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    Remando como un solo hombre (Nórdica Libros)

    Remando como un solo hombre

    Alquimistas del remo

    crítica de Remando como un solo hombre (Daniel James Brown, Nórdica Libros).

    Título original: The boys in the boat. Fecha de primera publicación: 4 de junio de 2013 por Penguin Books. ISBN: 978-84-16440-20-7. Editorial en España: Nórdica Libros. Traductor: Guillem Usandizaga. Páginas: 464. Tamaño: 16 x 24 cm. Encuadernación: Rústica. Precio: 19,95 euros. Valoración: ★★★★★.

    Poco antes de que el juez diera la señal de salida, el Führer se atusó el bigote y dirigió la mirada hacia el carril de los remeros nazis. Dos asientos a su derecha, Joseph Goebbels parecía el protagonista de El halcón maltés, con su gabardina beis y su sombrero de fieltro y sus binoculares rastreando posibles imperfecciones alrededor del fastuoso escenario que recién empezaba a filmar Leni Riefenstahl. Seis minutos más tarde, Hitler se sentiría más bajito y más cabreado que nunca. Y tres años más tarde invadiría Polonia. Disculpen las elipsis. Nunca fue sencillo describir la renovada fascinación por historias que ya nos eran conocidas desde hace tiempo, bien porque exploran rincones vistos con anterioridad en múltiples formatos o porque remarcan en rojo una fecha inolvidable, y cuyo misterio a veces parece saltar de bruces como un spoiler, recordándole a uno que ahí está todo una vez más. La gran historia. Más o menos bien contada, con suerte, y llena de novedades que emocionarán al lector de cualquier latitud. La historia que creíamos conocer muy bien pero en realidad conocemos bastante mal. Porque a lo mejor nos la contaron una vez, sí, o nos obligaron a estudiarla en la universidad, o supimos de ella gracias a un reportaje de La2. Así, Remando como un solo hombre quizá sea el ejemplo más evidente y plausible de cómo la no-ficción (sobre todo norteamericana) disputa sin complejos el prestigio literario y las ventas a esa narrativa que toma prestada una efeméride —política, deportiva, artística, incluso sentimental— para convertirla en un artefacto netamente ficcional. La percha dramática, si lo prefieren, con que fabricar un libro que hable de muchas cosas y de nada en concreto; que dibuje personajes con matices, disparatados y conmovedores, peligrosos y a la vez inofensivos. Como Hitler en Ser o no ser, por ejemplo. Igual que J. Edgar Hoover en Submundo de Don DeLillo, cuyo prólogo se desarrolla durante un partido de béisbol que enfrenta a los New York Giants y Los Ángeles Dodgers, y donde el juego no es más que un trasunto de portal que vincula —mediante un bateo rompedor— diferentes épocas y diferentes vidas a lo largo de un siglo de historia americana. También ahí, cazabombardero DeLillo, latía la incertidumbre de un conflicto con armas desplazándose de un lado a otro del Telón.

    El cronista Daniel James Brown (California, 1951) fija su pluma, así reza el subtítulo de este Remando como un solo hombre (Nórdica Libros), en "La historia del equipo de remo que humilló a Hitler". Los nueve deportistas que, bajo la mirada escrutadora de Hitler y su tenebroso partenaire Goebbels más los 75.000 espectadores que atestaron aquella tarde de 1936 el circuito de remo de Grünau, en el lago Langer See, vencieron al equipo alemán y se llevaron el oro de vuelta a Seattle, donde los ocho remeros junto con su timonel, Bob Moch (de ascendencia judía, para desgracia del Führer), estudiaban sendas licenciaturas al abrigo de la Universidad de Washington. Todos ellos tenían, además, su origen en familias humildes bien de pescadores, leñadores o agricultores; lo cual hoy revaloriza todavía más su hazaña por tratarse de chicos pertenecientes a una generación lastrada por el caos financiero devenido tras el crac de 1929 y el inmediato éxodo de miles de familias, arruinadas y hambrientas, que partieron rumbo al Oeste en busca de la tierra prometida o, siendo más prosaicos, un porvenir y algo comible que llevarse a la boca, durante la Gran Depresión. Joe Rantz sirve al autor una inolvidable carrera de fondo marcada por la soledad, los vaivenes familiares y los trabajos a cual más físico que le tocó desempeñar para salir adelante. Todo esto se alterna con la narración de los tres cursos que pasó, entre 1933 y 1936, hasta convertirse en remero oficial del primer equipo de Washington en la modalidad de ocho con timonel, que entrenaba Al Ulbrickson con la impagable contribución de George Yeoman Pocock, un constructor de kayaks que sabía mezclar la modestia del buen artesano con el apunte técnico de raíz casi socrática. De natural inglés y obligado a emigrar a Estados Unidos junto a su padre y su hermano, George aprendió muy pronto los secretos de ese deporte aparentemente basado en la fuerza y la eficacia de una buena palada, elegante y metódica, en armonía con la del resto de compañeros. A él recurren todos para intentar descifrar los sortilegios del hombre contra la naturaleza, la perseverancia más allá del dolor, cuando los músculos bombean cemento y la mente empieza a gritar sin paliativos. «El remo de competición es una actividad de extraordinaria belleza precedida por un castigo brutal», escribe Daniel James Brown. «A diferencia de la mayoría de deportes, que recurren a grupos de músculos concretos, el remo utiliza significativa y repetidamente casi todos los músculos del cuerpo, a pesar del hecho de que un remero, como le gustaba decir a Al Ulbrickson, 'hace la línea de golpeo en su apéndice posterior'».



    «Y el epílogo lo somatiza el lector en su muñeca izquierda, cuatrocientas páginas después, sobrevolando el imperial decorado de cine dispuesto por Hitler para demostrar al mundo lo equivocado que estaba al temerlos a él, a sus calles limpias y a su maquinaria de ciencia-ficción».


    Antes de viajar a Berlín defendiendo los colores de la bandera estadounidense, los nueve magníficos de Washington tuvieron que vencer al peligroso equipo de California en el campeonato nacional celebrado en Poughkeepsie. Allí demostraron lo que sólo unos visionarios podrían haber advertido apenas tres años antes: Don Hume, Joe Rantz, Jim McMillin, George Hunt, John White, Gordon Adam, Charles Day, Roger Morris y Bob Moch poseían el elemento diferenciador. Juntos, a bordo del Husky Clipper, sobre las aguas espumosas del quinto carril en Grünau, fueron por seis agónicos minutos una entidad indivisible. Perfectamente sincronizados (a pesar de la desastrosa salida y de Dom Hume, que atravesaba una gripe virulenta), cada movimiento del primer hombre se reflejaba por ósmosis en la nuca del siguiente, y así hasta alcanzar la proa del mismo bote de cedro rojo americano. Dejándose llevar al precipicio, porque nada sabe mejor que una victoria ante el sonámbulo y sus huestes enfervorecidas; porque "solo entonces el dolor cede a la euforia", y remar "se convierte en una especie de lenguaje perfecto. Poesía: esa es la sensación que da un buen swing". Y el epílogo lo somatiza el lector en su muñeca izquierda, cuatrocientas páginas después, sobrevolando el imperial decorado de cine dispuesto por Hitler para demostrar al mundo lo equivocado que estaba al temerlos a él, a sus calles limpias y a su maquinaria de ciencia-ficción. Ahora podemos decir que también un genial atleta afroamericano, el cuádruple medallista de oro Jesse Owens, presagió entre esvásticas el choque de dos potencias mundiales destinadas a medirse en la Segunda Guerra Mundial.

    Juan José Ontiveros
    © Revista EAM / Madrid
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