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    The neon demon, de Nicolas Winding Refn.

    ¿Cuántos poetas se necesitan para elogiar a una ciudad?
    Paterson, de Jim Jarmusch.

    El castigo de Hedoné.
    La doncella, de Park Chan-wook.

    Especial Oscar Race 2017.

    Epicedio appassionato.
    Solo el fin del mundo, de Xavier Dolan.

    Oscars 2016: los políticamente correctos

    Oscars

    El comienzo de año marca también el tramo final de la carrera cinematográfica. A estas alturas ya todas las películas que se disputarán las estatuillas de los Óscar en febrero (y de los Globos de Oro un poco antes) están casi definidas.


    Estrenadas en Estados Unidos y algunos festivales internacionales, ya empiezan a destacar en la cartelera mundial. Por aceptación de la crítica o del público o por clara calidad interpretativa y cinematográfica, puede que no sepamos aún cuáles serán las nominadas, pero sí las que deben estar en la lista. La buena noticia es que hay motivos de celebración este 2015 y la calidad de muchas de estas películas es indiscutible. Cabe destacar la temática por encima de los efectos especiales. Algo caracteriza a este 2015 que ha venido especialmente cargado con temas más sociales y reivindicativos. Si 12 años de esclavitud fue acusada de ganar para que el jurado no quedara como racista, este año tienen que elegir si quieren pecar de homofobia, transfobia, machismo o xenofobia. Pero ¿cuáles son las películas más destacadas de este 2015? La carrera ha comenzado y con ella las elucubraciones, las primeras predicciones de la industria, las discusiones en cenas y, para los que se ponen en serio, las apuestas, que en los últimos años se han convertido en una fuente fiable para identificar los largometrajes con más posibilidades de triunfar. Páginas de apuestas online como Betsson ya sitúan como clara ganadora a El renacido de Alejandro González Iñárritu. Aquí va nuestro repaso a esta película y al resto de favoritas:

    Brooklyn

    Emotiva, emocionalmente inteligente y refrescante. Un perfecto ambiente de los 50 sitúa la narrativa, pero el estilo parece aun anterior. Para muchos la mejor película de su director, John Crowley, desde 2003 con Intermission. Un romance demasiado espectacular, casi pomposo, pero para los enamorados del cine de los 30 y 40, de Bette Davis, Katherine Hepburn o Joan Crawford ver Brooklyn será todo un goce. Adaptación de la novela de Colm Tóibín, narra la historia de Eilis – interpretada por Saoirse Ronan (Grand Budapest Hotel o Expiación) –, una joven irlandesa que se ve obligada a emigrar a los Estados Unidos y construir su vida en la costa este del país. Un viaje que el director de fotografía Yves Bélanger utiliza a la perfección para capturar el cambio de ambiente y cómo los horizontes vitales de la protagonista se amplían con cada experiencia. De una Irlanda verde y lluviosa de las primeras escenas y los interiores de una húmeda iglesia pasamos a un cálido Nueva York con tonos que curiosamente también se mantendrán cuando Eilis vuelva a su Irlanda natal. Cualquier película de época no está completa sin un vestuario y una producción de alta calidad. Los departamentos de peluquería y maquillaje se ponen contentos cuando tienen películas de los 50. Los trabajos de producción no sólo son necesarios para dar contexto y carácter, sino, en casos como este de Brooklyn, para acompañar el viaje interior de la protagonista, su desarrollo interior se refleja en el exterior. Una película que aspira a ser sencilla, no grandiosa, pero con un encanto sutil y rico. Mención especial a la música.



    Carol

    La historia de una aventura prohibida que no se disculpa por ofrecer una mirada diferente de los principios de la década de los 50. Cate Blanchett interpreta a Carol, una mujer desdichada y en proceso de divorcio que se enamora a primera vista con una asistente en unos grandes almacenes. Teresa, a quien Rooney Mara da vida, le vende a Carol un tren de juguete para un regalo a su hija por Navidad. La interpretación de Blanchett es perfecta, su físico y elegancia combinan con el miedo y las dudas. Con un aire animal. Rooney Mara es inmadura y con ojos de ratoncito, sumisa pero vigilante – después de todo se quiere convertir en fotógrafa–. Al contrario que Blanchett, su físico tiene algo de escolar y dulce. Una adaptación de la novela original de 1952 El precio de la sal, un best seller, en su momento, de Patricia Highsmith con un drama y un ambiente informal, pero cuidado. La dirección de Haynes lleva su guión a un ritmo lento y el guion corta la tendencia de la novela a conversaciones indirectas llenas de dobles intenciones para ser directo y sincero. Casi no se pronuncia la frase “te quiero”. Además, lo que hace esta película tan especial para la comunidad LGBT es que no hay un componente manipulador o parasitario de la forma en que otra historia podría contarlo, la misma que insistiría en un final infeliz para el amor gay. Los dos personajes desarrollan sentimientos parecidos a la vez. Además, cuenta con Sarah Paulson como excelente personaje secundario y Kyle Chandler, que destaca por su interpretación del marido enfadado que se odia a sí mismo por no haber castigado más a Carol por su anterior infidelidad. Consulta crítica aquí

