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    Alan Rickman, un villano con clase

    Alan Rickman

    Alan Rickman.
    por José Martín León (Madrid).

    Tan sólo 4 días después de que nos dejara el polifacético David Bowie, nos despertamos con la noticia de otra lamentable pérdida para el mundo del espectáculo: el gran Alan Rickman (21 de febrero de 1946-14 de enero de 2016) nos ha dicho adiós a la edad de 69 años. Su personaje del ambiguo profesor Snape a lo largo de las ocho entregas de la exitosa saga de Harry Potter le dio una popularidad entre el gran público (incluso el infantil) que, tal vez, no habría alcanzado únicamente con sus papeles más serios. Siempre fue más actor que estrella, pero no le hizo ascos a intervenir en algunos grandes éxitos de taquilla, ejerciendo, sobre todo, el papel que mejor se le daba: el de villano con clase y alejado de estereotipos. Nacido en Londres en el seno de una familia de clase trabajadora, desde su más tierna infancia realizó sus primeros pinitos como actor en la compañía teatral amateur The Brook Green Players, donde conoció al que sería el único amor de su vida, Rima Horton, junto a la que ha estado 51 años. Gracias a una beca, consiguió estudiar en la prestigiosa Royal Academy of Dramatic Art de Londres, de la que acabaría siendo elegido vicepresidente en 2003. Comenzó haciendo teatro y televisión, interviniendo en aclamadas adaptaciones de Romeo y Julieta (1978) y Las torres de Barchester (1982) para la BBC.

    Tras su nominación al Tony por su papel en el montaje teatral de Las amistades peligrosas puesto en pié por Christopher Hampton, su salto a la gran pantalla no pudo ser más apoteósico. Su encarnación de Hans Gruber, el carismático terrorista alemán que secuestra el edificio Nakatomi Plaza y le amarga el día a John McClane (Bruce Willis) en la primera entrega de Jungla de cristal (John McTiernan, 1988), le abrió las puertas de Hollywood. La cinta fue un enorme éxito comercial y rápidamente se convirtió en todo un clásico del cine de acción que originó una saga en la que ninguno de los posteriores villanos estuvo a la altura del que inmortalizó Rickman. Tras ovacionados trabajos en pequeñas películas como la comedia sobrenatural Truly, Madly, Deeply (Anthony Minghella, 1990) —por la que fue nominado al BAFTA— o el drama psicológico Tierra de armarios (Radha Bharadwaj, 1991), Rickman volvió a meterse en el papel de malo en Robin Hood: Príncipe de los ladrones (Kevin Reynolds, 1991), siendo un magnífico sheriff de Nottingham que, además de eclipsar al propio Kevin Costner, le hizo merecedor del BAFTA al mejor actor de reparto. Desde entonces, rara vez le hemos visto en un papel protagonista, pero ha otorgado de distinción a cualquier personaje secundario que ha desempeñado en todo tipo de películas.

    Alan Rickman como el Sheriff de Nottimgham en Robin Hood, el príncipe de los ladrones (1991).

    Su físico imponente, una voz grave y su amplia formación teatral hicieron de Rickman el intérprete perfecto para dramas de época como Una insólita aventura (Mike Newell, 1994), Sentido y sensibilidad (Ang Lee, 1995) —uno de sus trabajos más celebrados, por el que fue candidato por segunda vez al BAFTA—, Michael Collins (Neil Jordan, 1996) —tercera y última vez que luchó por el mismo galardón—, El perfume: Historia de un asesino (Tom Tykwer, 2005), El mayordomo (Lee Daniels, 2013) o la francesa La promesa (Patrice Leconte, 2013). Sin embargo, el actor nunca se dejó encasillar, dejando ver también su cara más divertida en comedias como la irreverente Dogma (Kevin Smith, 1999), la paródica Héroes fuera de órbita (Dean Parisot, 1999) o Love Actually (Richard Curtis, 2003), convertida ya, casi, en la comedia romántica por excelencia de los últimos años y donde volvía a formar pareja con Emma Thompson dentro de un magnífico reparto coral. Además de su antes mencionada colaboración en el universo Potter, Rickman se ha puesto en dos ocasiones a las órdenes de Tim Burton, en el macabro musical Sweeney Todd: El barbero diabólico de la calle Fleet (2007) —donde fue el inolvidable juez Turpin— y en esa aún pendiente de estreno Alicia a través del espejo (2016), que, para bien o para mal, se convertirá en su testamento cinematográfico.

    Actor completísimo, de amplia trayectoria sobre las tablas, en televisión —especialmente laureado fue su personaje en el telefilme de HBO Rasputín (Uli Edel, 1996), con el que consiguió hacerse con el Emmy, el Globo de Oro, el Satellite y el Premio del Sindicato de Actores— y en la gran pantalla, se atrevió, además, con dos incursiones como realizador. La sentimental El invitado de invierno (1997) —con pletóricas actuaciones de Emma Thompson y Phyllida Law, su madre en la vida real— ganó el Premio a la mejor película en el Festival de Chicago y compitió por el León de Oro en el Festival de Venecia, y el romance de época A Little Chaos (2014), protagonizado por Kate Winslet, demostraron que Rickman también podía ser un más que interesante director. Quienes le conocieron dicen de él que era un gran ser humano, afable y totalmente alejado de la imagen de malvado que cultivó en sus más recordados trabajos. Fue también un actor especialmente querido por el público y un rostro reconocible que era garantía de calidad en cualquier producto en el que se viese involucrado. Sin duda, el señor Rickman deja un enorme hueco en el cine, ese que había ocupado durante cuatro décadas con grandes dosis de carisma, talento y una profesionalidad fuera de toda duda. Se fue el actor pero nos quedan sus antológicos personajes de Hans Grube, el sheriff de Nottingham o el coronel Christopher Brandon para ser disfrutados una y otra vez.

    En cuerpo y alma

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