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    Crítica | Chi-raq

    Chi-raq

    Tryin’ Get My Head Straight

    crítica de Chi-raq (Spike Lee, EE.UU. 2016).

    La adherencia de Spike Lee a las críticas que la Academia ha recibido debido a la falta de actores afroamericanos nominados este año no es extraña. El director nacido en Atlanta siempre se ha caracterizado por su convicción ideológica y su eminente sentido del deber civil. Ha sido desde sus inicios un artista abocado a una tarea particular: hacer visible el conflicto racial existente en Estados Unidos, y reivindicar una comunidad dentro de la que se ubica incondicionalmente. Desde su primer experimento con una cámara, un cortometraje filmado en super-8 titulado Last hustle in Brooklyn, se advierte su interés por capturar la vida callejera. Hay una noción de identidad y pertenencia que se hace presente a lo largo de toda su obra: desde la impresionante Do the right thing hasta su último largometraje. Siempre se ha destacado la coherencia que el cine de Spike Lee mantiene con su propia experiencia de vida. Él mismo cuenta, en una entrevista con Mediabistro, que llegó al cine por casualidad: en un verano sofocante, en la Nueva York de 1979, se encontraba desempleado y sin nada mejor que hacer; un día atisbó la presencia de una cámara en la casa de un amigo, y decidió filmar lo que ocurría en su ciudad. En el relato de su iniciación no hay espacio para ninguna idea romántica. El arte es pragmático, un medio para un fin: dar voz y hacer pública una realidad que de otra manera se mantendría oculta. El cineasta, al tomar la cámara, inmortaliza su propia “weltanschauung”, visión de mundo. Chi-raq está rodada bajo esa misma doctrina, de forma tal que comienza con una canción que describe la situación de vida en los barrios bajos de Chicago. Inmediatamente se nos enseñan una serie de datos oficiales: es más alto el número de asesinatos a causa de los conflictos de pandillas en la ciudad norteamericana (apodada “Chi-raq” por los raperos locales) que el de muertes de soldados estadounidenses durante la guerra de Iraq. La intención del filme es explícita: denunciar la falta de acción del gobierno para detener el conflicto, y exhibir la supervivencia de conflictos raciales en dicha sociedad, velada por el discurso falaz del “Estados Unidos postracial”.

    La historia es peculiar: dos bandas se encuentran enfrentadas. Lisístrata, novia del líder de los Espartanos, comienza a tomar consciencia de las miserias de la guerra. Impulsada por su vecina, reúne a las mujeres de la hélade y las convence de que lleven adelante una huelga de sexo: todas aquellas que tomen el juramento deben abstenerse de tener relaciones con su pareja, hasta que los hombres decidan terminar con las hostilidades. El guion, escrito por el propio Lee en compañía de Kevin Willmott, es una adaptación de una comedia del griego Aristófanes, que lleva el nombre de la heroína y representada por primera vez en el año 411 a.C. La pieza teatral elabora una reflexión humorística acerca de asuntos tales como la situación social de las mujeres en la sociedad griega, el impacto de la guerra en la vida doméstica y las costumbres sexuales y los estereotipos de género. Se trata por otro lado de una parodia política, presentada a concurso en el contexto de las Leneas, en la que el autor utilizaba un humor irónico para argumentar su posición en contra de la Guerra del Peloponeso. La intención de Aristófanes era claramente política, y no es de extrañar, por lo tanto, que el director se valga de esta obra clásica para exponer en tono jocoso sus ideas sobre la guerra y las particularidades de la relación entre hombres y mujeres. Ahora bien, la apropiación del escrito es libre, y prioriza, como se ha dicho, el problema de la segregación racial. Así, por ejemplo, su película comprende una estética fiel a la cultura afroamericana, que se asienta en el hip hop como movimiento artístico fundante: los diálogos escritos a modo de “spoken Word” y el soundtrack de Terence Blanchard repleto de canciones de rap marcan el ritmo del montaje. En la misma línea, el libreto de Willmott distribuye el protagonismo entre el personaje interpretado por Teyonah Parris y otro inexistente en la historia original: Demetrius Dupree, alias Chi-raq. La inclusión de un papel masculino central altera completamente el esquema narrativo del texto original, dividiendo el argumento en dos subtramas. Cada una de ellas sigue el desarrollo de uno de los protagonistas: la de Lisístrata es más fiel a la versión del comediógrafo, y toca temas similares como el de los estereotipos de género, o las relaciones de poder entre hombres y mujeres. A diferencia del personaje masculino, ella no manifiesta un crecimiento paulatino, sino más bien una inmediata metamorfosis en los primeros minutos: de joven distraída e indiferente a mujer revolucionaria. Por otra parte, la de Chi-raq es la crónica del devenir de un conflicto interno entre una carga cultural heredada, y la necesidad de enfrentar la verdad y hacerse cargo de sí mismo. Es un motivo conocido, explorado por ejemplo en el cine de Cronenberg: la paradoja de existir como un individuo, pero dentro de las reglas y los valores de una multitud –es en el momento en que el joven abandona los códigos de la “gang” que acepta sus responsabilidades como sujeto–. El tratamiento de éste personaje es más profundo que el del anterior, lo cual es un indicio de la intención de Lee de dar preferencia a ciertos motivos por sobre otros. Con Demetrius, el largometraje se encarga de desarrollar una experiencia de angustia y confusión, producto del derrumbe de las creencias internas, mientras que los cambios en la consciencia de la protagonista son narrados a las apuradas.