    El renacido

    Alejandro González Iñárritu (Amores perros o Babel) ya ganó en 2015 el Óscar a la mejor película con Birdman (además de llevarse también el de Mejor director). Siempre es difícil que un director pueda enlazar un éxito tan grande con otro. Pero Iñárritu parece haberse enfrentado a su película más ambiciosa, y un material retador. Una fotografía a la voluntad humana. Ha obtenido por el momento críticas de todo tipo. Se le achaca falta de profundidad o estar desprovista de un impacto emocional y una caracterización fuerte, como un simple ejercicio de acción o una historia de venganza, o directamente una historia de supervivencia en la naturaleza. Y, ciertamente, es sensible de ser sometida al simple binomio “hombre vs. Naturaleza”. Para algunos, sin embargo, es el mejor filme de su carrera hasta la fecha. Visualmente, narrativamente y emocionalmente es la más completa artísticamente y con un impacto innegable. Afortunadamente no se complica con llamar la atención al difícil proceso de grabación, sino que abraza la belleza de los alrededores y a veces se contenta con simplemente mostrar el momento y lo deja caer de forma natural, afectando directamente al arco narrativo.



    Steve Jobs

    Lo normal es atribuir la película a su director, pero aunque está patente el espíritu de Danny Boyle, es evidente que en cada plano está presente alguien que se preocupa más por las máquinas que por las personas, como lo denominó The Guardian, éste es Steve Jobs de Aaron Sorkin. Con una estructura casi teatral en tres actos y un reparto muy atrevido y una estética muy atractiva, la película es una perfecta síntesis entre guion, actuación y dirección. Aunque Boyle, como su protagonista, puede ser un visionario que entiende el potencial del presente como material público, el guionista, Sorkin, es quien añade el punto dramático a la historia. Desde su marca personal del “andar y hablar” (The Newsroom o El ala oeste de la Casa Blanca) hasta la sátira sociopolítica, la marca de Sorkin está patente. La trama gira en torno a los tres lanzamientos fundamentales de Apple: el Macintosh en 1984, NeXT en el 88 y el iMac en 1998. Kate Winslet, como Joanna Hoffman, su jefa de marketing, la convierte en el personaje más imponente. Su acento europeo y una eficacia fría esconden una calidez humana que sólo sale en ciertos y breves momentos. Aunque en el centro de todo esto, Michael Fassbender, que alcanza el extraordinario objetivo de hacer de Jobs no sólo un personaje creíble sino tolerable, menos capaz de parecer humano que sus propias máquinas. Christian Bale y Leonardo DiCaprio fueron propuestos para este papel, pero es difícil imaginarlos llegar a la capacidad de Fassbender de atraer y repeler simultáneamente. Los antiguos compañeros de Jobs han insistido en que esta película no representa al hombre que conocieron, Pero eso da igual, este Jobs es una invención de su escritor.



    La chica danesa

    Las actuaciones de Eddie Redwayne (Einar/Lili) y Alicia Vikander (Gerda) en la película de Tom Hooper sobre Lili Elbe, una de las primeras personas en someterse a una cirugía de cambio de género, los hace genuinos candidatos a premios. Una mañana, Gerda le pide a su marido que sustituya a una modelo para el retrato de una bailarina y Einar se pone unos leotardos riendo y se aprieta en unas delicadas zapatillas de ballet. La experiencia no despierta sentimientos nuevos exactamente, sino que despierta unos cuantos que ya estaban ahí. El cuerpo de Einar es masculino, pero por dentro, es una mujer – y cuando mira las pinturas ve a su verdadero yo– . El arte puede ver quién es realmente Einar: los espejos todavía se tienen que actualizar. La sexualmente aventurera Gelda lo encuentra excitante y juntos la pareja cocina un plan para asistir a una fiesta de sociedad con Einar vestido de mujer. El guion perspicaz de Lucinda Coxon no contiene el momento de iluminación que todo el mundo esperaría; en su lugar, ambas Lili y Gerda están confundidas con la experiencia. Pronto se hace patente que Lili es una parte del matrimonio de Einar y Garda, y la película da la misma importancia al proceso de acomodo de cada miembro de la pareja con las implicaciones. Redmayne hace muchísimo estudio de conciencia, con numerosas torsiones de manos y delicadas inclinaciones de cabeza al hacer que Lili imite el movimiento físico de las mujeres al hacer cosas, y crucialmente, cuando no hacen nada. Es la típica actuación “transformadora” que genera discusión de cara a los Oscars o los Baftas, y Redmayne quien ya ganó el año pasado por su actuación como Stephen Hawking en La Teoría del Todo, puede ser perfectamente digno de una nominación. Pero el arma secreta de la película es Vikander, bendecida con un papel que no tiene nada que ver con las banalidades de los usuales roles de apoyo de una esposa, sino que es un personaje principal. También entrega las frases más memorables de la película, durante la primera consulta de su marido con un doctor sobre la operación que finalmente hará a la naturaleza tratar de correr para alcanzar a la realidad. «Creo que soy una mujer», dice Lili vacilante, como si las palabras aún le parecieran de alguna forma vergonzantes o ridículas. Gerda se gira al doctor y dice muy tranquila: «Yo también lo creo».



