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    Crítica | Nightingale

    Nightingale

    Disección de una mente atormentada

    crítica de Nightingale (Elliott Lester, 2014).

    HBO| Estados Unidos. 2014. Título original: Nightingale. Director: Elliott Lester. Guión: Frederick Mensch. Productores: Sarah Esberg, Hernany Perla, Juan Sola. Productoras: BN Films/ Yoruba Saxon Productions. Fotografía: Pieter Vermeer. Música: Mark D. Todd. Montaje: Nicholas Wayman-Harris. Diseño de producción: Richard Lassalle. Reparto: David Oyelowo, Heather Storm (voz) y .

    En los últimos tiempos, la televisión ha sabido ganarle terreno al cine a base de propuestas interesantes y muy bien facturadas que han ido acabando, poco a poco, con los prejuicios que se tuviera ante hechos como que una estrella cinematográfica aceptase un papel en una serie televisiva o un telefilme, algo que era visto poco menos que como un síntoma inequívoco de declive profesional. Por el contrario, muchas de las sorpresas más agradables nos han llegado últimamente desde la pequeña pantalla, huyendo de la falta de ideas que parece a aquejar a los guionistas de Hollywood, cada vez más volcados en vivir de las rentas a base de secuelas, remakes o interminables adaptaciones de cómics. Títulos como Behind The Candelabra (Steven Soderbergh, 2013) o The Normal Heart (Ryan Murphy, 2014) —ambos rodados para la HBO— dignificaron el término telefilme, dándole a actores como Michael Douglas o Mark Ruffalo la oportunidad de ofrecer sus mejores interpretaciones en años. De esta misma televisión por cable, artífice de grandes series actuales como Juego de Tronos o True Detective, llega Nightingale (2014), tercer trabajo como director de Elliott Lester tras la independiente Love is the Drug (2006) y Blitz (2011), enésimo vehículo de acción diseñado para lucimiento exclusivo de los músculos de Jason Statham. Lejos de suponer un paso atrás en su trayectoria, Lester, como tantos cineastas actuales, aprovecha la ocasión para entregar una propuesta con mayores inquietudes artísticas de las que ha podido demostrar en su (hasta el momento mediocre) paso por la gran pantalla.

    El relato presenta a Peter Snowden, un tipo con serios desequilibrios psicológicos que le hacen tener una visión totalmente distorsionada de la realidad. Una infancia marcada por una educación religiosa muy férrea impuesta por su posesiva y castradora madre, su más que evidente homosexualidad reprimida, su fracasada experiencia pasada como militar y un empleo poco gratificante en un supermercado donde se siente explotado y con el que no llega a cubrir sus necesidades económicas, son suficientes causas determinantes de la frágil salud mental del atormentado Peter. Tras tomar un paso decisivo (y muy macabro) en su vida, su preocupación más inmediata se centra en la preparación de una cena perfecta junto a un antiguo compañero del ejército al que pretende invitar a casa con la intención de declararle sus sentimientos. La película, de marcado carácter teatral, sostiene la mayor parte de su peso sobre los hombros de su protagonista David Oyelowo —actor de proyección ascendente tras los éxitos de Selma (Ava DuVernay, 2014) e Interstellar (Christopher Nolan, 2014)—, que asume en solitario el reto de hacer entretenida una narración en primera persona, generosa en soliloquios y desgarradas confesiones a cámara del protagonista (ya sean grabaciones realizadas a través del teléfono móvil o en los vídeos que publica en sus redes sociales a modo de diario). Oyelowo está magnífico en un complejísimo papel en el que está obligado a expresar la más amplia gama de estados de ánimo por la que atraviesa Peter a lo largo de la catártica víspera de la velada, desde la euforia a la depresión, pasando por los arrebatos de ira incontrolada y los momentos de ilusión romántica. Su amaneramiento, la manera en que modula su voz o cada aspaviento está medido al milímetro por Oyelowo en un trabajo que se prestaba fácilmente a la sobreactuación y a la caricatura del perturbado de turno. Así, lejos de mostrarnos a un ser monstruoso y despechado, el guion de Frederick Mensch sabe cómo humanizar a su protagonista, consiguiendo que el público entienda (no que justifique) sus cuestionables acciones.

    Nightingale

    «Ofrece una historia desgarradora y muy emocional, sí, pero también entretenida y con una atmósfera de crispación muy bien sostenida a lo largo de unos escuetos 80 minutos de metraje durante los que Oyelowo da rienda suelta a sus infinitas armas interpretativas».


    Peter Snowden es más que un psycho killer que se rebela con violencia contra una educación que le ha transmitido que el sexo es algo sucio y pecaminoso, del mismo modo que Nightingale no es un ejercicio de terror y suspense al estilo de Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960). La obra de Lester se centra más en los aspectos dramáticos y psicológicos de la historia, tocando temas como la soledad, el amor no correspondido o la hipocresía de una sociedad en la que guardar las apariencias es lo más sencillo para ser aceptado. No hay violencia explícita en sus imágenes, pero sí mucha tensión creciente, potenciada por una climática música de Mark D. Todd. Unas insospechadas gotas de humor negro —la elección de algunas de sus canciones en la banda sonora, como esa The promise de When in Rome en la escena en la que Peter se prueba distintos modelitos, no puede ser más irónica— aciertan de pleno a la hora de relajar la intensidad en momentos puntuales. Estamos ante una cinta sencilla, con una puesta en escena funcional en la que, no obstante, se aprovecha de manera excepcional el reducido espacio de la casa en la que transcurre íntegramente la acción, gracias a una original labor de Pieter Vermeer en la fotografía. La decisión de Lester en reducir al mínimo las concesiones a la evidencia llega hasta el extremo de que en ningún momento llegamos a saber a ciencia cierta cuáles de las conversaciones que Peter mantiene a través de su móvil —hermana, amigas de su madre, esposa de su amigo e interés amoroso— son reales y cuáles fruto de su imaginación, ya que en ningún momento llegamos a oír las voces de los otros interlocutores. Nightingale, por su incuestionable calidad e inteligencia, podría estrenarse sin problemas en salas cinematográficas, ya que es claramente superior a la mayoría de propuestas de similares características que llegan desde los grandes estudios de Hollywood a las mismas. Ofrece una historia desgarradora y muy emocional, sí, pero también entretenida y con una atmósfera de crispación muy bien sostenida a lo largo de unos escuetos 80 minutos de metraje durante los que Oyelowo da rienda suelta a sus infinitas armas interpretativas. | ★★★ |


    José Antonio Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    El fulgor efímero

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