    Chi-raq

    «Lo cierto es que toda actitud política sincera exige previamente una revolución íntima, en la que el individuo se rompe y se reconstruye. La falta de estudio del personaje, de su historia y sus motivaciones, hace que su sublevación se sienta forzada. Lee no renuncia a la crítica machista, pero su tratamiento del tema es superficial y apresurado».


    Chi-raq es un filme con aciertos. El más grande se encuentra, como hemos dicho, en la figura del rapero, a partir de la cual se efectúa una reflexión aguda acerca del impacto de las instituciones simbólicas sobre la libertad del individuo y del choque dialógico que pone al sujeto en jaque, pues lo enfrenta con aquel discurso que lo ha engendrado, pero que a la vez lo somete y limita: el del padre (literal y metafórico). Desgraciadamente, estos momentos son los menos, pues a lo largo de toda la película insiste un empecinamiento por comunicar un punto de vista en lugar de construir un problema y generar pensamiento en el espectador. Se extraña la sutileza de Do the right thing, encarnada en la capacidad de hacer reír y angustiar en un mismo fotograma, aquel que nos enfrenta a las contradicciones constitutivas de la conducta humana. En el caso de Lisístrata, en lugar de mostrar a una mujer atravesada por el drama interno que representa el acto de rebelarse contra las reglas de una sociedad donde el patriarcalismo se ha institucionalizado e instalado a todo nivel, se elabora un rol bidimensional, cuya indisciplina queda limitada a un simple acto de imposición de la voluntad propia. Lo cierto es que toda actitud política sincera exige previamente una revolución íntima, en la que el individuo se rompe y se reconstruye. La falta de estudio del personaje, de su historia y sus motivaciones, hace que su sublevación se sienta forzada. Lee no renuncia a la crítica machista, pero su tratamiento del tema es superficial y apresurado. La obstinación con que trae a colación constantemente su punto de vista personal anulan la potencialidad de su película. Como resultado, sus personajes –con la excepción que se señaló- no poseen una voz propia, sino que constituyen máscaras en las que el director esconde su propia voz. Los diálogos parecen una exposición de una doctrina moral, antes que el espacio de choque de distintas formas de concebir la realidad. En suma, esta persistencia ideológica, en conjunto con la falta de sutileza resultan en un largometraje que no logra superar una mera postura política –como si de un panfleto se tratara– y adoptar una perspectiva estética que no comunica, sino que sugiere y abre líneas de reflexión donde el espectador puede buscar, y buscarse. | ★★★ |


    Franco Denápole
    © Revista EAM / Buenos Aires


    Ficha técnica
    Reino Unido, 2015. Título original: Chi-raq. Director: Spike Lee. Guion: Spike Lee, Kevin Willmott. Música: Kevin Blanchard. Fotografía: Matthew Libatique; Productoras: 40 Acres & A Mule Filmworks / Amazon Studios / Filmworks. Reparto: Nick Cannon, Wesley Snipes, Teyonah Parris, Jennifer Hudson, Steve Harris, Harry Lennix, D.B. Sweeney, Angela Bassett, John Cusack, Samuel L. Jackson.

    Póster: Chi-raq
    El jardín

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