    Sufragistas

    Matizado rol central para Carey Mulligan y fuertes personajes secundarios de Anne-Marie Duff y Helena Bonham Carter le dan brío a este conservador relatosobre un momento revolucionario de nuestra Historia. Mulligan representa a Maud Watts, lavandera en el momento antes de la batalla de Londres en la I Guerra Mundial, cuya lealtad a su marido y su hijo la mantienen fuera del creciente movimiento por los derechos de la mujer. Pero cuando une el destino la fuerza a testificar sobre sus duras condiciones de vida y trabajo, se encuentra en el epicentro de una lucha que viene con violencia, cárcel y cosas peores. Perseguida por el inspector Steed (Brendan Gleeson), Maud y sus hermanas de lucha toman medidas explosivas para que sus voces sean escuchadas, una batalla por sus derechos a votar tan dura de ganar como cualquier conflicto de independencia. Mientras que el guion de Abi Morgan para La mujer de Hierro aparcó la política a favor de un enfoque personal, esta obra, más polémica en general, proporciona una sólida investigación que llevó a Emily Wilding Davison a un impugnado acto de sacrificio en 1913. Morgan mezcla la realidad socioeconómica con el melodrama cotidiano mientras Maud nos guía desde el margen hasta la línea de fuego; su carácter contenido muestra sólo el esbozo de una opresión colectiva en la cual Mulligan respira individualidad. Meryl Streep otorga un cameo fugaz y distante de Emmeline Pankhurst, replegando las tropas desde el balcón antes de desaparecer en la noche, pero la verdadera bomba es Helena Bonham Carter como la química Edich Elly, que le insufla al movimiento la chispa que necesitaba. Húmedos talleres clandestinos y un Londres gris con polvo evoca un mundo donde al trabajo agotador y un silencio que quita la fuerza son igualmente sofocantes. Esto es una historia importante y Sufragistas la cuenta si florituras estilísticas o adornos.



    El puente de los espías

    Con terrible artesanía, puro gusto para contar historias y ese toque Midas de encontrar optimismo en todas partes, Steven Spielberg ha dramatizado una trama de la Guerra Fría, basado en una historia real protagonizada por Tom Hanks y Mark Rylance. Con su talento para la singularidad descubre la decencia y el coraje moral entre toda la “Realpolitik”. Trabaja con un guion hecho por el excelente dramaturgo británico Matt Charman. Aunque para muchos no se trataría de una historia de los Soviets, sino que el verdadero objectivo de Spielberg es Guantánamo. En 1962, Estados Unidos se prepara para recuperar el Gary Powers, un avión espía capturado por los Soviéticos. El plan era entregar a su propio espía ruso Rudolf Abel en un clásico intercambio de prisioneros de la Guerra Fría en el puente de Glienecke que separaba el este y el oeste de Berlín, el llamado “Puente de los espías”, donde francotiradores esperaban en cada lado listos para disparar a su hombre en caso de traición de última hora. La película de Spielberg muestra que la preparación requerida era agónicamente tensa, basada en negociaciones de lado calculando y recalculando con cada día que pasaba, con la nula probabilidad de que su hombre se hubiera roto durante el interrogatorio, contando secretos y así convertirse en un bien sin valor alguno. Para la ira de sus oponentes, Estados Unidos realmente insistía en un 2x1: también querían al estudiante estadounidense Frederic Pryor, encarcelado por error en Berlín del Este, un trato que les habría hecho ver si tuvieran la mejor oferta. Hanks da una actuación satisfactoria, agradable y segura con la cantidad justa de comicidad y aire casero por un lado, y manipulador a proporciones equilibradas por otro. Pero si Donovan es ingenuo y directo, al espía ruso Abel de Rylance es un enigma presentado silenciosamente. Saluda a los oficiales que le arrestaron en su caótico apartamento de Brooklyn vestido en ropa interior, preguntando solamente si se puede poner su dentadura postiza. El puente de los espías tiene una confidencia abrasadora y justificada en su propia aptitud narrativa.

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