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    Librería | El rey de La Habana (Pedro Juan Gutiérrez, Editorial Anagrama)

    El rey de la Habana

    Adolescencia de un nadie

    Reseña de El rey de La Habana (Editorial Anagrama, Pedro Juan Gutiérrez).

    Cuba. Fecha de publicación en España: de septiembre de 2015. Fecha de publicación de la primera edición: 1999. ISBN: 978-84-339-6767-1. Número de páginas: 218. Formato: Compacto, 13.00 x 20.50 cm. Edición en España: Cuarta. Impresión: Primera. Precio: 22,90 euros. Valoración: ★★★★.

    Los nadies: los hijos de los nadies, los dueños de nada.
    Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
    Que no son, aunque sean.
    Que no hablan idiomas, sino dialectos.
    Que no profesan religiones, sino supersticiones.
    Que no hacen arte, sino artesanía.
    Que no practican cultura, sino folklore.
    Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
    Que no tienen cara, sino brazos.
    Que no tienen nombre, sino número.
    Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
    Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

    No he podido evitar comenzar esta reseña con un fragmento de este bellísimo a la par que crudo poema de Eduardo Galeano. Unos versos que podrían servir de prólogo, o tal vez mejor de epílogo a esta novela sin parangón firmada por el cubano Pedro Juan Gutiérrez titulada El rey de La Habana, una muestra de realismo sucio y voraz manchado de sangre, semen y ron, salpicado de personajes tan realistas como variopintos y protagonizado por un adolescente de tan solo 16 años llamado Rey. Desde el comienzo de sus páginas, volamos hacia La Habana de los años sesenta, una década manchada de pobreza, donde los nadies de esta capital latinoamericana se buscan las castañas entre calles polvorientas, trabajos temporales, trapicheos peligrosos y tragos de alcohol para anestesiar la mala vida, para olvidar la funesta posibilidad de que cada día sea el último. Rey podría haber sido cualquiera, un muchacho arrojado a la fauna urbana tras su particular desgracia familiar, un chaval con agallas, egoísta, violento, sediento de sexo, hambriento de supervivencia, dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de no caerse muerto bajo cualquier escombro. Basada en hechos reales, su desgarradora historia, que en muchas ocasiones nos pondrá los pelos de punta, retrata a brochazos —fluidos y heridas incluidos en el asunto— las idas, venidas y triquiñuelas de este “Rey de La Habana”, apodo con el que lo bautiza Magda, su amante insaciable y compañera de lecho hediondo, prostituta y avispada.

    Escrita con pocas concesiones a la imaginación o a la sospecha, en un estilo directo, visceral y tremendamente gráfico que nada tiene que envidiarle a sus homólogos norteamericanos como Fante o Bukowski, El rey de La Habana pone voz a los que carecen de ella, empapando al lector de las hazañas de su protagonista en la lucha por sobrevivir, un día más, por los callejones y esquinas de la implacable ciudad caribeña. Rey es valiente, impulsivo y a veces lacónico, carente de referentes afectivos y de pautas morales para vivir, acostumbrado a resistir siempre al borde del abismo, sin ducha, sin cama, sin maleta, al filo de una noche más sumergida en tragos, rayas y caladas. En su mente, la capital cubana es una selva de hormigón de cuyos peligros debe salir ileso. El denominador común de sus peripecias y experiencias vitales no es otro que el sexo, desenfrenado y anestesiante, la única droga gratuita que tiene en el mundo para aliviar sus penas, la forma exclusiva de diferenciarse del resto, de no caer en el olvido, orgulloso como está de sus habilidades amatorias y su voluptuosa anatomía masculina. En el fondo, sus atributos sexuales parecen el único bien que nadie puede arrebatarle, ya que ni siquiera el hambre ni el malestar pueden apagar la llama que el protagonista tiene entre las piernas. Así, Rey, cuán Lazarillo de Tormes itinerante y en busca constante de un bocado y un escondrijo donde poder dar rienda suelta a su libido, se topa en su odisea urbana con usureros, drogadictos, pícaros, travestis, putas y mendigos. Su calaña, la de los nadie, la de los que no pueden permitirse un no por respuesta; los muchachos de las costillas marcadas, los de los dientes picados, los del sexo con ladillas. Sin ropa decente, ni comida caliente, ni sepultura digna. Los que nunca alcanzan la fortuna, ni la fama, ni son capaces de agarrarle el pescuezo a la felicidad antes de que escape de nuevo. Como comenzaba el poema de Galeano, sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca. Pedro Juan Gutiérrez capta a la perfección los dialectos coloquiales, las conversaciones sórdidas y los pensamientos impulsivos de este protagonista, todo carne e instinto, abocado a la desgracia, lanzado al mundo para morder e intentar no ser mordido desde su propio nacimiento. Su cruda relación de amor con Magda, sus escarceos con la transgénero Sandra o el retorno fugaz a su viejo vecindario, componen un relato cruel de final apoteósico y casi imposible de digerir, un homenaje necesario a los sin nombre que te revolverá las tripas. Un retrato lleno de texturas, de alegrías eventuales y venganzas, de alcohol y de cicatrices. Una fábula sobre esos nadies que valen siempre menos que la bala que los mata.

    Andrea Núñéz-Torrón Stock
    © Revista EAM / Santiago de Compostela
    El fulgor efímero

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