéma / Centre National de la Cinématographie (CNC). Duración: 96 min.

    Póster: L'Astragale
    Feelmakers

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